POLÍTICA Y GOBIERNO
Días peores se avecinan
Jorge Carrillo Olea
México no aprende del pasado y tiene nula capacidad de anticipación, previsión o deducción de futuro. Tropezamos con una piedra y a los siguientes pasos damos con ella otra vez.
Hace días, el presidente, exultante, anunciaba con el mayor esplendor anímico creíble, la inversión de 8 mil millones de dólares de particulares en materia de turismo. Simultáneamente, el Congreso de la Unión —poca cosa— uno de los poderes, el del pueblo, era incautado de su sede. Difícil imaginar mayor absurdo.
Es agrio recordar que el periodo 22 de julio-2 de octubre de 1968 culminó con aquella imborrable tragedia y todo comenzó con una algarada de estudiantes del IPN, apedreando la sede de la preparatoria privada Isaac Ochoterena. Bien sabemos de esa bobada qué tan lejos llegó, cómo terminó.
¿Por qué el presidente Gustavo Díaz Ordaz tuvo que reaccionar personalmente, provocando a los chavos con ese fácil triunfo? ¿No se parece eso hoy al secuestro de los diputados y su emigración? Se rompió toda proporción.
Todo el mundo tiene su hipótesis; la mía es que faltó un sistema de inteligencia y hábil gestión. Todo se personalizó desde el principio en Díaz Ordaz quien, ante el embrollo, desde Guadalajara ofreció su mano a los estudiantes. ¿Y sus colaboradores?
Habiendo tantos dramas de dónde escoger, brilla el Jueves de Corpus de 1971: los Halcones; brilla también por su motivación increíble: estudiantes del IPN en el Casco de Santo Tomás intentaban realizar una marcha en apoyo a la demanda de los estudiantes de la Universidad de Nuevo León, para que se modificara un artículo que diera mayor representación al estudiantado en el proyecto de ley orgánica que se estaba discutiendo. ¡Eso era todo!
En voz del subsecretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, se expresó la actitud del gobierno: “No permitiremos que nos tomen la calle”. Esto es cero tolerancia. Nunca se calcularon los caminos y el final de aquel acto represivo. Lo más doloroso para el propio presidente fue que se manchó su gobierno de apenas seis meses de vida y se desprestigió su registro histórico para siempre. ¿Y los sabios de la política? ¿Y la inteligencia de la Federal de Seguridad de Gutiérrez Barrios?
Estos hechos y otros: el asalto al cuartel militar en Madera, Chihuahua, el levantamiento indígena en Chiapas, el incidente de Luis Echeverría en Ciudad Universitaria —que pudo ser fatal para el país—, la evolución del Partido de los Pobres y su guerrilla, y ahora las defensas comunitarias en Guerrero y Michoacán. Nada de eso debió haberse dado.
Con mil explicaciones quizá válidas, hay un factor común que lamentablemente persiste: hoy es la ausencia de un sistema de inteligencia y de gestión armónica de los problemas que serían detectables si se hubiera reflexionado sobre en dónde priva la opresión, la injusticia de cualquier orden y todo justo reclamo social. Esto siempre es la base.
Hoy la compleja estructura burocrática que diseñó el actual gobierno menos aún lo permite. Los días que estamos viviendo y los peores que se pronostican señalan que en materia de previsión política y correcta administración de crisis no se ha avanzado. Las pruebas están ahí.
Pero hay algo más y que pinta a todo: la decisión presidencial de seguirle apostando a su imagen y soslayar atender públicamente los problemas de gobernabilidad. En el pasado hubo un exceso en las reacciones presidenciales, no se descansó en las estructuras. Hoy las malas nuevas y su manejo se dejan a las estructuras, los dioses olímpicos se reservan.
Ahora hay que decir que tenemos serios problemas en el horizonte. Más serios de lo que se quisiera aceptar, pero que son anticipables en sus tiempos y formas. La conjunción narco, delincuencia organizada común, defensas comunitarias, CNTE y su oscuro proyecto, desplome económico y las violentas algaradas que vendrán con las reformas pendientes, anticipan claramente una mayor inestabilidad política y social que marcará los meses por venir.
Ojalá no se hubiera caído en el desprecio, deformación y nulificación de instrumentos que pudieran haber sido útiles como auxiliares en el ejercicio de gobernar, como lo fue la estructura de inteligencia estratégica. Hasta los panistas los respetaron. Sería interesante haber conocido los escenarios de reacciones, de análisis de riesgos diseñados por el CISEN para alertar a Peña Nieto en su proceso decisorio.
De desbordarse la situación, podría ser un Requiescat in Pace muy cruel para Peña Nieto. Por hoy, su administración está tocada por una falta de capacidad prospectiva sobre las resistencias anticipables, la que hubiera sido una tarea sobreentendida de su aparato de inteligencia. ¡Aguas, señor presidente!
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