Roberto Torres
El poeta, historiador y crítico de arte Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972) estudió historia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y realizó la maestría y doctorado en Historia del Arte en la UNAM. Miembro asociado más joven del Seminario de Cultura Mexicana. Desde su revelación en 1998 con el poemario Origen de la niebla y posterior con la publicación de sus libros de ensayo sobre artes plásticas El espacio vacío y Convergencia y contratiempo, ha sido considerado una de las voces más importantes e innovadoras de la crítica en México. Además, es autor de importantes compilaciones de textos históricos de Gutierre Tibón, José Hierro, Rubén Bonifaz Nuño y Rafael Canogar, estos tres últimos sobre historia de las formas estéticas. En su libro más reciente El instante de la memoria. Ocho poetas en el desierto (Editorial Praxis, México, 2013) —con ilustraciones del pintor Rubén Leyva— el autor traduce y recoge la poesía de sus ocho poetas más cercanos, más próximos no sólo a su poesía, sino que todos tienen en común en tema recurrente en la obra de Muñoz: la pasión por el arte.
La Instante de la memoria es una poética, más que una teoría, de la traducción: en ella Muñoz muestra, entreverados, al poeta y al pensador —pues el volumen su divide en tres partes: un breve ensayo sobre la obra del poeta, una entrevista y las traducciones, o mejor dicho, las versiones del francés y del inglés—, que es y explicita algunas de las claves de su escritura y su pensamiento político y poético.
—Con este nuevo libro pago una vieja deuda —menciona Miguel Ángel Muñoz— que tenía con los ocho poetas que he seleccionado, entrevistado y traducido. Son, quizá, los que más han influido en mi vida y en mi trayectoria. Con algunos he vivido cosas únicas, pues han ejercido no sólo de amigos, sino también de cómplices, como es el caso de José Hierro, José Ángel Valente y John Berger. La poesía de cada de uno ellos gira en torno a las preguntas que se hacen desde la reflexión o el asombro ante la vida. Pero con el paso de los años, estas preguntas tienen respuestas distintas o matizadas, según la edad y las circunstancias que han sobrevenido.
—¿Cómo se planteó el proyecto de este libro?
—En este libro se reúnen trabajos de un territorio creativo único: la poesía. En ningún momento de la redacción de éstos hubo en mí el propósito de concebir un libro, ya que en un primer momento fueron publicados en diversos suplementos culturales, y sólo ahora —al reunirlos para su edición— se cumple su destino final. No sólo hay unidad en el género literario que se aborda, sino en el periodo que abarca. Los poetas aquí reunidos pertenecen a una misma generación, y cosa curiosa, los ocho tienen en común su pasión por el arte: Yves Boneffoy, John Berger, John Ashbery, José Hierro, José Ángel Valente, Francisco Brines, Ángel González y Adonis —de este último no incluyo entrevistas, pues aunque nos conocemos y ha revisado mis traducciones sobre su poesía, no hemos encontrado el momento para llevarlo a cabo—. Cuatro de ellos son poetas españoles, dos de lengua inglesa, un francés y un árabe, pero que escribe desde hace mucho en francés.
—Imagino que los ensayos, las entrevistas o algunas de las traducciones han sufrido cambios de como fueron publicados originalmente en suplementos y revistas culturales…
—Han pasado algunos años desde la redacción de algunos de esos trabajos, y quizás ahora hubiese sido buena la ocasión de retocar los breves ensayos o las entrevistas con mayor o menor profundidad. He preferido, sin embargo, dejarlos como salieron en su momento. Aunque en el caso de las entrevistas, he podido continuar un constante diálogo con Yves Boneffoy, en París; John Berger, en Madrid y París; y con John Ashbery, en Madrid y Nueva York. No siempre que nos hemos visto he tenido el atrevimiento de sacar mi grabadora, pues en muchos momentos no es necesario, ya que nuestro encuentro nos llevaba por otros caminos, como lo fueron muchas veces mi cercanía con José Hierro, que caminamos mucho por el centro de Madrid, y concluíamos el recorrido en el bar La Moderna; con Yves Boneffoy, que nos gusta ir y redescubrir el Musée d’ Ossay de París, para ver a los Impresionistas, o caminar por la Rue Saint Dominique, hacia la Fundación Maeght, situada en la 42 Rue de Bac; o con Francisco Brines, recorrer diversas galerías, como Soledad Lorenzo, en la calle de Orfila número 5; tomar un aperitivo en el café Gijón y despedirnos en el Paseo de Recoletos. Sé bien, cuántas son mis limitaciones, y lo digo desde una agradecida experiencia lectora que no sólo me ha ayudado a entender mejor la poesía y su traducción en muchos momentos, sino también a escribirla e interpretarla.
—Muchos de los poetas que traduce en este libro hablan de un mundo hostil, de ciudades ajenas…
—Cada uno vive y vivió una realidad distinta, única. Para Bonnefoy el lugar anhelado es París, donde ha experimentado la existencia de manera persistente, de su infancia a su hoy. En Berger es el movimiento constante, aunque para él vivir en la frontera de Francia y Suiza, en un pequeño pueblo y descubrir la luz, sus montañas, le da a su poesía un paisaje único.
—¿Cree que el poeta dicta los temas o es la poesía la que dicta sus propios temas? Se lo pregunto no sólo como poeta, sino también como traductor.
—Siempre he creído que el poeta nunca dicta los temas, sino que es la poesía la que se introduce en la persona que escribe y dice lo que ella quiere decir. Uno sabe lo que ha dicho porque lo lee, se desdobla en lector. Es como me decía alguna vez José Ángel Valente: “la poesía no sólo es la experiencia, sino también las lecturas”, y después de años de lectura, te vas dando cuenta que esas lecturas dejan huella en la memoria. Pero las respuestas son certeras, al menos en el momento en que han sido escritas, aunque luego el poeta tacha y corrige lo que no le satisface. Hay que forzar continuamente el espíritu crítico, con pasión y lucidez, como me decía siempre José Ángel Valente. Vamos escribiendo por medio de la intuición, que es inteligencia súbita. Pero fíjate que cuando traduces, al mismo tiempo tienes que estar alerta al ritmo del lenguaje, pues el catalán o el francés suenan “parecidos”, pero no el inglés. Hay que tener mucha intuición. Por ejemplo, los sabios científicos tienen intuiciones, pero el poeta puede ser contradictorio según el momento y pide por parte del lector un asentimiento a lo que escribe porque escribe desde la verdad.

