Gerardo Yong
En 1859, el estadounidense Edward Blake perforó el primer pozo petrolero en la historia de la humanidad. Se dice que este procedimiento fue realizado por casualidad, es decir, fue producto de una necesidad por hallar carbón que, en ese entonces, era la fuente de energía que predominaba en la vida del siglo XIX. Este tenía una profundidad de sólo 27.07 metros. La situación contrasta en la actualidad, ya que los pozos petroleros llegan a tener a más de seis mil metros bajo el subsuelo o en el lecho marino. Esto ha sucedido en poco más de siglo y medio de explotación y las perforaciones tienen que ser cada vez más profundas para hallar ese líquido negro y viscoso que hace mover al mundo actual: la era hidrocarburo En 1947, se perforó el primer pozo petrolero costa afuera, es decir, en alta mar. La necesidad de obtener este recurso natural fue tan grande que tan sólo dos años después, la industria petrolera ya podía efectuar perforaciones marinas más ambiciosas, sobre todo después de haber experimentado algunos métodos de extracción en Sudamérica, principalmente en el lago de Maracaibo de Venezuela y en las cuencas marítimas de Brasil. Poco más de medio siglo, la industria del crudo, tiene que lidiar con exploraciones y perforaciones cada vez más profundas.
Tan profundo como el mar
De hecho, el pozo petrolero costa afuera más profundo del que se tiene conocimiento en la actualidad es uno que se encuentra en el Golfo de México a casi tres kilómetros de profundidad. El proyecto está siendo explotado por la empresa angloholandesa Royal Dutch Shell y es de los más costosos del mundo. Se trata del programa Mad dog phase 2, realizado en el yacimiento Stone, el cual pertenece en su totalidad a esa empresa, que la descubrió en el 2005 y se encuentra a 321 kilómetros de Nueva Orleans, Estados Unidos. Se estima que tendrá una producción de 50 mil barriles diarios, esto tan sólo en su primera fase. El proyecto de perforación se halla en un lugar conocido como la “dona de petróleo” por la forma que tiene el yacimiento en su ubicación. Fue descubierta en el año 2000 y se le considera como la última frontera por definir entre ambos países. Según cálculos, el 60% de esta zona le pertenece a México. Pese a que se acordó una moratoria de explotación hasta el 2014, Estados Unidos ha hecho exploraciones desde el 2009. De hecho, se teme desde hace una década, Washington ya haya empezado a considerar la extracción mediante lo que se denomina un efecto “popote”; es decir, que la explotación se haría desde el lado estadounidense y afectaría las reservas mexicanas al estar contenidas en el mismo depósito natural.
De hecho, se puede decir que el botín petrolero de esa región ya fue repartido. En octubre del año pasado se subastaron los permisos de explotación en 683 zonas cercanas al Hoyo de la Dona con un plazo de 20 años; una acción en la que participaron las más poderosas transnacionales petroleras como Shell, Chevron-Texaco, British Petroleum, ConocoPhillips, Exxon-Monil, ENI, Kerr-McGee y Pioneer. Como dicen por ahí, con quedado rezagados en la defensa de los recursos petroleros del país. La paraestatal ni siquiera ha considerado realizar operaciones en la zona, algo que ya dura más de una década.
¿Dónde quedó la bolita?
La firma británica Shell Off Shore Inc adquirió 67 zonas de explotación por 510 millones de dólares. No olviden que Gran Bretaña y Estados Unidos son grandes y tradicionales aliados. Por si fuera poco, la segunda empresa que se quedó con los 41 bloques restantes fue Chevron USA, que pagó 253 mil dólares. La famosa zona del Hoyo de la Dona es una cuestión muy parecida a la que sucederá en el 2050 con el derretimiento de los hielos árticos. En esa zona se han descubierto grandes yacimientos de petróleo, además de que el despeje de masa glacial favorecería nuevas vías de navegación por el norte del planeta para comercializar más rápido y a bajos costos productos con países como Estados Unidos y Japón. Desde el 2008, cinco países se encuentran en negociaciones para repartirse el Polo Norte, una de las últimas zonas de la Tierra que aún no tiene como dueño a ningún estado y que se calcula que alberga bajo el hielo una cuarta parte de las reservas mundiales de petróleo.

