LOGOS
Reformas cacareadas: energética y hacendaria
Marco Antonio Aguilar Cortés
A inicios del siglo XXI, pero con raíces en sexenios inmediatos anteriores, se empezó a sentir la inquietud por hacerle reformas a nuestro sistema, tanto electorales como al Estado, educativas, políticas, energéticas, económicas, hacendarias, laborales, a las comunicaciones y al transporte, a la información, a la banca, a la Constitución, al derecho penal, a la organización mercantil y a un sinnúmero de sectores que si los citamos a todos produciríamos una larga e innecesaria lista para el menester de este artículo.
En los pasos reformistas, de este tiempo, las iniciativas han tenido origen en el extranjero, motivadas por los tratados de libre comercio y la globalización, sin desconocer que también existen necesidades internas causantes.
Los problemas para vencer los óxidos de la inercia nos condujeron a la adopción del gatopardismo: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.
Nuestras falsedades huehuenches, sumadas a todas las actitudes mentirosas de los mestizajes europeos y africanos que llevamos dentro, dan una reactivación a ese gatopardismo.
Pero ahora que el presidente Enrique Peña Nieto ha hecho suyas las posturas reformistas, los mexicanos hemos sentido cierta oxigenación.
Hoy está, en la plática de todos, la cacareada reforma energética, pues inició su procedimiento hace días, con retórica y documentos de partidos políticos en torno al tema, con las iniciativas sobre reforma energética de los responsables de ese proceso legislativo, pero todo esto ha creado mayor confusión en los mexicanos.
Acusan los radicales de la izquierda que con las iniciativas presentadas por los integrados del Pacto por México, cada uno por separado, se quiere privatizar a Pemex, entregándolo a los extranjeros, y especialmente al imperialismo gringo.
De resultar cierta esa denuncia, la mayoría de los mexicanos estaríamos con esa izquierda.
Recrimina la contraparte que nadie quiere privatizar Pemex, sino modernizarlo, para no condenar a nuestro país a la miseria, a vender petróleo barato y a comprar derivados caros, debiendo, por ende, abrir ciertos rubros al capital privado.
De ser verdad lo anterior, también la mayoría de los mexicanos estaríamos con esta posición. Lo que nos conduciría a la contradicción.
A lo anterior hay que agregar que todos en el discurso desean que Pemex deje de ser botín fiscal, objeto de corrupción sindical y fuente de enriquecimiento de altos funcionarios públicos.
Con esa mezcolanza, promiscuamente partidizada al 100%, la mayoría de los mexicanos terminará por no creerle a nadie. Mejor sería, en lugar de plantear la reforma energética y la hacendaria, discutir y aprobar una reforma para que todos en México nos conduzcamos con la verdad, empezando por los poderosos, que suelen mentir al nivel de su poderío.
