POLÍTICA Y GOBIERNO

La burla de los “dioses”

Jorge Carrillo Olea

 ¡No se juega con los vasos del templo! Es una exhortación sobre la cautela en el trato de aquellos valores que son intocables por su enorme respetabilidad, mayores consideraciones y costosos riesgos si se dañaran. Felipe Calderón y Guillermo Galván no conocieron esa máxima. Se sirvieron y lastimaron uno de los vasos sagrados del Estado: su ejército.

Por todavía ignotas razones, el general Ángeles Dauahare y otros cayeron de la gracia de los dioses y éstos, como los mitológicos griegos, ardieron en ira y se vengaron sin darse cuenta de que la mayor herida, el mayor daño, el deshonor puesto en juego, fue para el Ejército Mexicano. La noticia del arresto y subsecuentes prisión y escarnio dio la vuelta al mundo: “General mexicano acusado de narcotráfico es apresado”.

Una noticia así es demoledora, no la hemos oído de generales colombianos, ecuatorianos o peruanos, cuyos países están inmersos en igual problema. ¡Será que sus presidentes y sus ministros de Defensa sí saben el valor nacional que tiene la respetabilidad de los vasos de su templo!

Es grave sacrilegio tratar los vasos como algo profano. Por eso castigó Dios con tanta severidad al rey Baltazar. Por eso las efigies indeseadas de los santos no se deben tirar simplemente sino darles un fin digno: quemarse o enterrarse. Calderón, Morales y Galván se rieron de esos preceptos, infringieron las leyes más sagradas desatendiendo las Escrituras.

Muy respetable el dolor, frustración e inmerecido tormento sufrido por las víctimas, sus familiares y allegados, deplorable el desprestigio nacional e internacional sufrido por el Ejército Mexicano. Más va creciendo la indignación cuando poco a poco se van rebelando las terribles responsabilidades de quien debería ejercer dignamente la majestad del mando supremo y quien debería procurar y administrar la justicia con probanzas y no con consignas.

En el interior del ejército es conocida la frase: “la justicia militar es de consigna” y sí. Lo ha sido por larguísimas décadas, fue toda una cultura y hoy hay aún decenas de pruebas. Es por consigna o por prevaricación, por corrupción o por la simple apatía de ministerios públicos y jueces.

Pero lo que desbordó los cauces es que el mismísimo presidente Calderón haya desacertado al sentirse afectado en su íntima sensiblería por algo que aún no está claro y debiera estarlo. El presidente erró al ordenar un acto violatorio de las garantías individuales, nada más que del artículo 20 constitucional, el pilar de defensa ciudadana ante el poder.

Para más, la honra y la reputación son derechos  establecidos en el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, o Pacto de San José, que tutela la honra en su artículo 11 como un privilegio humano diciendo: “Toda persona tiene derecho al respeto de su honra y al reconocimiento de su dignidad”. De todo ello Calderón, Morales y Galván se burlaron.

Calderón ordenó o aprobó por lo menos que la procuradora Marisela Morales iniciara un procedimiento que llegara a la orden de aprehensión forzando lo que hubiera que forzar. Galván endureció los hechos llevando a cabo el arresto de un general de División por miembros de la policía judicial militar y a las puertas de su casa. Hubiera sido exigible más sentido de responsabilidad, más limpieza, más prudencia y respeto hacia los símbolos de esa institución llamada Ejército Mexicano. Con ensañamiento y brutal insensibilidad se le sumió en una ola de desdoro.

De Galván quedan negras muestras de extravío en su concepto del bien. De ello da prueba su ligereza al condecorar en 2008 al general Acosta Chaparro por sus grandes méritos, cuando es voz pública su terrible descrédito vinculado a temas de delincuencia organizada, a múltiples crímenes en Guerrero y a participar en cientos de desapariciones forzadas. Galván no vio tampoco la terrible corrupción de su administración en las áreas de contratación de bienes y servicios, entonces cómo le iba a preocupar desprestigiar su alma mater con el caso Dahuahare.

 

Fue una muy atinada decisión del general Cienfuegos dar esa seña de corrección y rescate al general Ángeles Dahuahare al nombrarlo su asesor. Sin embargo, y otra vez teniendo la mayor consideración a los ultrajados, el honor más agraviado fue el institucional, el del Ejército, uno de ya pocos vasos de ese templo llamado Estado mexicano.

 

Aún les quedan cosas por hacer al presidente Enrique Peña Nieto y al general Cienfuegos. Este drama no ha terminado, queda por rescatarse lo más sagrado: los vasos del templo.

 

                                                                  hienca@prodigy.net.mx