LA REPÚBLICA

 

El conflicto magisterial sigue en pie

Humberto Musacchio

Pudo ser en Dolores Hidalgo, como ha ocurrido un año de cada periodo presidencial de los últimos sexenios, pero el gobierno federal se propuso celebrar en la ciudad de México la ceremonia del Grito, y para hacerlo debió desalojar la Plaza de la Constitución, ocupada durante varias semanas por los profesores de la CNTE.

Con movilizaciones en todo el país, serios problemas económicos, el desastre climático y varias reformas esperando turno, para la Presidencia de la República era indispensable dar una prueba de fuerza, una demostración de que el ejercicio del poder es una adecuada combinación de medidas políticas y capacidad disuasiva.

La jugada resultó bien. Primero se recurrió a la negociación y la mayoría de los acantonados en el Zócalo optaron por subir a las decenas de autobuses que los esperaban. Otros se retiraron ordenadamente y, según datos oficiales, sólo quedó un millar de mentores en la gran plancha de concreto, pero no había resistencia posible.

Con un despliegue altamente ordenado, riguroso y firme, la policía federal rodeó el Zócalo por el norte, el este y el oeste y avanzó sobre sus ocupantes. Contra ellos no hubo necesidad de recurrir a la violencia. Simplemente fueron siendo empujados hacia el sur hasta sacarlos de la plaza.

Un grupo identificado como anarko —así, con k de kilo— ofreció resistencia y lanzó contra los uniformados piedras, palos y otros objetos. Por supuesto, no faltó algún policía que perdiera la cabeza y optara también por lanzar contra sus atacantes lo que tenía a la mano. También, como suele suceder en estos casos, abusivamente se detuvo a ciudadanos pacíficos que pasaban por ahí o presenciaban la operación.

El saldo fue de unos cuantos lesionados y los detenidos, en su mayoría, fueron puestos en libertad horas después. Peña Nieto pudo dar el Grito desde el balcón del Palacio Nacional frente a una ruidosa hueste de acarreados que fueron llevados al Zócalo desde diferentes municipios del Estado de México.

Lo sucedido mueve a varias conclusiones: una, que no se quiso repetir la desgraciada represión de Atenco, hace un sexenio, pues la violencia sin ton ni son arroja resultados contraproducentes (por cierto, habría que averiguar quién fue el estúpido que el 28 de agosto hizo detener a Rosa María Medina, integrante del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra. ¿Qué se pretende?, ¿reencender el conflicto de Atenco? ¿No hay suficientes problemas en el Estado de México para buscarse uno más?).

En suma, se desalojó el Zócalo, pero el conflicto magisterial sigue en pie.