Susana Hernández Espíndola
La nueva crisis que vive Egipto desde el golpe cívico-militar del 3 de julio pasado, que derrocó al presidente islamista Mohamed Morsi, quien se halla secuestrado desde entonces por el nuevo régimen, se agravó, a mediados de agosto, poniendo a ese país al borde de la guerra civil.
Después de que el miércoles 12 de agosto el gobierno de facto inició una violenta represión en El Cairo y otras ciudades del país contra los campamentos y barricadas en los que se pertrecharon los ciudadanos que exigían la reinstalación de Morsi, la violencia provocó alrededor de 525 muertos y más de 7 mil heridos.
El baño de sangre derivó también en la renuncia del vicepresidente Mohamed el-Baradei, Premio Nobel de la Paz en 2005 y puesto como mediador por los golpistas, y en la imposición del estado de sitio, durante un mes, en todo Egipto, ordenada por el mandatario interino, Adli Mansur, con el objetivo de que las Fuerzas Armadas realicen redadas y detengan a los rebeldes sin órdenes judiciales.
Hasta el momento, cuatro periodistas han perdido la vida en los episodios violentos en Egipto: el inglés Mick Deane, de 61 años, camarógrafo de Sky News; la periodista Habiba Ahmed Abd Elaziz, de Gulfnews y Xpress; Ahmed Abdel Gawad, periodista del diario estatal Al Akhbar, y Mosab El-Shami, fotoreportero del portal pro-islamista de noticias Rassd news (RNN).
Bajo los ojos del mundo
Esta crisis ha motivado la preocupación de la comunidad internacional, y diversas naciones, entre ellas México, han llamado a la contención, por parte del gobierno, al diálogo entre las partes, y a la pacificación.
“México expresa su confianza en que, mediante el diálogo, las autoridades y todas las fuerzas políticas egipcias serán capaces de encontrar soluciones a sus diferencias, de manera pacífica, apegada a derecho y respetuosa de los derechos humanos”, señaló el gobierno mexicano en un comunicado emitido por la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).
En la nota se expresó que la embajada de México en Egipto está preparada para que, “en caso necesario”, brinde protección consular a la comunidad mexicana residente en aquel país, así como a los connacionales que estén ahí temporalmente.
Aunque el presidente estadounidense, Barack Obama, se niega a reconocer la remoción de Morsi como producto de un golpe de Estado, ya que su administración considera a los rebeldes como terroristas, por su vinculación con los Hermanos Musulmanes -una cofradía panislamista con influencia en Palestina, Jordania, Siria y los países del Golfo, a quienes se les achaca la formación de organizaciones como Hamás y Al Qaeda-, ha condenado la matanza, señalando que la violencia en Egipto “no refleja el compromiso del gobierno interno de promover una transición democrática” ni “con el respeto de los derechos humanos”.
El papa Francisco también ha expresado su sentir por el fallecimiento de centenares de personas en el conflicto egipcio y llamó a la reconciliación en ese país y en el mundo entero: “Llegan lamentablemente noticias dolorosas de Egipto. Deseo asegurar mi oración por todas las víctimas y sus familiares. Por los heridos y por cuantos sufren. Oremos juntos por la paz, el diálogo, la reconciliación en esa querida tierra y en el mundo entero”.
La caída de Mubarak
Esta crisis ha sido tal vez la peor en Egipto, desde que un levantamiento popular, entre el 25 de enero y el 11 de febrero de 2011, en el marco de la llamada “Primavera Arabe”, que sacudió a 18 países, entre 2010 y 2013, expulsara del poder al dictador Hosni Mubarak.
Hasta la primera década del siglo XXI, tras los cambios democráticos en Europa, Iberoamérica, y en partes importantes de Asia y Africa, el mundo árabe había permanecido bajo el control de monarquías autoritarias o repúblicas dictatoriales. Sin embargo, la revolución tecnológica de los medios de comunicación, primero con la televisión por satélite (con la cadena del emirato de Qatar, Al Yazira, al frente), y luego con la red Internet y los teléfonos móviles, poco a poco retiró el velo con el que los tiranos ocultaban la realidad a la inmensa masa árabe, la cual comenzó a utilizar esos artilugios para organizarse, principalmente en las llamadas redes sociales, en la preparación de una gran revolución.
