Los mexicanos que las pagamos

Marco Antonio Aguilar Cortés

El Presupuesto de Egresos de la Federación, en nuestro país y por las cantidades que ahí se manejan, se ha convertido también en algo masivo, acopio inmenso de dinero fuera de toda proporción humana. El gasto total de la federación para 2013 es de, según lo publicado por el Diario Oficial el 27 de diciembre del 2012, 4 billones de pesos.

Cantidad que se expresa en pocas palabras, pero que difícilmente un ser humano puede imaginar la superficie para colocar ese dinero junto, antes de convertirlo en circulante, su volumen, su peso, su capacidad de compra, y el tiempo que nos llevaría contar, billete por billete, y todas las monedas emitidas.

Dentro de ese descomunal monto monetario se ubican varios costes etiquetados para asuntos electorales, los que no son poca cosa, ya que federalmente estamos gastando en esa materia, según lo expresado en ese presupuesto, 23 mil millones de pesos.

Eso, sólo respecto al gasto federal, ya que habría que sumar todo lo que las 32 entidades federativas y los 2 mil 438 gobiernos municipales erogan en elecciones; más lo que gastan, dentro o fuera de la ley, los particulares, nacionales y extranjeros.

Y, ahora, se ha reiterado la vieja idea de que cada elección, federal, estatal o municipal debe tener una segunda vuelta; es decir, otra elección; o sea, hay que gastar lo doble en materia electoral por parte de un pueblo empobrecido, sin fuentes de trabajo, que carga los peligros de una inseguridad brutal, sufre de un alarmante analfabetismo real y funcional, y paga centenas de miles de millones de pesos con pretexto de la educación.

¿Quién le teme a la segunda vuelta electoral?, ¿quién le teme a las elecciones? Le tememos a la materia electoral todos los que la pagamos, más cuando percibimos que, con ese enorme gasto, no se mejora la calidad de vida para todo mexicano.

Mi observación crítica no implica proponer la supresión de las elecciones. El pueblo de México a través de su ciudadanía debe elegir a sus mandatarios, designar a quienes lo van a obedecer desde los cargos públicos asignados.

Pero ese proceso electivo no tiene porqué ser tan costoso, tan ineficaz y tan dramático.

De la raíz y de los frutos de nuestras etnias originales, así como de la mejor experiencia de nuestro mestizaje, debemos obtener lecciones al respecto.

Claro que no somos tan ingenuos para pensar que, así, lograremos la perfección electiva. No, nada de eso; simplemente resolveremos los problemas que hoy confrontan nuestros procesos electorales, y con ello provocaremos nuevos problemas que con el tiempo se agudizarán, para ser resueltos por nuestros sucesores.

Ésa es la dialéctica de la vida, la que debemos entender sabiéndola utilizar como eficiente instrumento ante los retos cotidianos.

El 7 de julio de 2013 irán a elecciones 14 entidades federativas del país y, otra vez, vuelta a la noria: ineficacia, dramatismo y costos desproporcionados.