Juan Antonio Rosado
Tal vez, entre todos los males de los que puede padecer un escritor, dos de los más graves sean el estreñimiento verbal y su contrario, la verborrea. Juan José Arreola aconsejaba castigar la frase, las palabras, hasta lograr concisión de forma, la intensidad necesaria para captar la atención, virtud que sólo se conquista con la experiencia y el equilibrio verbal, es decir, con el buril de la razón sobre el cuerpo del texto. Se trata de aplicar el célebre bullshit detector de Hemingway, pero también de hacerle caso a uno de los puntos del Decálogo de Horacio Quiroga: no escribir bajo el imperio de las emociones. El problema de las emociones y la necesidad de “exorcizarse”, de sacar los demonios que “atormentan” el “alma” no es sino uno más de los muchos mitos románticos que aún hoy invaden las letras. Siempre he dicho que lo mejor para un autor que padece problemas emocionales no es multiplicarlos en un texto, sino acudir a ayuda profesional. Luego, de un modo más sereno, con la ayuda de la razón que controla y busca los efectos apropiados, podrá verter esos “demonios” en el papel y contarnos su historia. Así lo han hecho los grandes autores de todas las épocas. No hay como cierta serenidad para sentarse a escribir.
Lo anterior viene a colación porque hay obras excesivas, en las que es notoria, desde el inicio, una “fórmula mágica” que puede parecer sorprendente, pero después, con el paso de las páginas, se revela una insistencia, una obstinación en la misma fórmula. Entonces el lector se percata de que este o aquel recurso ya no sorprende, sino que empieza a causar tedio por lo repetitivo. El autor verborreico no supo equilibrar el texto, se emocionó con el despilfarro verbal, y en lugar de publicar un excelente libro de ciento ochenta páginas, prefirió sacar uno de seiscientas, de las cuales la mitad es “paja”. Más que con los libros de investigación, lo anterior suele ocurrir con la novela, género —diría Ernesto Sabato— “impuro” porque todo cabe allí: cualquier cantidad de digresión es permitida. Incluso se ha dicho que la novela es una especie de “basurero” donde el autor encuentra pretexto para incluirlo todo. “La novela es extensa; el cuento es intenso”, afirma Juan Bosch, de ahí que también muchos insistamos en la extrema dificultad de ese trabajo de joyería llamado “cuento”. Por supuesto, hay extraordinarias novelas, caracterizadas por su equilibrio e intensidad. Modelos en la literatura mexicana seguirán siendo La sombra del Caudillo, Pedro Páramo o Los días terrenales, para nombrar sólo tres de la primera mitad del siglo xx.
