La guerra de porras comienza a calentar el ambiente del Deportivo del Sindicato Nacional de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo. Uno a uno, al menos mil 500 sindicalizados ingresan al local que pronto se convertirá en una hornaza.
“¡Muñeco, muñeco!”, gritan los del graderío de la izquierda. “¡Faraón, faraón, faraón!”, responden desde la derecha. Son las porras de las estrellas de la tarde de casi cuatro horas de box que serán transmitidas por televisión, uno de los patrocinadores junto con una empresa cervecera.
La cancha ha sido acondicionada con un ring donde los pugilistas se medirán en destreza. A los costados se han colocado sillas en las que poco a poco se van sentando cientos de trabajadores del Metro, algunos con el uniforme, la mayoría con gesto serio, apenas emocionados con la pelea.
Según denuncian los mismos trabajadores, algunos son obligados a asistir.
“La verdad es que no me gustan las peleas de hombres. Me gusta más cuando son boxeadoras. Ellas sí se dan en serio”, comenta una mujer que labora en las taquillas mientras jala del brazo a su hija de cabello rubio y rizado. Más tarde los porristas le darían la razón cuando con potentes gritos se dirigen a los peleadores: “¡Mejor váyanse a tomar un café!” o “¡mi abuelita pega más rudo!”.
A las 16:50 horas se ve llegar a Fernando Espino Arévalo, diputado local y dirigente del Sindicato del Metro, luciendo una impecable camisa blanca sin una arruga, la barba perfectamente recortada y pantalón de mezclilla. Entra por el pasillo que se ha formado con vallas de metal, el mismo pasillo por donde entran los boxeadores rumbo al cuadrilátero.
A él lo acompañan una decena de personas, entre ellas sus dos asistentes y uno de sus más fieles colaboradores, Jesús Péreznegrón, secretario de Recursos Financieros del gremio y ex secretario general del mismo. Uno de los personajes más cercanos a Espino y quien le ha permitido dejar por intervalos la dirigencia formal. A final de cuentas, son amigos.
Espino es ubicado en una fila preferencial, justo detrás de los jueces y separado con una valla de las filas de sillas dispuestas para los trabajadores sindicalizados. No obstante, saludó a algunos de ellos a su llegada. Otros tuvieron oportunidad de ingresar a la zona y saludarlo hasta con un abrazo, pero fueron escasos.
Todo el tiempo Espino se mantuvo pendiente de las peleas. Contestó un par de llamadas telefónicas y en diversas ocasiones atendía lo que le mostraba en un cuaderno y en una tableta electrónica una joven de vestido a rayas. Sólo bebió de botellas de agua que le acercaban y se quitaba los lentes por momentos, cuando le llamaba la atención alguna acción arriba en el ring.
Acaso, durante la tercera pelea de la tarde cuando una joven rubia de short entallado y blusa estrecha anunció el sexto round, Fernando Espino Arévalo se colocó sus anteojos, la miró e hizo un comentario a quien algunos trabajadores identificaron como “una de sus tantas secretarias”, quien sólo sonrió.
Pereznegrón fue quien al menos un par de ocasiones logró arrancarle una carcajada. El resto del tiempo se mantuvo atento a lo que sucedía con los peleadores.
En el lugar no se pueden tomar fotografías “porque es un evento privado”, dijo un miembro de la seguridad del lugar, sin uniforme.
Según algunos trabajadores, el negocio del boxeo va más allá de la transmisión por televisión y la venta de cerveza, refrescos, frituras o hot dog. Aseguran que se cruzan apuestas. En el Sistema de Transporte Colectivo no tienen información al respecto y los sindicatos son entes no obligados por la ley de transparencia para explicar sus movimientos financieros.
Al lugar asisten principalmente trabajadores del Metro y el espectáculo es gratuito, salvo el consumo. El vaso con dos cervezas de la compañía patrocinadora cuesta 35 pesos, mientras que los refrescos alcanzan los 20 pesos. Las bebidas combinadas con ron van desde los 30 a los 55 pesos.
La función se prolongó hasta después de las 20:00 horas. Los gritos se escuchaban incluso afuera del Deportivo donde quedaron esperando varias decenas de trabajadores que ya no alcanzaron boletos.