El primero en caer por el empuje popular, fue el dictador tunecino Zine El Abidine Ben Ali, el 14 de enero de 2011, quien había llegado al poder desde el lejano 7 de noviembre de 1987, tras un golpe de estado.
Después de esta liberación, una explosión política similar se dio en Egipto. Hosni Mubarak accedió al poder el 14 de octubre de 1981, sucediendo al presidente interino Sufi Abu Taleb, tras el asesinato del anterior mandatario, Anwar el-Sadat, el 6 de octubre del mismo año. A la cabeza del Partido Nacional Democrático, Mubarak se reeligió en 1987, 1993 y 1999.
Si bien tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, debido a la presión internacional inició pequeñas reformas democratizadoras para que otros candidatos se presentaran en las elecciones presidenciales, el viejo líder ganó de nuevo en 2005 y después en 2010, en la primera vuelta electoral, dejando fuera a los Hermanos Musulmanes, principal grupo de oposición islamista.
En enero de 2011, tras organizarse a través de las redes sociales, decenas de miles de egipcios llevaron a cabo protestas simultáneas en las principales ciudades del país, demandando la salida del dictador, que había amasado una fortuna de 70 mil millones de dólares. Sin embargo, Mubarak decidió formar un nuevo gobierno, pero sin abandonar la presidencia, ordenando, a la vez, el corte del acceso a Internet.
No obstante, la presión popular hizo que el 11 de febrero entregara el poder a las Fuerzas Armadas de Egipto, que constituyeron un consejo militar de gobierno.
Mubarak y su antiguo ministro del Interior, Habib al Adli, fueron condenados, en 2011, a cadena perpetua, por ordenar la represión que provocó 850 muertes durante la revolución que llevó a su derrocamiento. A pesar de ello, en enero de este 2013, un tribunal de apelaciones anuló esa sentencia y ordenó repetir el juicio, que comenzó en mayo.
El 19 de junio de 2012, tras una serie de ataques cardíacos, Mubarak había sido declarado clínicamente muerto, pero logró recuperarse. Actualmente, permanece en prisión preventiva, junto con sus dos hijos, en la prisión de Tora, en las afueras de El Cairo.
La pequeña era de Morsi
Ingeniero de profesión y presidente del Partido Libertad y Justicia, fundado por los Hermanos Musulmanes tras la caída de Mubarak, Mohamed Morsi, considerado como un islamista moderado, llegó al poder el 30 de junio de 2012, después de la celebración de dos vueltas electorales.
En medio de problemas económicos y sociales, agravados con el desempleo y la carestía de combustibles, Morsi intentó aumentar la influencia del islam en la comunidad egipcia y de concentrar, con una nueva ley, amplios poderes e inmunidad en su investidura de presidente. Eso causó una nueva revuelta popular, que estalló el 23 de noviembre de 2012, al ser considerado como dictador.
El 29 de junio de 2013, otra manifestación masiva en la Plaza de la Liberación, en el centro de El Cairo, exigió su inmediata renuncia y, al día siguiente, más de dos millones de personas se unieron a la protesta en toda la nación. El 1 de julio, Abdul Fatah al-Sisi, jefe de las Fuerzas Armadas de Egipto emitió un plazo de 48 horas para que Morsi respondiera a las demandas del pueblo, amenazando con la intervención del ejército si el conflicto no se resolvía.
Morsi se negó a dimitir aduciendo que era “el Presidente legítimo”, y mientras millones de manifestantes se congregaban en la Plaza Tahrir, el Ejército tomó las instalaciones estratégicas, rodeo la residencia presidencial y detuvo a Morsi.
Camino al infierno
Algunos observadores internacionales, como Roberto Mansilla Blanco, analista del Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI) y colaborador del periódico en línea, “Mundiario”, creen que la crisis egipcia camina hacia la reproducción de la guerra civil de Argelia, entre 1992 y 2000, entre islamistas (el Ejército Islámico de Salvación) y el gobierno militar, que causó entre 150 mil y 200 mil muertos
También estiman que este desequilibrio revela que los militares, comandados por Abdul Fatah al-Sisi, líder del golpe de estado, no controlan totalmente el poder tras el derrocamiento de Morsi.
Por eso, previenen que podría desatarse una etapa de mayor y más prolongada violencia en Egipto, ante la mirada impasible de Estados Unidos, Europa y aún Israel, que tácitamente apoyaron el levantamiento militar del 3 de julio.
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