Juan Antonio Rosado
En 1963, Juan García Ponce publica dos libros de cuentos: La noche e Imagen primera. A diferencia de lo que ocurrirá en sus obras posteriores (salvo La invitación), en el primero prevalece una visión negativa. El autor advierte un cambio radical de su visión del mundo. Los relatos de La noche —sostiene— “están animados por una visión del mundo que puede y debe considerarse negativa”. Ni el final de los textos es «feliz» ni hay solución a conflictos. Los temas son la muerte (“Amelia”), la separación de los amantes (“Tajimara”) y la locura (“La noche”). A partir de sus siguientes obras, sin abandonar sus preocupaciones, se ofrece “otra visión del mundo”, y poco a poco llegará a la convicción de que el oficio de escritor “debe aplicarse a mostrar la bondad de formas de vida condenadas por la sociedad, por la moral […] Mis obras recientes se apartan de La noche en este sentido”.
En conjunto, las narraciones de García Ponce son herederas de un arte erótica que no implica la ciega aceptación de juicios morales o normas de conducta. Habría que colocar esas normas en el ámbito cultural del lector (o de ciertos lectores) y en el de los personajes que las acatan, como el narrador del cuento que le da título al libro: “La noche”, quien, al igual que su esposa, se escandaliza con la idea de divorcio. Por cuestiones de espacio, me centraré sólo en este cuento. Allí, el Sr. Guzmán se ubica en el seno de una moral convencional: mira desde el lado apolíneo, desde un sistema luminoso de saber que no admite desorden, pero a la vez siente atracción por el lado oscuro, dionisiaco, irracional, y genera preguntas que acompaña con la sensación de horror y miedo. Es el miedo al otro, a lo que escapa de la racionalidad normativa, de la tradición, de las convenciones, a las que este hombre (Guzmán) se ha vinculado desde su infancia en provincia.
El narrador considera que la historia de cualquier personaje desemboca en el horror. Esta palabra sugiere una imagen y no ―en primera instancia― un estado interior, como el terror o el miedo. En el término “horror” hay sugestión visual. Lo que horroriza es una imagen visual y no conceptual. Pero el horror es subjetivo y depende de la posición moral desde donde veamos, y de la interpretación que generemos a partir de dicha visión. Lo anterior ocurre en “La noche” que, desde el inicio, produce intriga: no sabemos a qué se refiere el protagonista con “horror”, y alude a un suceso del que fue testigo debido a un “desafortunado accidente”. Hay una amenaza contra el reino del orden.
Intrigar es generar interrogantes. Eso hace el narrador al no expresarse con claridad sobre los hechos: oscurece y torna ambiguo su lenguaje, siempre inclinado a la negatividad. Incluso al final, permanecemos con interrogantes en torno a la posible, probable o real triangulación del deseo. La obediencia y sumisión se hallan en el terreno del bien; el desorden, la transgresión, en el del mal. Lo que, a partir de su moral, contempla el Sr. Guzmán, le revela “un desorden inexplicable y perturbador, del que debí apartarme desde el principio”. En las escenas vistas desde la ventana, se acumulan elementos. El hombre se sintió indigno de su casa, de su mujer e hija. Su presencia las ensuciaba porque “mirar es aceptar”. Él miró y también acepta la “imposibilidad de la inocencia una vez que nuestro mundo ha sido manchado por una culpa cuya misma subjetividad hace imborrable”.
En algún lugar de su obra, Nietzsche sostiene que la inocencia es no saber lo que es inocencia. El inocente no conoce lo que es ser inocente porque este estado implica la ausencia de bien y de mal. El ser se ubica más allá de esas categorías, que son culturales y, por tanto, relativas y ambiguas. Hacer el mal puede implicar un bien (para quien lo hace y aun para otros), y a veces el bien puede traer males como consecuencia. No se trata de categorías inamovibles, de edificaciones sólidas, sino de conceptos que obedecen a un individuo educado en un sistema determinado de valores. Por ello, el Sr. Guzmán capta el mal donde hay un desorden que no comprende.
La noche es el no-saber y el final del cuento pretende ubicarnos en este no-saber. La locura es fenómeno nocturno. Se cumple lo que Villaurrutia sostiene en «Nocturno miedo»: «La noche vierte sobre nosotros su misterio», así como la concepción de Novalis, para quien fuera del tiempo y del espacio, se halla el imperio de la noche. Precisamente porque todo puede ocultarse y confundirse, la noche es por excelencia el reino de la ambigüedad, pero no exento de placeres.

