Ricardo Muñoz Munguía

Se trata del poeta de Portugal, el más representativo de su país y uno de los más prolíficos de Europa. Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, El Algarve, 1949) también es ensayista y novelista. La obra del catedrático de Teoría de la Literatura en la Universidad Nova de Lisboa ha sido traducida a una decena de idiomas. Ha ocupado los cargos de director de la revista de poesía Tabacaria, de la Casa Fernando Pessoa, además de consejero cultural de la Embajada de Portugal en Francia y director del Instituto Camões en París. A propósito del reciente Encuentro Internacional de Poesía Manuel Acuña, en Saltillo, Coahuila, charlamos con el ganador, entre otros importantes galardones, del Premio Iberoamericano de Poesía de España Reina Sofía 2013.

—¿Cómo es su encuentro con la poesía?
—Lo recuerdo muy bien. Ocurrió cuando estaba escuchando en la radio un programa de poesía, yo tenía ocho años de edad. Estaba un actor muy conocido que recitaba poemas y poco después de oírlo escribí mi primer poema…, y ahí puedo situar muy precisamente el momento en que la poesía entró en mi vida.
—¿De qué autor recitaban esos poemas?
—Era un poeta romántico, portugués, de la mitad del siglo XIX. Un poeta que escribía sobre la muerte, el infinito…, tiene al mismo tiempo temas nocturnos y también otros que gestionan el sentido de la vida.
—¿Después usted se acercará a la obra de este poeta?
—Claro. Es un poeta que está muy olvidado porque la poesía romántica portuguesa no se lee mucho pero fue un poeta muy conocido en su época. Se trata de (António Augusto) Soares dos Passos.
—Así como usted menciona que Soares dos Passos estaba cercano al tema de la muerte, también en su obra se ocupa del tema…
—Sí, en una determinada fase de mi obra está presente el tema de la muerte. Hablé mucho de ello. Después me ocupé de otros temas…
—El amor también…
—El amor, por supuesto. Y sobre la muerte porque hay una tradición que viene de nuestra juventud pero también de nuestra poesía clásica en que la muerte siempre es un tema tratado. También tiene que ver con mi gusto en la adolescencia por el cine gótico, la literatura de terror, Drácula.., en fin, todo ese tipo de temas; incluso escribí un guión para una película de terror, hecho por un pintor portugués que puso en ese filme su imaginario pictórico.
—¿Cómo nos puede definir la muerte, más allá de la metáfora?
—Es la interrogación sobre lo que somos, no tiene nada de macabro ni dramático. Finalmente, para citar un poeta portugués, “La muerte es la justificación de la vida”, porque es el momento que nos obliga a preguntar lo que somos y a encontrar un sentido para nosotros. Por eso no es necesariamente un sentido negativo.
—Otro de los temas que están presentes en su poesía es la infancia, ¿siente que tiene deuda con ella?
—Sí. Es muy importante para mí porque parte de ella, que pasé en mi pueblo, fue de contacto con la naturaleza, los hábitos del campo, de los rituales de los paisanos o épocas festivas como Pascua, matar el puerco… En todo eso viví muy intensamente y sigo teniendo contacto con ese pueblo porque tengo una casa ahí, que es la casa de infancia. Muy importante esa época, por retomar esas primeras experiencias de la vida.
—¿Además de Soares dos Passos, qué otros escritores le han interesado?
—Después del momento de cuando escuché a Soares dos Pasos, la poesía ha sido mi compañera. Los poetas que más me interesaron en mi adolescencia pertenecían al siglo XIX, en los que predominaba la muerte, la filosofía, el pensamiento sobre la vida…, hasta el momento que descubrí a Fernando Pessoa, cuando yo tenía catorce o quince años. Y sobre todo el Pessoa futurista, en su heterónimo Álvaro de Campos. Esto fue lo que cambió radicalmente mi manera de escribir y también mi relación con el lenguaje que hasta ese momento era muy literal, muy repetitiva, en cierto modo imitaba mis lecturas y Pessoa me hizo encontrar mi propio camino, mi propia voz. Y, como te repito, me siento muy identificado con Álvaro de Campos porque es el poeta de la ciudad; él vivía y vive en Lisboa, una ciudad que para mí es fundamental. Ahí, en Lisboa, Álvaro de Campos se le ve en las calles, entra a los cafés, convive con lo cotidiano de la ciudad y es lo que a mí también me fascina hacer: andar por la calle, ver lo que ocurre y buscar el poema en los acontecimientos de la ciudad.
—Para entrar en su labor creativa: ¿tiene algún ritual para la construcción de un poema?
—No. El poema nace cuando tengo tiempo, y cada día trato de tener ese momento para escribirlo. Soy yo el que procura al poema y no el poema que venga a mi encuentro.
