LOGOS

La eterna tardanza de El Vaticano

Marco Antonio Aguilar Cortés

Pasó toda una semana en Brasil el papa Francisco, y su retórica vaticana fue de amplio espectro, exponiendo conceptos claros y directos. No fue muy original, pero esos mensajes en voz de un papa adquieren relieve.

Llamó a los jóvenes del mundo a que “tomen la calle y armen lío… los jóvenes deben ser protagonistas del cambio. Superen la apatía y tengan respuestas para los problemas sociales y políticos”.

Esa convocatoria no tiene nada de novedad. Tiempos y lugares existen en que los jóvenes, y otros no tan jóvenes, han tomado las calles y ahí se quedan a acampar por meses, generando el malestar de muchos, ocasionando verdaderas agresiones económicas, haciendo nugatoria la libertad de tránsito y armando verdaderos conflictos.

La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, de inmediato aseguró que ese emplazamiento a los muchachos ya lo había formulado su extinto marido hace muchos años; y es cierto, pero con un propósito distinto.

Es de entenderse que el papa Francisco no promueve esos líos ni esas tomas, sino la salida del catolicismo a las calles para que no se quede encerrado ni en los templos medievales ni en los modernos.

Y eso es un avance para el catolicismo, quien no aceptó en el siglo XVI las tesis de Lutero y de Calvino para salir a las calles a evangelizar, abandonando todo clericalismo.

Ante miembros de pueblos originales que viven en el Amazonia externó tesis tradicionales de cómo y por qué cuidar el medio ambiente, y presentó su simpatía a las tribus que combaten a los hacendados y granjeros que, so pretexto de la civilización, invaden ilegalmente las tierras de los nativos.

Con una tardanza de cinco siglos, un papa —para este caso Francisco— hizo defensa de la laicidad del Estado en los siguientes términos: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad”.

Y es que el factor religioso debe lograr el respeto social sirviendo a la sociedad y a cada ser humano.

Otro tema de vital importancia que tocó este papa fue el de la política; y lo hizo con claridad, pero también con tardanza.

A la clase dirigente del mundo le recordó que su más significativa obligación era “erradicar la pobreza”, deber que no ha cumplido.

Agregó: “Se ha perdido la confianza en la política por el egoísmo y la corrupción de los gobernantes, y hasta la fe en Dios por la incoherencia de la Iglesia. El futuro nos exige una visión humanista de la economía, y una política que logre la participación de las personas. Que a nadie le falte lo necesario… Tengamos sentido ético y cultura del encuentro… actitudes abiertas y disponibles, sin perjuicios. Si no hay esto, todos perdemos”.

He aquí a un papa que retorna a la sencillez perdida, hablando a un océano de gente que cubrió las hermosas arenas de Copacabana.