Alejandro Álvarez Béjar

Para los jóvenes que en este año iniciaron su compromiso político, les cuento que la revista Punto Crítico fue una iniciativa política planteada desde Lecumberri por varios ex dirigentes del Movimiento Estudiantil Popular de 1968, entre otros Gilberto Guevara Niebla por la Facultad de Ciencias, Saúl Álvarez Mosqueda de la Facultad de Ciencias Políticas, Eduardo Valle por la entonces Escuela Nacional de Economía, Salvador Martínez Della Roca (el Pino) por la Facultad de Ciencias, Fausto Burgueño que fue dirigente del movimiento estudiantil sinaloense y que llegó a la Escuela Nacional de Economía y al Instituto de Investigaciones Económicas, Raúl Álvarez Garin que fue dirigente de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Poli, Félix Hernández Gamundi, dirigente en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica Eléctrica, David Vega representante en la Escuela Superior de Ingeniería Textil, con Roberto Escudero que había sido delegado al Consejo Nacional de Huelga por la Facultad de Filosofía y Letras, y otros mas, entre quienes nos contamos como promotores iniciales del proyecto Rolando Cordera, Manuel Peimbert, Adolfo Sánchez Rebolledo “Fito”, Carlos “el Tuti” Pereyra y Santiago Ramírez (los dos ultimos fallecidos hace muchos años), Jaime Ortiz, fallecido hace poco menos de un mes  y las hermanas Carmen y Magdalena Galindo y yo mismo, que aquí seguimos dando lata.

Como diría Monsivais, entramos en un proyecto político común, porque compartíamos sobre todo las frustraciones generacionales evidentes: la censura, la represión al pensamiento independiente, la critica a las derramas de dinero para comprar voluntades y comprometer las inteligencias en el silencio frente a la impunidad de los poderosos. Y por eso, digo yo, asumimos a plenitud el proyecto del periodismo revolucionario, profundamente convencidos de que como universitarios, éramos parte de un patrimonio moral auténticamente colectivo. Como antídoto frente a nuestras frustraciones políticas, practicamos el humor como dulce venganza social, despedazando con nuestros comentarios agudos, la patanería, la prepotencia y la ignorancia de los que ejercen como dueños del país.

El proyecto de Punto Critico duró poco más de 16 años, en los cuales publicamos 157 números de la revista que por cierto, fue mensual, bimensual, quincenal y al final, (cuando los fondos escaseaban hasta secarse), hasta fue eventual. Fue una publicación que mantenía militancia directa en algunos movimientos sociales (en los frentes de lucha universitaria, en las colonias populares de algunas ciudades pequeñas y grandes, en los sindicatos industriales, en los sindicatos educativos y un poco menos, entre las organizaciones campesinas) y que por eso mismo, alimentó una enorme variedad de instrumentos políticos adicionales: servimos para apoyar revistas teóricas, publicar folletos sobre temas específicos (sobre la coyuntura sindical, sobre la represión, sobre la reforma política, etc.), para redactar miles de volantes, pudimos organizar libros, sistematizar en folletos las experiencias de lucha más significativas, editar carteles y hasta organizar fiestas para cubrir genuinas necesidades financieras, etc.

Por supuesto, ni qué decir que entre esos quehaceres hicimos acto de presencia en las una y mil manifestaciones, mítines, plantones, huelgas y seminarios de análisis de la coyuntura nacional, conferencias, congresos, coloquios, cursos de formación de cuadros, acompañando luchas sectoriales, protestas ciudadanas, convergencias sindicales y denuncias sobre represiones.

Carmen y Malena Galindo, con intensa vocación  y disciplina periodística, asumieron desde el inicio el trabajo de redacción como una militancia compleja, novedosa y profundamente creativa, pues estábamos ante el desafío de interpretar una realidad que de repente se nos mostraba incomprensible, ante la tarea de construir referentes políticos para los movimientos sociales y los militantes de una izquierda que habíamos crecido en actividades practicas muy riesgosas (al grado de parar en la cárcel o balaceados, sólo por andar haciendo pintas callejeras, pero con un pensamiento propio muy precario en cuanto a sistematizaciones sobre la realidad nacional); teníamos entonces necesidad de dejar atrás los dogmatismos, los clichés facilotes y el sectarismo de la izquierda del movimiento comunista internacional, marcado por las divisiones de un campo socialista que estaba escindido, a veces en nombre de la prevalencia de las estrategias de sus personajes más relevantes: Lenin, Trostky, Stalin, Mao, el Che, Camilo, etc. Pero a veces, en nombre del bloque socialista del que cada grupo, grande o pequeño, se proclamaba heredero.

