Alejandro Alvarado
A Celia Gómez Ramos le place viajar por el cuerpo. Todos los caminos de su profesión la han llevado a escribir sobre erotismo porque considera el tema como algo propio, algo que la habita. Hasta trabajar este tema la hace sentir mejor ciudadana, una mujer más equilibrada, más en paz consigo misma. La autora considera que leer literatura erótica ayuda a la gente a descubrirse y a ser más feliz. Su novela Sin Dios y sin Diablo (Plaza & Janés, 2013) desarrolla la sensualidad y la sexualidad desde una perspectiva femenina, dado que las mujeres, piensa ella, quieren dar su voz desde el punto de vista del erotismo.
—Nos interesa manifestar cómo lo vemos, qué es para nosotros la sugestión, qué nos seduce de la palabra, qué nos gusta. Porque nos enfrentamos a la literatura erótica escrita normalmente por varones, que describe cómo siente una mujer, cuando son ellos los que, realmente, sienten o creen sentir. Nosotras queremos también dar nuestro punto de vista del qué y el cómo sentimos las mujeres; precisamente, pienso que por eso vamos avanzando en la literatura erótica. Queremos plasmar lo que deseamos y queremos. Deseamos que nuestra pareja nos lo dé.
—Como mujer y como escritora, ¿considera que ha sido arriesgado para usted, de algún modo, verse inmersa en la literatura erótica?
—En un principio algunas personas me plantearon que escribiera con seudónimo. Lo pensé mucho, pero si es tan difícil ser uno para qué tratar de ser dos, mejor preferí arriesgarme y dar la cara. Puedo estar equivocada, en algún momento dado, o la gente puede estar en contra de lo que yo sienta o diga, de lo que yo transmita, pero prefiero siempre asumir las consecuencias de mis ideas, de lo que escriba, a adoptar un seudónimo. Siempre lo preferiré.
—En su novela hay dos planos diferentes de la mujer: una de ellas nace en la última década del siglo XIX y la otra a finales del siglo pasado, ¿cuál es la diferencia o qué podríamos destacar entre una y otra?
—Podrán pasar siglos o milenios, pero nuestras motivaciones van a seguir siendo las mismas, únicamente vamos a externarlas de manera diferente o a mantenerlas secretas. En cuanto a la vivencia, creo que hemos cambiado muchísimo; Carlota está ubicada en el principio de siglo XX, en una población rural donde había un gran atraso. Con escasa educación, con ínfima cultura, y pocas posibilidades de obtener información de otros lugares. La información que ella recibía era de la naturaleza. A Carlota nadie le explica, cuando es niña, por ejemplo, que va a menstruar. Cuando se da cuenta de ello piensa que es algo divino y que se debe a que ella se vio en el espejo. Piensa que como se ve tanto en el espejo, por ser vanidosa, le ocurrió algo así. Se plantea después que la propia naturaleza puede aportarle cosas; por la naturaleza sabe que los animales copulan. Es información empírica que nosotros hemos perdido al ser citadinos. En la actualidad, somos como más carnales, pero estamos menos acostumbrados a la naturaleza. Carlota estaba acostumbrada a la naturaleza. Su situación fue difícil: vivía rodeada de varones y lo que importaba era la voz del hombre; sin embargo, ella se enamoró de un militar a partir de la palabra, con unas cartitas que se intercambiaban. Ambos eran muy jóvenes. Carlota, en ese tiempo, tenía diecisiete años; el capitán es mayor que ella y deja de verla pronto porque muere cuando participa en la Guerra Cristera. Desde entonces la vida de Carlota fue desear, anhelar, manifestar emociones, querer instruirse. Con su labor escritural fue ella erotizándose y viviendo a partir de la mente y luego del cuerpo. En el caso de Camila, encuentra a los catorce años de edad el diario de su tía, cuando Carlota ya tiene ochenta años. El diario le reformula o le define la vida. Una vida que tal vez ella no había pensado nunca; se dice: si mi tía no pudo disfrutar con un hombre pues yo sí y seré una hija del carambas. Poco a poco se organizó su vida y montó un negocio de entretenimiento sexual, hasta que le llegó su príncipe azul, aquel hombre que era tal como ella, del que debió haber corrido desde el principio, pero del que ella no quiso alejarse.
