Ricardo Muñoz Munguía

El ejercicio de la poesía obliga a hurgar en los recovecos de su hacedor, lo empuja desde esa intimidad a exponer lo mirado, y lo que no se sabía que había mirado. Digamos que se trata del consciente y el subconsciente: cuentan los pétalos de sus rosas. Es trasegar. Por ello el título que Alejandro Sandoval Ávila (Aguascalientes, México, 1957) le da a su poemario: Trasiego. Tarea que, desde la introducción, Sandoval Ávila enmarca que se trata de que al cumplir cincuenta años el mundo de sus versos se le vino encima: “Tal vez sí: es una necedad, alguien me lo dijo. Pero se transfiguró en una necesidad”. Necesidad que tuvo como eje primordial la reflexión: “El día que amanecí con cincuenta años fue diferente por la agitación que embargó a la familia, a las hijas en especial. Comencé a escribir algún verso sobre las emociones en mi entorno y el repaso de mi vida que tales emociones me forzaron a hacer. Y quedó en eso: algún verso suelto que aguarda la frialdad necesaria para evocar el sentimiento y comenzar a escribir el poema o los poemas”. Es así que ahora tenemos este tipo de recuento personal de su trabajo más significativo para el poeta.
Poeta, novelista, ensayista y también autor de literatura para niños (género en el que ha tenido enorme atención y que se ha reflejado también con premios y traducción), Alejandro Sandoval ha sido presidente de la Asociación de Escritores de México y miembro del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México.
La división de Trasiego se da en catorce partes, en las que la mirada hacia el paisaje envuelto de mar, de aves, de sueños, del asombro, de la fe, de la familia, de los amigos, de lo penetrante que deja la casa de cada hombre —o de cada mujer— y que sella la voluntad por no abandonar jamás aquella raíz. Y, como es el caso de Alejandro Sandoval, la celebración de los cincuenta años de edad hacen una necedad/necesidad. “Ya no está la oscuridad ingenua/ con la que aguardaba el alba/ y las letras que trazo en vano buscan trasmutarse en emoción./ El viento encuentra muros y metales/ en donde dejé eucaliptos y geranios./ Los murmullos que recuerdo/ en esta ciudad ahora son ruidos ineludibles.// Pero el incendio de los cielos es el mismo”.
Alejandro Sandoval Ávila es un escritor que apunta a las emociones. El lector si se enfoca con detenimiento en los versos, podrá extender su mirada al paisaje, a la experiencia vivida, a los instantes de luz, al eco del agua, al hombre de esperanza, a las hijas que mueven la plena atención del padre que las nombra a través varias escenas de diferentes destellos que provoca la vida, al padre que de actitud convierte en padre al hijo, al erotismo que resuena en la habitación del que desea o recuerda o vive…, al hombre que mira: “Un hombre que mira hacia el fondo de la tarde/ es un suicida que se despeña/ desde lo alto del sol a la vertiente de la oscuridad./ Un hombre que mira el atardecer/ y se precipita hasta la noche/ ya agotó su fuga por la vida./ El que mira es alguien cuyo sosiego/ poco tiene qué ver con la luna llena”.
Sin duda, Trasiego es un volumen que se alumbra en las emociones, en la reflexión, en el recuerdo. Crónica de la meditación y el reencuentro con lo dicho por la vida, la identidad de la mirada.

Alejandro Sandoval Ávila, Trasiego. Solar, Ediciones del Ermitaño (minimalia) / El juglar, México, 2013; 144 pp.