Ahora viene la reconstrucción

Alfredo Ríos Camarena

Nos tocó vivir a los mexicanos un periodo de fiestas patrias plagado de confusión, desorden, pero también de claras decisiones; el prolegómeno de estos días fueron las derrotas deportivas en el futbol y en el boxeo que produjeron un desánimo popular. Por otra parte, el escenario del zócalo tomado por los maestros desde muchos días antes dejó una estela de dudas sobre qué iba a suceder dada la resistencia de algunos grupos radicales que no aceptaban ninguna negociación. Finalmente, nos cubrió la tormenta y se inundaron grandes extensiones del territorio nacional con un costo de vidas humanas y de destrucción de infraestructuras, donde lo más relevante por su importancia mundial fueron los graves daños que se produjeron en Acapulco: carreteras cerradas, aeropuerto inundado, falta de abastecimiento de luz eléctrica, telefonía, agua y alimentos. Todos estos escenarios hicieron que durante estos días existiera cierta confusión en la opinión pública.

Por otra parte, el Congreso siguió trabajando y el presidente asumió varias actitudes relevantes y dignas de mencionar; se logró, en una operación bien cuidada, el desalojo del zócalo. No aplaudimos la represión, pero el trabajo político que se hizo indudablemente le anota puntos favorables al presidente, quien agregó a esta circunstancia el no haber incluido en su iniciativa hacendaria, eliminar la tasa 0 del IVA en alimentos y medicinas. Las cosas salieron razonablemente bien.

La noche del Grito, con buen tino político, Peña Nieto, informado de las inundaciones, dejó la fiesta de Palacio para convocar a su gabinete a una reunión de emergencia; al día siguiente, el espectáculo del desfile fue impactante; la gallardía del ejército y la armada se lucieron y nuevamente el jefe del Ejecutivo, con decisión, designó a diversos secretarios de Estado para atender los daños por las inundaciones y él mismo se trasladó de inmediato a Acapulco, donde pudo constatar los graves daños y alentar a los damnificados con su presencia.

La decisión de presentar en la iniciativa hacendaria un déficit de 0.4% para este año y 1.5% para el año que entra ha sido sumamente criticada, pero la realidad es que esta medida tiene un carácter contracíclico ya que de no prevenir el aumento de la inversión y del gasto público, la economía pudiera tener una peor caída, pues las reformas que realice o no en el marco jurídico no podrán impactar mayormente en 2014. Parece que a los economistas del presidente les surgió la imagen teórica de Keynes para darle un sentido de mayor influencia al Estado nacional con sentido social; esto puede constituir, para bien de México, un cambio del fracasado diseño neoliberal y regresar al modelo social que marcan los paradigmas de la Constitución.

El déficit planteado es razonable y tiene por objeto apalancar el desarrollo económico frente a la crisis que estamos viviendo; es tomar prestado del futuro para evitar el colapso del presente. Todos los países del mundo utilizan este déficit aun cuando las duras políticas del Fondo Monetario Internacional se han opuesto, pues la teoría económica que en ellos prevalece es el monetarismo que impulsó Milton Friedman desde la escuela de Chicago.

No cabe duda de que existe una intención de reforma que debe terminar con todas las prebendas fiscales, empezando, sin claudicación, por evitar la consolidación fiscal; ya se están manifestando diversos sectores empresariales abierta o solapadamente contra esta reforma y desviando la atención hacia la reforma energética que todavía está pendiente. El Ejecutivo no puede dejarse presionar y el Legislativo debe seguir adelante con esta política hacendaria.

Pasaron las fiestas patrias, ahora viene la reconstrucción de la infraestructura en los daños causados por los huracanes y la otra tormenta que se va a desatar en la polémica reforma energética.