Sara Rosalía

 Las reformas educativas son francamente peligrosas. Un pequeño cambio y las consecuencias no son siempre previsibles y eso sí, son de largo, larguísimo alcance. Por si fuera poco, tienen que contar con el apoyo de todos los comprometidos con el cambio, vale decir autoridades, maestros y estudiantes. Sin ese consenso no hay reforma educativa que valga.

Hace una década el afán modernizador decidió tirar al desván de la historia a la llamada lengua nacional y en su lugar, se colocó a la gramática estructural. Se pretendió, sin muchos resultados, que los maestros dejaran de saber de adverbios y sustantivos, y se habilitaran en entender de gramemas o lexemas. Los padres fueron dejados de lado, porque si les costaba trabajo auxiliar a sus hijos en las tareas escolares de la gramática tradicional, estaban en blanco, si se trataba de averiguar sobre una corriente que nunca les había sido enseñada. En este caso, el resultado imprevisible fue que, de repente, se acabó con la ortografía. Cuando, en la época de Jorge Carpizo, se habló de que la UNAM era una de las peores escuelas del mundo, me di a la tarea de preguntarl a la gente en qué sustentaba ese juicio y el último argumento era siempre el mismo. Es licenciado en tal o cual carrera y comete faltas de ortografía. La culpa no era de la UNAM, era del abandono de una materia: lengua nacional. De qué se sorprenden ahora de que los libros de texto gratuitos tengan errores ortográficos, eso viene sucediendo desde la penúltima reforma educativa. Y digo penúltima, porque en el sexenio de Zedillo (creo que fue lo único bueno de esa época) se regresó a la lengua nacional.

A mi entender, y acepto que no compartan mi opinión, creo que al término de la Independencia, el proyecto, incluida la educación, era impedir que el país se desintegrara, sentar las bases para formar una nación. Chiapas y Yucatán, por mencionar los casos más famosos, querían jalar por su lado y así lo hizo, por recordar otro caso, Guatemala. La utopía bolivariana, para entender de qué estamos hablando,  era unificar un territorio todavía más vasto.

El concepto de lengua nacional fue el recurso que se utilizó para unificar a la nación. Esa lengua no eran las lenguas indígenas, sino el español. El criterio de corrección, no era el de Veracruz (aspirar algunos sonidos), ni la entonación de Yucatán, ni el léxico de Nuevo León. Lo correcto lo fijaba el modelo castizo de la Academia de la Lengua, era nuestra cinta de medir. (Aunque usted no lo crea, los actores, en el teatro, pronunciaban la c y la z).

En el sexenio de Carlos Salinas, y qué bueno, se aceptó en la Constitución que México era un país plurilingüe y pluricultural. Antropólogos avalaron, con sobrada razón, esta variedad cultural que nos acercaba más a la realidad y abría la puerta al rescate de lenguas y literaturas indígenas. Ya no la unidad, sino la diversidad fue considerada una riqueza.

La nueva reforma educativa que ya está en marcha desde hace rato es todavía más riesgosa. Se trata de que la educación de primarias, secundarias y preparatorias, se sustente en la “enseñanza de competencias” que consiste, oiga usted bien, en que niños y jóvenes aprendan a “hacer” sin necesidad de conceptos. Parece imposible, pero en las academias de inglés lo practican desde siempre: usted aprende a hablar, sin que se le moleste con la difícil gramática.

La reforma educativa aprobada en las Cámaras es la reforma laboral aplicada a los maestros. Léala y verá que no se refiere a ningún contenido de la enseñanza. La verdadera reforma educativa va por otro lado. Se suprimen las historias de la literatura (mexicana y universal), por análisis de textos (cinco o seis textos: uno de poesía, otro de narrativa, uno de periodismo, uno más de ciencia, otro de teatro); se excluye la Filosofía, la Lógica y la Ética, porque manejan conceptos y se incluye Formación ciudadana, Derechos humanos, Ecología o algo así, se disminuyen las horas dedicadas al estudio de la historia (mexicana y universal),  (35 minutos a las culturas prehispánicas). En México, no se ha intentado suprimir la Geografía, pero en Estados Unidos ha desaparecido en ciertas escuelas. Que los estudiantes aprendan por competencias y no por conceptos es lo moderno. El resultado, no tan imprevisible, es que pronto tengamos robots y no niños y jóvenes escuchando en las aulas.