Magdalena Galindo
Entre las muchas características del movimiento estudiantil-popular de 1968, que determinaron que esa movilización constituyera un parteaguas en la historia de México, su profundo compromiso democrático es de las más importantes. Ese compromiso se muestra desde luego en el pliego petitorio, en el que no se registra ni una sola demanda relacionada con el sector estudiantil, sino todas son de carácter político. En primer lugar, lo que fue el motor de la lucha: la libertad de los presos políticos; pero no sólo eso, pues los otros cinco puntos del pliego petitorio se dirigían contra el aparato represivo del Estado profundamente autoritario.
Ese compromiso democrático también estaba en la base de la exigencia de diálogo público, que buscaba igualmente no sólo impedir los acuerdos en lo “oscurito” , sino también mostrar ante la sociedad mexicana, la ruptura con una larga tradición de líderes corruptos, dispuestos a vender los movimientos populares a cambio de ventajas personales. Naturalmente, esa vocación democrática tenía que reflejarse en las formas organizativas del propio movimiento: en las brigadas para la propaganda, para el boteo, para los mítines relàmpago y las múltiples tareas de la talacha política; en las asambleas generales para mandatar las posiciones, en los comités de lucha de cada escuela. Y, por supuesto, en el Consejo Nacional de Huelga, la máxima dirección colectiva del movimiento, que agrupaba a los representantes, elegidos democráticamente, de cada escuela.
Porque las formas de organización correspondían a esa orientación democrática, no puede hablarse de alguien en particular como el principal dirigente del movimiento. Sin embargo, tengo para mí que Raúl Álvarez Garín fue precisamente eso: el principal dirigente del movimiento estudiantil popular de 1968. Por supuesto, no estoy hablando de un nombramiento formal que nunca lo hubo ni podía haberlo, sino de lo que se llama una autoridad moral. Y es que, incluso con esa voluntad democrática que animaba a todos los participantes y los dirigentes del movimiento, en la militancia cotidiana algunos compañeros van ganando un prestigio particular, sea por su capacidad de análisis de la situación, sea por la coherencia en sus posiciones, sea por la imaginación de sus propuestas, sea por una irreductible voluntad de lucha. Ése es el caso de Álvarez Garín. En dos hechos puede verse el papel primordial de Raúl. Uno, en que durante los dos años y medio que los muchachos permanecieron en Lecumberri, los presos políticos lo eligieron como su representante ante las autoridades carcelarias. Otro, que al cumplirse los primeros diez años de la masacre de Tlatelolco, fue Raúl el orador principal ,porque para todos él seguía siendo quien mejor representaba al movimiento.
Estoy segura, sin embargo, que estas consideraciones no le agradan a Raúl, porque en lo personal detesta el afán protagónico y su modestia, no exenta de timidez, (aspecto sorprendente en un líder), determina que siempre procure, aunque no lo consiga, colocarse en un segundo plano. .Ahora que hace unas semanas, para ser precisos el 9 de agosto, día de su cumpleaños, le organizaron un homenaje, desde que me enteré le comenté a mi hermana que seguramente Raúl no asistiría, como en efecto sucedió por razones de salud, según se dijo. Sin embargo, creo que si no fuera esa razón, hubiera buscado cualquier pretexto para no estar presente.
Si la modestia y el huir del protagonismo son rasgos de su carácter, no son los más relevantes. En realidad, si tuviera que resumir las cualidades de Raúl que me parecen más importantes y que le han ganado el respeto de compañeros y enemigos, diría que son dos: la valentía y la coherencia.
Ví por primera vez, de lejos, a Raúl, cuando los muchachos entonces regresaron de Chile, a donde los habían enviado, después de excarcelarlos. (Término éste que tuvo que inventarse para describir su salida de la cárcel, porque nunca hubo ni amnistía ni desistimiento, ni ninguna forma jurídica para dar por terminados los procesos, sino sólo la acción extra judicial de permitirles la salida de la cárcel y enviarlos a Chile, entonces gobernado por el Presidente Salvador Allende. En esa ocasión, hubo una recepción multitudinaria en el Aeropuerto y los dirigentes, sobre el techo de un autobús, además de mostrar con los dedos la V de la victoria que distinguía al movimiento, gritaron algunas consignas que fueron coreadas desde abajo por los miles de estudiantes que al ir a recibirlos expresaban su solidaridad y su voluntad de lucha en aquellos años difíciles.
