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Cambiarlo por “los remos que no pesan”
Alejandro Zapata Perogordo
La demora en concluir el proceso de transición, comienza a convertirse en una pesada carga y, en no pocas ocasiones, ha obligado al sistema a caminar en círculos.
Ha transcurrido un buen número de años sin terminar el diseño institucional que requiere y necesita el país, rumbo a la modernidad. Los avances aún insuficientes han sido lentos y tortuosos; simplemente para tener un panorama y darnos una idea del ritmo utilizado, la reforma laboral tardó alrededor de 30 años para adecuarse (con rubros pendientes), la educativa en términos similares, y así, muchas más.
En estos momentos se presentan oportunidades propicias para consolidar el sistema democrático mexicano y con ello superar el proceso postransicional que traemos a cuestas, en tanto que existe la voluntad política de las partes por un lado, y la exigencia de la sociedad en su conjunto para contar con reglas claras.
El impulso reformista se debe aprovechar en beneficio de todos, transformando el andamiaje institucional, que contemple dos cuestiones vitales: redefinir las relaciones entre gobernados y gobernantes, también se requiere una redefinición a los órganos del Estado, donde considere un sistema de cooperación y control entre ellos.
El primer punto debe consistir en un fortalecimiento del ciudadano frente al Estado, otorgándole mayores derechos, particularmente en lo concerniente a la información y decisión en políticas públicas, y algunas figuras se encuentran insertadas en la Constitución, quedan pendientes las leyes secundarias para su aplicación. Entre éstas se encuentran la consulta popular, iniciativa ciudadana, derecho de réplica, las candidaturas ciudadanas y además la transformación del Instituto Federal de Acceso a la Información.
En contrapartida, esto obliga a los gobernantes a rendir mejor las cuentas a sus gobernados y, con ello tener mayores elementos de prevención y combate a la corrupción.
Así el ciudadano podrá participar en las decisiones del poder público, más allá de las elecciones. Una definición fundamental establecida en la Carta Magna consiste en el concepto de soberanía, mediante el cual se establece que ésta radica originaria y esencialmente en el pueblo, sin embargo el único acto realmente soberano que realizan los ciudadanos es cuando participan con su voto en los procesos electorales, y para nadie es un secreto que, en este país, regularmente se vulnera con la manipulación del sufragio esa soberanía, de forma muy recurrente en los estados.
En respuesta a las evidentes anomalías que se presentan en muchos de los estados, existe la tendencia para crear un órgano autónomo: el Instituto Nacional de Elecciones (INE), consistente en una entidad que organice y conduzca todos los procesos electorales del país, ya sean del orden federal, estatal o municipal y, a la vez, que tenga la encomienda de realizar las consultas populares, sustituyendo tanto al actual IFE, como a los 32 institutos electorales estatales.
En la actualidad el Instituto Federal Electoral lleva a cabo algunas funciones en los procesos electorales locales, como el registro federal de electores, la distribución de los tiempos en los medios de comunicación, en ocasiones, la insaculación de los funcionarios de casilla y la capacitación de funcionarios electorales. Adicionalmente se justifica también por la utilización en un futuro de urnas electrónicas, que permitirían mayor agilidad en el desarrollo y cómputo de los resultados.
Esta medida, sin duda, traería mayor confiabilidad en las elecciones y menor costo de nuestra democracia, sobre todo si va acompañada de una ley general de partidos que los regule, incluyendo aquellos estatales, y un sistema de justicia electoral que consolide todas las facultades de esa índole.
Ahora que está sobre la mesa dar prioridad a la reforma política y electoral, es necesario impulsar cambios realmente trascendentes, con visión de largo alcance y compromisos muy firmes para su cumplimiento. Es fundamental dejar la pesada carga del costal a cuestas, para cambiarlo como dijo Ramón López Velarde por “los remos que no pesan”.
