César Arístides
Nadie duda de la gran capacidad de Francisco de Quevedo para elaborar poemas de tonos, tintes, motivos y atmósferas distintos. Resuelto en la alucinación, contemplativo frente al motivo religioso, lépero gracioso ante los encantos de la mujer, intenso en la heladura ardiente del amor…
Quevedo domina y se esconde, arremete filoso y no deja nada en pie, la burla que prodigó a la sociedad de su tiempo, a cornudos y mujeres festivas, a damas feas y hombres olvidados por Fortuna, tiene páginas malévolas y por suerte gozosas, irónicas, divertidas.
En su soneto “Desengaño de las mujeres” su crueldad graciosa presume sus filos más audaces, exalta la entrega sexual y condena la mojigatería, golpea por igual a hombres y mujeres y entre tanto palmetazo rimado acepta burlón, incluso, los manazos que él se prodiga.
Gandul y majadero, diserta sobre el gusto por mujeres sensuales, lascivas, arrebatadas por los fuegos de la lujuria, mujeres voluptuosas y encendidas; y más, define a quien elige tales preferencias: “Puto es el hombre que de putas fía,/ y puto el que sus gustos apetece;/ puto es el estipendio que se ofrece/ en pago de su puta compañía”. Así pues, tan putos uno como la otra, pues quien gusta de mujeres bondadosas a cambio de monedas es un puto sin tapujos, un putísimo tras los perfumes de lascivas y rameras misteriosas.
Pero ser puto en este caso no es un crimen capital, al contrario, el regocijo puteril es una forma de dicha, de encuentro con placeres y solaz del alma y el cuerpo. Así, el poeta de manera velada nos dice que deben celebrarse los encuentros y abandonarse al deleite de la entrega sexual: “Puto es el gusto, y puta la alegría/ que el rato putaril nos encarece;/ y yo diré que es puto a quien parece/ que no sois puta vos, señora mía”.
Este puto sublime, don Francisco de Quevedo, destroza con gracia el elogio a la mujer y se integra a la fila de quienes alzan su copa por la dama que colma con néctares de ensueño —a veces muy costosos— la sed de los mortales. Asume su putería, pero también la rara lealtad a la elegida, al deseo convocado: “Mas llámenme a mí puto enamorado,/ si al cabo para puta no os dejare;/ y como puto muera yo quemado/ …/ si de otras tales putas me pagare,/ porque las putas graves son costosas,/ y las putillas viles, afrentosas”.
Sin duda, el soneto es también un lépero juego de palabras y acepciones, donde el término puto y sus derivados rebasa el sentido —ahora— convencional para darle mayores posibilidades lúdicas al lenguaje y así entender al puto como el lujurioso, el libertino leal a los excesos y al “rato putaril” como los momentos de gozo, complicidad entre mujeres y hombres, complicidad de vocablos para confirmar el talento, la socarronería y la simpática esencia del poeta español.
