Eve Gil
En tiempos desesperanzados como los nuestros, uno desearía que alguna optimista, piadosa mentira proclamada a través de las noticias, la más leve, resultara cierta. Hace un tiempo escuché una que me alegró mucho, no sin reservas, claro: según una encuesta, de esas realizadas por algún aparato gubernamental que jura preocuparse por el nivel de lectura de los mexicanos, se concluyó que casi un ochenta por ciento de quienes tienen el hábito de la lectura en México, son jóvenes de entre catorce y veinticuatro años. Dudo que Horacio Ortiz, autor de la novela Bibliópolis conociera el dato, no al menos durante el proceso de escritura de su libro… y sin embargo ha intuido, como muchos de nosotros, que contrario a lo que se dice y se ha vuelto lugar común respecto a los jóvenes que ya no leen porque “se la pasan enganchados en Internet” —como si la Internet no fuera, visto con objetividad, un retorno a la lectura de poesía y a las cartas de amor— son precisamente quienes están cultivando ese impulso tan primigenio como la necesidad —Voltaire dixit— de creer en Dios, aunque sea uno inventado. Esta es más o menos la premisa de Bibliópolis que hace alusión a un país que sólo existe en el universo virtual y que los jóvenes de un futuro, no muy lejano, me temo, ansían descubrir.
La sociedad recreada por Horacio Ortiz restringe —por no decir “prohíbe”— el acceso a los libros, un poco como en la Edad Media —esto tampoco puede ser casualidad si nos atenemos al avasallante retorno de la autoridad eclesiástica—, en que sólo los monjes gozaban de ese privilegio, aunque el coste fuera leer ejemplares encadenados. Cuando algo está vedado, ya sabemos, la curiosidad —que dicen, mató al gato, pero también ha propiciado los más grandes descubrimientos de la humanidad— empieza a carcomer a las personas, particularmente si son jóvenes, ante lo que Juan Villoro denomina en la contratapa, “placer perseguido”, y la naturaleza de este férreo control sobre la lectura propicia que un grupo de muchachos busque la mítica, fabulosa Bibliópolis, donde les aguardan todos los libros, incluyendo los escritos en piedras. En una época en que las “fantasías visionarias” de Huxley, Orwell y Bradbury se han filtrado sutilmente a nuestra cotidianidad, Horacio Ortiz nos demuestra, partiendo de la realidad mexicana actual, que siempre habrá algo peor al peor de los mundos imaginarios.
Sin ser en lo absoluto una novela política, Horacio lanza referencias a la lamentable situación padecida bajo el yugo de un gobierno autoritario cuya única razón pareciera ser la de obstaculizar el desarrollo profesional e intelectual del pueblo. Es una novela, siento yo, escrita más con melancolía que con rabia, quizá porque en el fondo refulge una luz de esperanza enfocada a sus jóvenes lectores, sea esta una juventud cronológica o propia sólo de lectores de pura cepa que no requieren crema antiarrugas para mantener fresco su criterio. Para los primeros, Ortiz desea sembrar la conciencia de hasta qué punto son importantes los libros. Tanto, que sería factible insinuar que un mundo sin libros no es mundo, es un remedo de mundo.
¡Y pensar que la mayoría de los mexicanos se ha privado (o ha sido privado) del privilegio de vivir una vida completa! Porque —y en eso no puedo estar más de acuerdo con Horacio Ortiz y los autores que le hacen coro en los epígrafes que abren cada capítulo de la novela— sobrellevar la existencia sin el placer y solaz de la lectura es una vida a medias, sin sentido. A través de una historia ingeniosa, narrada con idéntica dosis de mesura e imaginación, Horacio Ortiz expone las implicaciones de un mundo sin libros donde, según se nos explica, la obediencia está ligada al progreso, lo cual no tiene nada de raro hoy que presenciamos el inexplicable asenso de individuos que se dedican a eso, a obedecer a quienes llevan el mando, y que antes de mandar tuvieron que obedecer también, incluso lo siguen haciendo. Este círculo vicioso, inculcado, según la ficción de Ortiz —¿nada más la ficción de Ortiz?— desde edades escolares, ha dado origen a un montón de niños que, olvidados de jugar, sólo viven para esperar el duro trance de la adultez y luego, en el mejor de los casos, una muerte liberadora. Nos encontramos en la fase en que, dicen (yo me rehúso a creerlo), los niños sueñan con ser narcos y las niñas, novias —o misses— de narcos. Pero tal es la voracidad con que esta sociedad lo avasalla todo, y muy especialmente la cultura, que no nos extrañe que ni siquiera este infame destino sirva de oxígeno para niños que intuyen, insisto, que existe algo más allá de los barrotes de la escuela, de la enseñanza del empleo de la calculadora, lo justo para servir a los poderosos sin que ideología ninguna estorbe las mezquinas ambiciones de aquéllos, quienes forzosamente requieren de colaboradores que no opinen, que se limiten a ejecutar ordenes, inmersos, si atendemos a lo dicho por Bhagavad-Gita, citado por el propio Ortiz, en un mundo impuro. “Ninguna cosa en el mundo iguala en pureza al conocimiento”, y el conocimiento está en los libros. El mejor antídoto, es sabido, contra la obediencia.
Bibliópolis no es sólo una divertida aventura. Horacio Ortiz la ha escrito con la seriedad de quien —y pienso en Michael Ende— sabe que a los niños puede decírseles en tono grave lo que puede llegar a ser este mundo si no defienden su derecho al conocimiento, es decir, a los libros. También es un libro que puede leérseles a los chiquitos como una epopeya del conocimiento, en la que los libros, más que Santo Grial, más que víctimas de la irracionalidad y la patanería, se erigen silenciosos héroes, soldados de la paz.
