Alejandro Zenteno
Sueño del hombre. Sueño de la lucha
que nace del abismo, de un origen
que se esfuma en el tiempo y el espacio.
Sueño de los guerreros que palpitan
en mi sangre, que gritan de la sombra.
Sueño de las espadas que resuenan
bajo la tierra, quebrantando huesos
inmemoriales. Sueño de raíces
por donde se encamina cada muerte
como una savia roja que alimenta
las entrañas del mundo. Sueño y voz
que sube de la hierba en marejada
de murmullos, rodeándome del tronco
hasta la copa de la mente. Sueño
de ceniza que brota de la historia
donde crepita el fuego de los hombres.
(…)
Estupefacto miro los galeones
desde la peña de Quiahuiztlan; siento
la agonía del Quinto Sol y salgo
a recibir al dios barbado y blanco
que se convertirá en demonio. Lucho
contra los españoles en Tlaxcala
y degüello la testa del venado
gigante. Soy el hijo del anciano
Xicoténcatl que muere estrangulado
con la venia del padre. Me descubro
con gran indignación contra el tlatoani
Xocoyotzin y lanzo piedra y rabia
contra su cobardía. Soy el águila
que cae sobre el intruso en la calzada
de Tlacopan y pierde la batalla
en los llanos de Otumba. Soy océlotl
en el ocaso de Huitzilopochtli
y Tenochtitlan me arde entre los ojos
como un enorme sol que se desangra.
(…)
El amor y la paz fueron las cosas
que más buscaron los ingenuos clientes
en el mercado de la fe. La póliza
de vida eterna se vendía en pagos
interminables, entregando el oro,
la casa, las pequeñas baratijas,
los perros y los gatos. Elocuentes
charlatanes oraron y cantaron
mientras el pueblo se moría de hambre
frente a los templos y palacios. Negros
y gordos pajarracos pederastas
entonaron graznidos de victoria
cuando las monarquías y la iglesia
unificaron reinos, repartiéndose
los bienes terrenales, disfrutando
del pan arrebatado a los humildes.
(…)
Cuando mi instinto regresó con pasos
de ocelote, y los hombres me lanzaron
a luchar con los perros, a reñir
contra su Guardia Blanca: pelotones
de mastines humanos, excremento
de oligarcas henchidos de soberbia.
Y la jauría persiguió mi rastro
por desiertos y selvas, con la espuma
brotando del hocico al uniforme;
mientras los calabozos me esperaban
y el tribunal tendía su maraña
de mentiras, las redes infalibles;
allí donde el fiscal afila el diente
y cuaja su veneno, donde oscuros
magistrados ingresan a la Corte
cargando en palanquín a la ramera
que le llaman Justicia, y una horda
de mandriles ocupa la tribuna.
(…)
Galopando cruzaron los guerreros
desde el sueño infinito, convertidos
en semillas de luz que se dispersan
por el aire. Volaban y vertían
su polvo de cometas destruidos,
su polen que fecunda la campiña.
Montaban la luciérnaga que lleva
el átomo de un sol desintegrado
bajo la rueda cósmica del tiempo.
Galopaban las olas de una voz
inmemorial, la cresta de una ópera
que avanza por los mares de la sangre
resucitando estrellas en el hombre.
Galoparon tornados y huracanes
sujetando una brida de relámpagos
y entonando rapsodias con el trueno.
Galoparon el cielo con sus picas
pinchando las espaldas de los dioses
y las nalgas sublimes de Afrodita.
Subieron por el arco del espectro
y se desintegraron con la lluvia
como un candil de flechas transparentes.
(…)
