LA REPÚBLICA

Sobre todo, en los rubros energético, farmacéutico y construcción

Humberto Musacchio

Para 60 por ciento de las empresas que operan en México son comunes los sobornos y la corrupción. Es más, las prácticas corruptas se han incrementado por la crisis económica, dice la firma Ernst & Young, que realizó una encuesta entre mil 758 cuadros gerenciales de grandes compañías.

Pues sí, de acuerdo con la nota de Verónica Gascón (Reforma, 12/VII/2013), la corrupción representa cinco por ciento de las ventas de las empresas, “sobre todo por el pago de sobornos a la autoridad” y los sectores donde hay mayor incidencia de cochupos, similares y conexos son el energético, el farmacéutico y el de la construcción.

Por supuesto, en otros países también se practican alegremente las exacciones ilegales, pero en México, para 38 por ciento de los encuestados, la obtención de contratos (no se aclara si del sector público o del privado, aunque al parecer se trata de los dos) tiene como condición el pago de mordida o de “estímulo”, según se le quiera llamar, contra 21 por ciento de Argentina y sólo 5 por ciento en Estados Unidos (¿De veras?).

El señor José Claudio Treviño, alto ejecutivo de la empresa encuestadora, declaró a la reportera que la corrupción impera sobre todo en el trato con gobiernos estatales y municipales y resulta menor en el ámbito federal porque ahí hay “mayor escrutinio”, además de que “las empresas que cuentan con un gobierno corporativo y que son formales, suelen ser menos propensas a situaciones de soborno y corrupción, pero no es una garantía en todos los casos”. No, porque con frecuencia alarmante las grandes corporaciones mexicanas y extranjeras resultan inexplicablemente beneficiadas con contratos que representan daños graves al erario.

En teoría, la corrupción es una plaga que, además de implicar costos más altos, impide a las empresas ajustar sus proyectos y procedimientos a la legislación, pues somete los trámites a la arbitrariedad de funcionarios venales.

ero lo cierto es que muchas empresas, sobre todo las formales que tienen gobierno corporativo, como dice el ejecutivo de Ernst & Young, cuentan con estimaciones muy precisas sobre los costos de la corrupción, han aprendido a desplegar sus artes de coptación y disponen de mecanismos muy afinados para la vigilancia sobre sus propios empleados y agentes encargados de entregar los sobornos.

Por último, cabe destacar que las empresas, sobre todo las grandes, no son víctimas de la corrupción, sino sus promotoras y beneficiarias. Son corruptos los gobiernos y muchos de sus funcionarios, pero también los representantes empresariales. Tanto peca el que mata la vaca como el que detiene la pata.