Conocí a Raúl poco tiempo después, cuando por intermedio de su primo, uno de mis amigos más cercanos y queridos, Alejandro Álvarez, nos invitaron a Rolando Cordera y a mí a tomar un café para plantearnos el proyecto de fundar la revista Punto Crítico, que agrupaba a varios de los ex presos estudiantiles y a un conjunto heterogéneo de intelectuales y militantes. En ese entonces, el Director de la revista, que comenzó a publicarse en los primeros meses de 1972, era Adolfo Sánchez Rebolledo, periodista de gran inteligencia que ciertamente le venía de casta como hijo del filósofo marxista Adolfo Sánchez Vázquez, pero que brillaba con luz propia en sus análisis de la realidad política mexicana. De Fito, como le decíamos cariñosamente, aprendí como quien dice el oficio, pues hasta entonces sólo había publicado artículos en el papel de colaboradora del periódico El Día, escritos en la tranquilidad de mi biblioteca y con la información a mano. Fito, en cambio, con la experiencia del diarista nos pedía notas que había que redactar ahí, sin más ayuda que la memoria y con la premura y la brevedad del reportero.
Desde el principio, para Raúl y los demás compañeros que encabezaban el proyecto, la revista no se planteaba sólo como una publicación, sino, en la vieja escuela de Lenin y su Ishkra, (Chispa en ruso), como un método de organización política y de propaganda ideológica con miras a la transformación de México. Para otro grupo de compañeros, sin embargo, según sus argumentos cuando abandonaron el proyecto, sólo se trataba de una revista y en consecuencia su participación en ella no era contradictoria con su colaboración en el gobierno a raíz del nombramiento de Carlos Tello como Secretario de Programación y Presupuesto por el Presidente López Portillo en los primeros días de su administración. Entre estos compañeros se contaban precisamente Rolando Cordera y Adolfo Sánchez Rebolledo, el Director de la revista, a los que se sumaron otros 47. Fue entonces cuando me eligieron para ocupar el lugar de Fito, aunque, como una medida para mi protección, en aquellos años de fuerte represión, tal nombramiento nunca apareció públicamente. Y hay que decir que en Punto Crítico, por privilegiar el trabajo colectivo y también para evitar los protagonismos tan comunes entre intelectuales y periodistas, todas las notas eran anónimas y tampoco aparecía directorio, sólo una firma, a la manera de los manifiestos que aparecen en la prensa: responsable de la publicación Raúl Álvarez Garín. Una muestra más, pues, de la valentía de Raúl que así asumía la responsabilidad de todas las denuncias y los juicios expresados en la revista. Aunque seis años más tarde surgirían diferencias en cuanto a la organización interna que provocaron mi renuncia, la verdad es que la amistad con los Álvarez, Raúl y Alejandro, no sufrió la misma ruptura y al paso de los años nos tratamos con esa confianza y ese cariño que sólo pueden alcanzarse en la camaradería de la lucha social y política.
De la coherencia de Raúl, del respaldo de las palabras por las acciones no es necesario hablar, porque más de cincuenta años en los que no ha cejado de luchar por las clases populares, contra el autoritarismo y por la democracia en nuestro país lo prueban sin necesidad de argumentos. Lo que todavía no he dicho y es sin duda uno de los rasgos más notables de su carácter es, yo no diría su humor, sino su alegría, su sonrisa permanente. A pesar del sufrimiento que implica la persecución y la cárcel y la misma lucha social, nada más alejado de Raúl que el militante amargado que reclama a la vida las condiciones extremas del capitalismo. Creo que Lenin decía que para ser un revolucionario había que ser optimista, ya que se necesita una gran dosis de optimismo para confiar en que es posible cambiar el mundo. Raúl Álvarez Garín es, sin duda, un optimista de corazón.