—¿Fue importante para usted describir la forma en que ahora viven las mujeres la sexualidad y el erotismo?
—No es exclusivo del varón el disfrute. A lo largo de la historia de la humanidad podemos encontrar miles de casos documentados de mujeres que disfrutaban también muchísimo su sexualidad. La literatura da también cuenta de ello. A las mujeres nos gusta también que nos conozcan como seres humanos vitales, no nada más como esa parte de racionalidad, de conservadurismo, de que somos nosotras las que organizamos la familia. Estos roles que se han dado siempre los vamos cambiando, tanto hombres como mujeres, y creo que hoy somos más pares, más de diálogo, más de disfrute. Nosotras queremos decirles a los hombres que disfrutamos mucho el sexo; y platicamos entre amigas, por supuesto, de sexualidad y de lo que nos gusta de un hombre. Muchas veces no nada más es la cuestión mental o la sonrisa bonita, también platicamos de que nos gustan otras cosas… que nos gusta el sexo con ellos. No hablamos, por cierto, nada más de una pareja permanente. Antes, la gente vivía poquitos años y podía conservar a su pareja para toda la vida; en esta época si vives ochenta ¡y con la misma pareja!, te aburres.
—Las mujeres han vivido la mayor parte de su historia reprimidas sexualmente, con muchas limitaciones sexuales, al menos en teoría. ¿Cómo ha sido la evolución de la sexualidad de las mujeres?
—Pienso que así como la mujer tenía el control en la casa y el hombre afuera, ahora las mujeres no deseamos ya mantener ese control, obviamente, ni guardar nuestra sexualidad al interior, queremos decirla, buscamos sentir y que nos sientan, anhelamos sexo, nos gusta acariciar y que nos disfruten. Disfrutar del acto sexual nosotras también.
—¿Cree que en la actualidad comienza a proliferar de nuevo una sociedad conservadora que de alguna manera pueda coartar la libertad sexual que las mujeres han adquirido y que a ella tanto escandaliza?
—He percibido que parece que llegamos a una época de muchas libertades y de repente vamos regresando. Eso es algo que aterroriza. Las decisiones que deberían tomarse en el nivel familiar, que son personales, las quiere tomar el Estado. Cuando las que debería de tomar son otras. Esa mentalidad sí preocupa, pero yo creo que en los avances que hemos tenido no hay paso atrás. Aunque no estemos organizadas, todas las mujeres del mundo, en general, pensamos ya de manera diferente y no queremos regresar sino, lo que te decía hace un momento, ser más pares. Me doy cuenta que cuando se celebra el Día de la mujer se organizan simposios y congresos en los que sólo participamos mujeres. Deberían participar también los hombres y opinar de la liberación femenina, para que sean ellos mismos parte de nuestra evolución y no permitan que se dé una regresión en cuanto a nuestros avances.
—Durante mucho tiempo fue muy permisible con los hombres la libertad sexual y se justificaba hasta la infidelidad, ¿actualmente, considera que esa permisividad se convierta en una forma de vida generalizada?
—Las mujeres tenemos también deseo sexual. Una gran diferencia con las de antes y las actuales es que las primeras carecían de muchos elementos que se pueden utilizar ahora, como las pastillas anticonceptivas. Las mujeres cuentan ahora con diferentes herramientas para no embarazarse. Decía mi madre que el sexo en su época no era para disfrutar sino para procrear. Y eso ha cambiado mucho. Eso es algo que ahora debemos de agradecer y respetarle a los hombres, que estamos iguales, que si ellos desean las mujeres, en ocasiones también ardemos de deseo.
