PENSAMIENTOS EN VOZ ALTA

 

Una esperanza en el escenario actual

Francisco Berlín Valenzuela

En México se ha vuelto costumbre reformar constantemente la Constitución General de la República y —también— sus leyes secundarias. Se afirma que esto ocurre porque resulta necesario adecuar cada etapa y momento a la cambiante realidad de la sociedad mexicana. Esa dinámica ha incluido, por supuesto, a nuestro largo —y sinuoso— proceso de democratización.

En ese tenor, durante los últimos 35 años, se han efectuado numerosas reformas políticas que más bien han sido electorales. Se afirma que todas han tenido la finalidad de hacer más confiable nuestro sistema político electoral. Pero por lo visto se asume que tal perfeccionamiento supone un ideal —o dimensión— casi irrealizable porque, tras innumerables modificaciones, resulta que es algo que nunca se ha podido alcanzar.

Pero mi visión sobre el eterno desiderátum de cambios es que, en realidad, los actores políticos y —fundamentalmente— los partidos han sido reacios para realizar una reforma integral a nuestro sistema democrático. Un propósito así, tendría que abarcar todos los asuntos que desde siempre se han venido aplazando, y cuya postergación no tiene otra explicación que los grandes y complejos intereses defendidos por cada uno de ellos.

En la continuación de esa dialéctica infinita que cubre por abonos el arribo de verdaderos avances, hace unos días se aprobó —por fin— la ley secundaria que regulará las candidaturas independientes, abriendo a los ciudadanos nuevas vías para su participación directa en los procesos electorales, sin necesidad de  que pertenezcan a algún partido político.

Pero estas reformas —y otras más que se avecinan— se hacen en el contexto de un ambiente de escepticismo ciudadano hacia los partidos. La razón: hay una —bien ganada— desconfianza hacia ellos, debido a la forma en que, desde hace años, han venido actuando y operando. Casi siempre a espaldas y en contra de los intereses populares porque, para sus decisiones y selecciones, a menudo privilegian la conveniencia política y económica de sus líderes.

¿Cómo se ha llegado a tal situación? ¿Cómo ha sido posible que hasta las oposiciones —de derecha e izquierda— hayan ido perdiendo beneplácito y sustentación? Es un hecho que la gente está cada vez más distante de todos ellos. Para comprobarlo sólo hay que consultar las cifras que registran los crecientes porcentajes de abstencionismo. Los electores parecieran sentirse sólo como un instrumento para que los dirigentes sigan escalando nuevos peldaños en su carrera política.

La suspicacia sobre ellos fue tanto política como jurídica. No por nada, los partidos políticos estuvieron ausentes —por muchos años— de los textos constitucionales.

En México, por la existencia de un sistema de partido hegemónico —que  dominó por cerca de siete décadas—, se generó, además, una gran incredulidad e indiferencia hacia la participación política.

Por eso hay que apuntar una observación: el arribo de la posibilidad de  las candidaturas independientes surge en un momento de desilusión política de la ciudadanía. Justo cuando la desconfianza abarca también a los integrantes de los órganos de representación política. Es decir, a los diputados y senadores. Y es que debido a una recurrente falta de sensibilidad social, los parlamentarios han logrado una gran dosis de desprestigio, haciendo que la sociedad ya no se sienta bien representada.

Es un hecho reconocido que cuando los diputados y senadores se encuentran en el desarrollo de sus actividades se olvidan de los compromisos contraídos con sus electores, coaligándose con los intereses dominantes para votar leyes dictadas por los lineamientos de sus líderes partidistas. Con ese comportamiento corresponden a los favores recibidos al ser hechos candidatos, el apoyo económico para sus campañas y, a veces, hasta el triunfo obtenido en las urnas.

Como conclusión, puedo afirmar que en el escenario actual las candidaturas independientes son una esperanza. Pero que su inclusión sería mucho más contundente —en términos de su contribución a la consolidación del proceso democrático— si se les hubiera acompañado con los otros temas largamente  postergados como: la reelección inmediata de legisladores —que desde hace más de veinte años vengo alentando en mis estudios políticos—; la creación de una ley de partidos políticos que resulta urgente; la segunda vuelta electoral, tan necesaria para lograr la gobernabilidad de la nación; así como la creación de un órgano rector de las elecciones de carácter nacional que evite las manipulaciones e injerencias de los detentadores del poder en cada entidad federativa.

Hoy como ayer —en las anteriores reformas—, lo logrado es bueno, pero no alcanza para intentar acrecentar, en serio, la confianza ciudadana en los procesos comiciales.

El autor es doctor en derecho, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y articulista en publicaciones nacionales y locales.