Juan Antonio Rosado

Romper o repetir: he ahí uno de los muchos dilemas a los que el escritor y el artista en general del siglo xx y xxi ha tenido que enfrentarse. Al referirse a las vanguardias, Octavio Paz hablaba de la tradición de la ruptura, pero no se trata aquí de reflexionar en torno a esa repetición, sino más bien de señalar un fenómeno ligado a una estructura de mentalidad editorial que opera desde las poéticas consideradas “canónicas” por la crítica tradicionalista y complaciente, a partir de lo cuantificable: el número de ventas que implica un supuesto “éxito”. Lo que hoy debe regir al arte y a la escritura es una serie de modelos que han adoptado las empresas editoriales porque su éxito está probado. En muchos casos de literatura y arte de éxito, la poética estuvo regida, no por la libertad estética del creador, no por un proyecto personal, ajeno a las concesiones, sino por los parámetros impuestos o autoimpuestos con el fin de obtener ese éxito. A veces, incluso se rompe deliberadamente con un modelo desde la premisa, acaso inconsciente, de que la ruptura es también una repetición.
Pero, ¿puede la constante reiteración convertirse de pronto en una ruptura de la ruptura? Las interrogantes en torno al ser de la creación en tanto novedad o de la creación como parodia, homenaje o campo de coincidencias se rompen de tajo cuando encontramos la íntima interrelación dialéctica entre el tiempo o las constantes diacrónicas y el espacio mismo del texto (sus coordenadas geográficas). Si la repetición se da en el tiempo, la novedad es un fenómeno espacial, del aquí, del allá. Sin embargo, ni la tautología ni la creación podrían existir de modo aislado: una alimenta a la otra y nada procede de la nada.
El concepto de “canon”, cuando no designa una forma musical, sino un “precepto sobre la manera de hacer algo”, un modelo o tipo considerado ideal o “perfecto”, se ha percibido como sospechoso por el pensamiento crítico. ¿Quién decide qué es o qué no es lo canónico en literatura o arte? ¿Los críticos? ¿Las editoriales? ¿Los autores de diccionarios y textos sobre literatura o arte? ¿Los libros de textos escolares, leídos por las nuevas generaciones, que se basan en ellos para formarse un criterio? ¿Los premios, que no son sino los reflectores —con frecuencia efímeros— sobre una personalidad? ¿La mercadotecnia y difusión cultural, mediante los medios masivos? ¿Los profesores de literatura, quienes encargan libros a sus alumnos y se refieren sólo a las obras que conocen o admiran? ¿Los antologadores, es decir, el a menudo “círculo vicioso” de las antologías, que repiten (por algo será) nombres y obras? ¿El “público lector” que, gracias a lo anterior, se basa en lo que se le “muestra” y “corre la voz” sobre la importancia de una obra que le agradó? ¿Todo lo mencionado a la vez? El “canon” jamás será estático, sino dinámico, susceptible de transformarse, y muchos factores intervienen en sus cambios sucesivos.