Pero destacadamente, teníamos el reto de remontar primero una suerte de anti-intelectualismo predominante, que ciertamente enfocaba sus baterías contra los intelectuales esnobs y frívolos, sin compromiso, que habían caído rendidos ante la adulación o el simple llamado del poder, pero lo malo era que ese antiintelectualismo acabó despreciando hasta la conversación libre e interpersonal pero sin muchas intenciones de trascender, como despreciable tarea de los “críticos de café”, probablemente como herencia del guerrillerismo en boga por aquel entonces, que urgía a la praxis revolucionaria de la crítica de las armas, frente a la que se antojaba parsimonia,  gradualismo o hasta connivencia de los partidos comunistas con el poder burgués. Curiosamente, nosotros nos empeñamos en hacer una revista política con opiniones no individuales sino colectivas, discutidas una y mil veces hasta que todos estábamos de acuerdo. No se trataba de atraer con grandes firmas, sino con ideas muy elaboradas en colectivo. Se trató de una publicación que no se concentraba sólo en las cuestiones internacionales ni se alineaba con ninguno de los bloques del socialismo real. Fue una publicación que tenía como norma básica entender la realidad nacional y contribuir a la construcción de una política de clase. En eso, por supuesto que contamos con participaciones igualmente sostenidas y creativas de intelectuales como Juan Felipe Leal y Cristina Laurell, Adriana López Monjardin, Nuria Fernández, Rubén Ricardez, Daniel Molina, Carolina Verduzco y muchos compañeros más que ahora recuerdo pero el espacio no me da para mencionar.

De modo que entre todos los que integramos el proyecto, se trató de que Punto Crítico fuera, además de un espacio de debates intensos y criticas implacables sobre los problemas de la realidad, una importante herramienta analítica, que en ocasiones no muy modesta pero realistamente, se planteaba, como diría alguien muy famoso, “conocer la realidad para transformarla”. Y en ese camino, una de las lecciones más importantes era siempre sistematizar las experiencias y formar cuadros para la lucha periodística revolucionaria.

No puedo dejar de mencionar respecto al proyecto periodístico de Punto Critico, dos episodios de rupturas internas, que marcaron fuertemente nuestro quehacer político de aquellos años: el primero, ocurrido en 1976, fue la contradicción, ruptura y salida de un amplio grupo de militantes experimentados, (que posteriormente formaron el Movimiento de Acción Popular-MAP) porque no admitieron la necesidad que planteamos de deslindarse públicamente de dos compañeros que se habían incorporado al gobierno de José López Portillo en puestos de responsabilidad política, decisión que además de haberse hecho unilateralmente y sin consulta, implicaba echar por tierra la imagen de independencia política y financiera que había ganado nuestra revista y nuestra militancia en años muy duros y llenos de tensiones con el poder. Las implicaciones político-organizativas más fuertes de esa salida se concretaban en tres frentes de trabajo: en el de la revista como publicación, en el de la actividad sindical dentro de la UNAM y en la participación y alianzas en otros frentes de masas. Carmen y Malena Galindo permanecieron con el proyecto de Punto Critico y fueron un importante pilar para darle continuidad a la publicación de la revista, que continúo por muchos años más, pese a los pronósticos de que como los intelectuales habían abandonado la revista, seria cosa de meses, su hundimiento como publicación. En el “salvataje” de ese proyecto, Malena fungió en los hechos, sin ninguna formalización pedida ni ofrecida y sólo como reconocimiento a su experiencia, como directora de la revista. Y su labor coordinando esfuerzos y proyectando ideas propias y ajenas, fue muy importante, siempre apoyada por Carmen.

Pero entre 1977 y 1983, a raíz de que habíamos decidido afinar el proyecto de la revista para combinar la maduración política junto con un desarrollo organizativo de Punto Critico, pensando en la construcción de una organización partidaria revolucionaria a nivel nacional (la Coordinadora Revolucionaria Nacional), proyecto que intentamos junto con otras organizaciones afines que estaban dispersas en varios rincones del territorio nacional (significativamente en Chihuahua, Jalisco, Guerrero, Oaxaca, Puebla, el Distrito Federal y aleatoriamente en otros rumbos del país), las discrepancias en el frente universitario del Estado de Guerrero sobre la conducción del núcleo de Punto Critico, reclamos de democracia interna y la política de alianzas dentro y fuera de la Universidad, nos llevó a una segunda ruptura.

Esta vez, en el grupo de compañeros, que a su salida se autodenominó Convergencia Comunista 7 de Enero, en 1983 se separaron de Punto Critico Carmen y Malena Galindo, Salvador Martínez Della Rocca, Edur Velasco Arregui, Imanol Ordorika, Carlos Imaz y varios compañeros más. Pero afortunadamente, la separación orgánica y la continuidad compartiendo ideas estratégicas, evitó que se viciara más la relación y permitió que se mantuviera la amistad, la comunicación y el contacto político pasada la tormenta de la ruptura. Fue digamos, un divorcio necesario, aunque no suficiente. De modo que en breve recuento, puedo decir que hemos compartido acuerdos y desacuerdos, responsabilidades conjuntas y separadas, afectos y desencuentros políticos. Pero algo de dificultades debe haber quedado en la relación de trabajo político, porque en 1989 cuando con una parte del grupo que había estado en Punto Critico, nos dimos a la tarea de publicar el semanario Corre la voz, que se mantuvo hasta 2002 (esto es casi 13 años), ya no volvimos a trabajar juntos y sistemáticamente en ese proyecto. Nos quedamos sólo con la dimensión universitaria de la relación política, con los comentarios ocasionales sobre coyunturas muy delicadas y con la amistad personal que estaba más allá de las discrepancias o coincidencias.

Formamos pues, parte de un conjunto de personajes con preocupaciones e intereses de lo más diverso, crecimos juntos política y personalmente, aprendimos a escucharnos y a razonar colectivamente para darle mayor sentido y trascendencia política a la acción colectiva.