Javier Cuétara Priede
Primero que nada, le agradezco a Margarita Peña que me haya honrado al invitarme a presentar su novela Éxtasis y reencuentros. Y le agradezco por varias razones: la primera es porque me honra presentarla, la segunda es porque me permitió tomar un respiro de mis múltiples lecturas “lingüísticas” para deleitarme con una novela mexicana contemporánea. Además, la felicito el día de hoy por su cumpleaños, que ella siempre festeja a lo grande. Y qué ocasión más grande que ver salir este libro a la luz.
Margarita Peña me pidió que presentara su libro. Pues se lo muestro físicamente al público (chiste local para los asistentes a la presentación del libro). Y para quienes leen estas líneas le pido a los editores que pongan una fotografía de la portada; así el público podrá reconocerlo fácil y rápidamente.
En cuanto a Margarita, la conozco desde que fue mi profesora en la Carrera de Letras Hispánicas de la UNAM hace ya más de tres décadas (años que han pasado como agua). Como alumno, siempre veía a Margarita Peña como una profesora alegre, culta, erudita, rigurosa académicamente y dicharachera, como la pintora Anarda, el personaje principal de su novela. Y el día de hoy, en realidad, no la veo muy diferente…
Y sí, muchos rasgos en la personalidad de Margarita, siempre los más positivos, los más intelectuales y los más cosmopolitas, me recuerdan a Anarda (lo cual no significa que el personaje sea un reflejo de la autora).
Pero vayamos al texto. En Éxtasis y reencuentros, Margarita Peña reanaliza y actualiza su pasión por la antigüedad. La novela está hecha (en el más estricto sentido de la palabra) de evocaciones, de recuerdos, del entretejido de las remembranzas e interacciones de sus personajes. El libro transporta las atmósferas de la novela pastoril al caluroso, boscoso y tropical México de finales del siglo XX y principios del XXI, con personajes ensoñadores; amores escondidos o que se esconden para hacer travesuras (como Anarda). Y parajes un tanto idealizados: senderos y rutas bucólicas en bosques y cordilleras que nos resultan a la vez muy mexicanos. En la novela, Margarita convierte lo que bien podemos entender e imaginar como un típico pueblo-ciudad de nuestro país en un lugar netamente pastoril: Ardenia, con seres que emulan pastores míticos y matronas renacentistas. En efecto, la fuerza de los personajes de esta historia está en las mujeres. Los hombres resultan más bien debiluchos –de complexión y de intelectos–, poco autosuficientes, muy dependientes e, incluso, bastante femeninos o afeminados (y no hablo necesariamente de preferencias sexuales). En cambio, Anarda, Ysmenia, Laura…, las mujeres en esta historia, son vigorosas, de riendas fuertes; casi temibles. A éstas, Margarita las llama “varonas” (como a Judith) o “salvajas” (como a Ysmenia) y hasta “gustadoras” (como a la jarocha). Mujeres “mitad matronas y mitad guerreros” (ojo, “guerreros”, que no “guerreras”, para utilizar las palabras del texto). Y el personaje principal, Anarda, es la cumbre de este modelo.
Anarda: medio bruja, medio premonitoria (como Margarita). Cree en magias y sortilegios (como Margarita). La diferencia es que Anarda no lo confesaba y Margarita hace siempre alarde de ello. Un alarde productivo y científico, a través del estudio académico de la quiromancia o la adivinación y “demases”, o a través del rescate de textos con temas afines, como el Mofarandel de los Oráculos de Apolo y el Libro del juego de las suertes.
Margarita Peña: refinada y exquisita.Anarda: refinada y exquisita. ¿Dónde se separan la autora y su personaje? (en cuanto a gustos y cualidades).
Su cultura [con su de ellas] habla de sus viajes; no solo por las ciudades coloniales de nuestro país sino por las grandes capitales y ciudades de Europa: París, Madrid, Barcelona, Londres… O por hermosos y emblemáticos sitios de Sudamérica: Sao Paulo, Buenos Aires… Así, ambas, grandes viajeras: sus viajes y relatos son comunes; sus experiencias artísticas y culturales, son compartidas.Y en este refinamiento y exquisitez del personaje principal de la novela, se muestra un delicioso gusto por las artes, principalmente por la música y la pintura. Las evocaciones intelectuales están en lugares como la Salle Pleyel, en el Quai d’Orsay, en la National Gallery, en El Prado. Y en el Museo Nacional de Arte también, claro. El personaje es capaz de hacer lúcidas disertaciones sobre Grünewald, Memling, Cézanne. Sobre muchísimos pintores. Muchísimos. Pero sobresale un hecho curioso: Anarda no habla de literatura; como si Margarita lo hubiera hecho a propósito, como si quisiera disfrazar y enmascarar –¿inútilmente?– su pasión por las letras para no dejarse ver en la pintora de la historia.
Y para seguir con las analogías entre este personaje y su creadora, no podemos hacer de lado el tema de la coquetería: Margarita y Anarda son pícaras. Y subrepticiamente traviesas. Como dicen en inglés: concidence? I don’tthink so…
Pero volvamos al texto. Éxtasis y reencuentros se lee con gusto y gran rapidez. Y así se llega al desenlace de las historias y anécdotas que se entretejen página tras página. y en este final (no lo contaré) podemos ver una imagen que me será siempre memorable: Anarda, en su intimidad, en un momento de gran creación e inspiración, pinta a sus compañeros de novela. Esta escena me hizo imaginarme a Margarita, en las mismas circunstancias, escribiendo y describiendo a los personajes de Éxtasis y reencuentros.
En algún lugar del libro se mencionan las cualidades “bohemia” y “trashumante”.¿Cualidades de quién, de Anarda o de Margarita?
21 de agosto de 2013