—¿Tampoco esperar la soledad, el silencio…?
—No. Puedo escribir un poema con gente en la casa, cerca de mí, en la calle. No es necesario estar a solas. Ahora, por ejemplo, podría ocuparme del jardín que nos rodea, de los pájaros (la entrevista se dio en el Museo de las Aves de Saltillo, Coahuila). También el poema nace porque todos los días hay imágenes que vienen a mi encuentro, es entonces el momento para escribir. En sí, es la memoria la que me da el material para trabajar en la poesía, aunque también es la lectura de otros autores, así también el cine, la pintura…
—De hecho, le dedica buena parte de su labor poética a la pintura…
—Tengo muchos poemas escritos a partir de cuadros de pintores que me gustan y otros que voy descubriendo. Para mí, una de las cosas más importantes en mi poesía es que el poema pueda crear algo, una imagen, y que esa imagen tenga una dinámica propia.
—¿Tiene algún libro de cabecera?
—Sí, aunque no sólo uno. Principalmente leo a Álvaro de Campos, también al poeta brasileño (Carlos) Drummond de Andrade, y después dos poetas que fueron muy importantes para mí, ellos son Rainer Maria Rilke y T.S. Eliot.
—Muchos escritores pueden sentirse identificados en especial con uno de sus libros, ¿usted con alguno de ellos?
—Habitualmente con el más reciente, pero más aún con el que estoy escribiendo. En todo caso hay un libro que fue marcante (distintivo) para mí, que titulé Meditación sobre ruinas, en el que los poemas me gustan de manera especial y creo que son muy importantes en mi obra poética. En este libro la idea es más romántica, del contacto con el mundo que desapareció, de andar sobre los vestigios y de cómo la poesía puede restituir una vida, esos mundos pasados. También sucede que cuando escribo busco en versos o en temas de poetas clásicos, por ejemplo Luís de Camões, entre otros. Entonces parto de ahí para actualizar esos temas.
—Recientemente usted recibió el Premio Reina Sofía, ¿cómo es el significado de un premio en el escritor?
—Lo que escribí después del premio es, finalmente, la secuencia de lo que estoy escribiendo este año. Un premio no cambia nada de lo que se escribe, lo que sí logra en el poeta es que su trabajo es reconocido. Eso es algo importante: estar en la literatura de un país, lo que conlleva también a que la crítica repita determinados lugares comunes sobre lo que es la poesía. Un premio también tiene como consecuencia que tanto críticos jóvenes como lectores jóvenes descubran o se encuentren con la poesía para que puedan ver de otra forma lo que se escribe.
—¿Qué panorama nos da sobre la poesía contemporánea?
—En nuestros países tanto de lengua portuguesa como de lengua española la poesía está muy viva y tiene una presencia importante en la sociedad, aunque se dice muchas veces que no hay muchos lectores de poesía pero ésta circula de muchas maneras y no necesita que pase forzosamente por los libros, puede pasar por Internet, por los momentos en que es recitada o la persona que copia un poema porque eso le dice mucho y hasta en el habla popular está la poesía. Sucede mucho en Portugal, por ejemplo, que cuando alguien quiere decir algo y no encuentra las palabras para expresarse recurre a un poema o a un poeta para decir lo que siente.
—¿Cómo es su relación con México?
—Es una relación principalmente con sus autores. Además, los portugueses tenemos una deuda con Octavio Paz porque fue uno de los primeros en descubrir la importancia de Fer­nando Pessoa. Por otro lado, es la de tener a ustedes muy cercanos, mis amigos poetas mexicanos. También porque esa relación con este país recientemente ha sido más profunda porque mi hijo se casó con una mexicana y, como sabes, tengo dos nietos medio portugueses-medio mexicanos.
—Si le parece, adentrémonos en su labor como novelista, en la que aborda temas muy diferentes a su poética, como por ejemplo la crisis en Portugal, y hasta de la misma Europa.
—Exacto, así es. En mis novelas hablo de la realidad portuguesa, no sólo la actual, también del periodo de la dictadura que conocí. Un tema que es muy importante sacarlo a luz porque, me parece, ha sido muy olvidado…, sin duda, un periodo muy duro, del que fui testigo. En mis novelas hablo de ese tiempo pero combinado con las memorias de mi infancia, de la gente que conocí. Y más actual, con mi novela más reciente La implosión, hablo de esta crisis que estamos viviendo en Europa. En este libro narro la historia de dos amigos que se habían conocido en el tiempo de la dictadura de (António de Oliveira) Salazar y se encuentran muchos años después en la gran manifestación que hubo en el año 2011 contra las medidas de austeridad. Entonces es un poco confrontar ese diálogo con el pasado y el presente.