COLUMNISTA INVITADO
Pasada la jornada electoral del 7 de julio
Francisco Berlín Valenzuela
Pasada la jornada electoral del 7 de julio en catorce estados del país y asentados —prácticamente casi todos los resultados—, conviene reflexionar sobre sus secuelas, yendo un poco más allá de las explicables proclamaciones y las alegres contabilidades formuladas por la mayoría de las dirigencias y los candidatos de los partidos.
En su última columna semanal de la revista Siempre!, el destacado politólogo y constitucionalista Alfredo Ríos Camarena afirma que el gran vencedor del pasado proceso electoral fue el abstencionismo.
Es evidente que después del proceso ahora ya contamos con las personas que integrarán a los órganos legislativos de esas entidades y que también han sido designadas las comunas que dirigirán los destinos de todos sus ayuntamientos. El resultado no es poca cosa. Renovar autoridades a través de un proceso comicial, supone e implica, mecanismos políticos verdaderamente sofisticados, producto de un largo camino, logrado tras el ensayo y error de los más diversos modelos y formas. Concebidos e instituidos para que los electores depositen sus esperanzas, planteen sus expectativas y canalicen, pacíficamente, sus disputas.
Que suceda el relevo, en un clima de tranquilidad (con todo y los sobresaltos registrados) y con la intervención de las instituciones responsables de la materia es pues, en sí mismo, todo un éxito.
Pero reconocido lo anterior, también es necesario considerar que en el objetivo de lograr un país democrático, realizar un relevo pacífico no basta porque también cuenta —y mucho— la calidad de la democracia lograda.
A la luz de la ciencia política y de todas las disciplinas que tienen por objeto el estudio del fenómeno político-electoral, la participación es sin lugar a dudas un elemento esencial de la democracia, sin la cual no es posible afirmar que un pueblo se acerque a su realización y mucho menos que esté en vías de lograr su perfeccionamiento.
En México, el promedio de los porcentajes de participación se ubicaron en la pasada elección en alrededor del 40%, aunque en algunas entidades llegó apenas al 30 %. En la mayor parte de los estados se observa un franco y abierto retroceso en la participación ciudadana. ¿Y por qué sucede esto? Son muchas las posibles causas y razones. No faltan quienes lo interpretan como una especie de epidemia social de nuestros días. Pero para percepciones más aguzadas, es una manifestación concreta y directa de censura hacia los líderes políticos que gobiernan a esas entidades y respecto a los partidos políticos que se muestran incapaces de ofertar candidatos y propuestas que atraigan al electorado y lo lleven a expresarse, activamente, en las urnas.
Por supuesto, en las semanas por venir menudeará el fuego cruzado de acusaciones y reproches de todos aquellos que de una u otra forma son responsables de tan lamentable noticia. Urnas vacías, -o semi vacías-, son un termómetro objetivo para diagnosticar la buena -o mala-, salud política de la república.
Está en puerta una reforma política. El Congreso de la Unión debatirá las transformaciones que se estimen convenientes para vigorizar nuestra vida electoral e institucional. Hay varios temas que ya se anuncian. Seguramente se incluirán asuntos como: la segunda vuelta; la reelección legislativa; la creación de un instituto nacional electoral; la posibilidad de los gobiernos de coalición; las candidaturas independientes; la legalización del voto en blanco de extremada oportunidad y urgencia, entre otros posibles temas que se abordarán.
Pero ojalá que ésta nueva reforma incluya aspectos directamente vinculados con la motivación del ciudadano para acudir a las urnas. Es decir, medidas que le permitan palpar que su decisión es lo que verdaderamente importa. Por ejemplo, incluir el sistema de listas abiertas, figura que posibilita que sea el elector el que establezca, a partir de una lista propuesta por cada partido, el lugar que debe de ocupar un candidato cuando se haga la asignación de diputados plurinominales, que ha sido desvirtuado por la necedad de los dirigentes de los partidos de favorecer a personas sin arraigo ni militancia. La misma regla podría aplicarse al caso de la integración de los ayuntamientos respecto del orden que se deba ocupar en la lista planteada para la integración proporcional de una comuna. Con este tipo de disposiciones se evita que sean los arreglos cupulares o partidistas los que determinen esa prelación.
Gran parte de la decepción de los votantes proviene de ver en las curules o en los cargos edilicios a familiares o amigos de los dirigentes, quienes llegan por los intereses personales o de grupo y en base a un mecanismo automático de asignación, pero no por una designación libremente formulada por el elector.
En cualquier caso, a la luz de la baja participación registrada resulta evidente que se deben de generar alicientes para recuperar la confianza y la credibilidad ciudadanas en los procesos electorales.
En los años setentas del pasado siglo, el subcontinente americano se llenó de autócratas que ejercieron el poder con la más absoluta prepotencia y arbitrariedad. Latinoamérica está llena de terribles historias de crímenes, desapariciones forzadas y la supresión de derechos de expresión y de tránsito. Aquellos años nos evocan amargos recuerdos de restricciones de todo tipo y de cotidianas violaciones a los derechos humanos.
Costó demasiados sacrificios restablecer y agrandar los caminos de las democracia contemporánea regional. No hay que olvidar todo eso, ni un minuto. Hay que tener presente que las democracias en sus procesos electorales se alimentan de votos. Y que para que haya votos tiene que haber una vigorosa vida pública. Llena de logros en beneficio de las clases más desprotegidas y una palpable mejoría en la infraestructura y los servicios públicos. Pero sobre todo, tener presente que el mejor aliciente para sacar a las personas de su casa y que se convenzan de la conveniencia de ir a emitir su sufragio, es convencerlos de que existe honestidad y transparencia en el manejo de la cosa pública. Dicho de otra manera, ganarse la confianza y el respeto político de los electores.
De lo contrario, uno de los muchos riesgos que se corren con elecciones de escaza participación, es el de contribuir a empedrar el camino para el regreso de las autocracias. Lo sucedido en el pasado proceso comicial, debe ser visto como una voz de alerta para trabajar intensamente, sin demagogia y con imaginación política en el fortalecimiento de nuestro proceso democrático.
El autor es doctor en derecho, autor de libros sobre
derecho electoral y parlamentario y exdirector fundador de El Colegio de Veracruz.
