Ricardo Muñoz Munguía
El poeta Xavier Villaurrutia “con equis, aunque en su acta diga con jota” anida su personalidad, desde su nombre, en un territorio muy suyo. Así también su pasión por la vida y por su obra. Y a ese territorio villaurrutiano penetra otro hombre de teatro: Gonzalo Valdés Medellín, quien con la obra La Estatua Asesinada (apoyada con un maravilloso elenco, y con la excelente actuación de Ginés Cruz) abre el telón para mostrar a un Villaurrutia pletórico de pasión, de poesía, de teatro. Lo enfrenta en la reflexión para que éste abra una especie de diálogo/encuentro con Salvador Novo, con Agustín Lazo, con Octavio Paz…, y precisamente Paz, el “joven de treinta y tantos años” lo dibuja así a Villaurrutia: “rico de sensibilidad y pobre de fantasía, inclinado sobre unas cuantas imágenes como sobre una constelación fatídica, ha escrito unos cuantos poemas que, por su perfección, se me antojan como un grupo de estatuas nocturnas, a solas con la noche y la muerte”.
La muerte de Xavier Villaurrutia dejó la niebla de la duda de cómo fue su deceso real. Ese día de su fallecimiento, 25 de diciembre de 1950, el poeta, dramaturgo y ensayista mexicano, desde la mirada de Valdés Medellín, escritor y director de La Estatua Asesinada, nos traslada a su México de entonces; varios flashazos de la época complementan el escenario en que la reflexión de Villaurrutia, cantor de la muerte, en el instante que él posee la muerte, se convierte en el personaje que Valdés Medellín expone su visión con su entorno intelectual; su relación amorosa, e íntima, con el pintor y dramaturgo Agustín Lazo. Y con igual peso con el entonces joven poeta (mas no poeta joven) y discípulo suyo Octavio Paz. A ellos dos les dedica los primeros instantes de su muerte eterna para intercambiar, con el primero, su feroz amor y, con Paz, ideas y la admiración mutua, que vio a Villaurrutia como “un hombre que no tuvo miedo a enfrentar sus inclinaciones eróticas en una sociedad dominada por el machismo feroz y obtuso”.

