Alberto Chimal

Empecemos con la frase detonante. Edgar Allan Poe es uno de los escritores más influyentes de la historia, es decir, de los que más han afectado a los autores posteriores: de los que más han sido ejemplo de otros y más seguidores han tenido.
La publicidad nos ha acostumbrado a desconfiar de semejantes afirmaciones (en esta época todo es lo más grandioso, lo absolutamente nuevo, lo que todos los demás verán con envidia o admiración). Sin embargo, en el caso de este escritor estadounidense el elogio no dice más que la verdad. Después de todo, Poe fue: a) el inventor del cuento moderno, responsable de llevar la técnica de la narración breve de sus orígenes en la tradición oral hacia la modernidad de su propio tiempo, y más allá; b) el inventor de la “historia-enigma”, antecedente de la narrativa policiaca, y probablemente c) de la historia de anticipación, antecedente de lo que hoy llamamos ciencia ficción. Fue además d) un poeta innovador, e) un ensayista brillante, f) una celebridad cuya vida misma sigue siendo legendaria y, desde luego, g) un creador de grandes historias.
Aun si no existiera el resto de su legado, sus cuentos serían suficientes: sus narraciones de horror, de crímenes, de humor, de lo grotesco y lo maravilloso, son una obra que todavía fascina y que ha dejado su huella en toda la literatura posterior. En especial, las historias de horror de Poe pueden sorprender, incluso, a los aficionados a la violencia extrema de una parte del cine de hoy: si bien no hay en ellas cantidades espectaculares de vísceras y sangre, sí hay una atmósfera de inquietud, un ánimo negro y mórbido que es la base para prácticamente todas las historias de miedo posteriores al mismo Poe, y que en su versión original no ha perdido nada de su poder.
Si acaso, se ha vuelto más sutil: si no prestamos atención, dado que está en todas partes, tal vez nos parezca invisible… Pero para combatir este error del tiempo y de la costumbre: para volver visible a Poe una vez más, sirven todas las adaptaciones que se hacen de su obra a algún medio visual.
A ellas se une la presente versión ilustrada
—arte secuencial, historieta, cómic, novela gráfica: en realidad el nombre es lo de menos— de tres de sus mejores cuentos y de su poema central. Aquí tenemos “El corazón delator”, “El gato negro”, “La caída de la casa Usher” y “El cuervo”, todos adaptados por Julián Romero: un atisbo a los mundos terribles de una imaginación excepcional, con el dibujo de Gustavo del Valle Sotelo para dar vida a los personajes y mostrarnos tanto los horrores que están fuera de ellos como los que habitan sus pensamientos.
Los aficionados de la narrativa gráfica podrían hallar en los dibujos de Gustavo del Valle reminiscencias de grandes ilustradores de horror como Berni Wrightson, el creador original de La cosa del pantano y de un Frankenstein memorable; también verán el recuerdo de la gran tradición del cómic industrial mexicano del siglo XX, que en sus mejores momentos unió un estilo simple y apresurado (la historia del medio en México es casi siempre la de creadores mal pagados, trabajando a marchas forzadas) y una expresividad asombrosa, lograda siempre con un mínimo de recursos.
Quienes no conozcan todavía a Del Valle, o no hayan pensado recientemente en el enorme poder creativo de Edgar Allan Poe, están a punto de entrar en un mundo distinto, obra de dos creadores separados por siglos pero en perfecta sintonía: un universo de inquietud que no los dejará salir tan fácilmente.