Marcela Valdés
José Martí en un artículo sobre Walt Whitman cita a Robert Buchanan —poeta inglés— quien cuestionó a los norteamericanos en los siguientes términos: “¿qué habéis de saber de letras, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman? Pregunta que hoy se aplica a los mexicanos que cuentan con un poeta del tamaño de Raymundo Ramos, quien nació, bajo el escorpión, un 2 de noviembre de 1934 en Piedras Negras, Coahuila.
La obra de Raymundo Ramos deambula como Lázaro, andrajosa y solitaria, porque ya pocos la conocen. A pesar de los múltiples premios literarios que ha recibido, de tener diversos reconocimientos por su labor docente, el viejo maestro hoy sufre el peor de todos los males, no ser divulgado, ni suficientemente leído, y merece ser resucitado. He tenido la suerte de ser su alumna, asistente, amiga, admiradora y de seguir sus letras cada semana en que transito del llanto a la carcajada. Su obra poética es completa porque en ella está el rigor de la rima y el ritmo del soneto, la provocación del verso libre y las figuras literarias en que la paradoja y la ironía se mezclan con metáforas de una melancolía que llevan al lector a lo único que puede transportarlo un buen escritor, a tener experiencias a través de las cuales se puede comulgar con todos los hombres, porque todos hemos amado, deseado, temido, pero sólo un poeta es capaz de materializar, en palabras, eso que nos mueve y conmueve.
Pero además de lo sentimental, Raymundo Ramos es un erudito que inserta referencias que lo mismo son mitológicas, bíblicas, literarias e históricas de una manera prolífica y demandante que inyectan en el lector el anhelo de alcanzar todo ese conocimiento. Con antitéticos juegos, que evocan muerte y lloran vida, a primera vista algunos de sus poemas o cuentos podrían parecer obscuros, pero el lector paciente hallará su recompensa si continúa en su empeño por entender, aunque a veces, baste dejarse llevar por la anécdota o la belleza de la armonía estructural en la que descansan todos sus textos. Muchísimos poemas son de una gran conciencia política y social, y por lo mismo son una denuncia crítica y adolorida: “El mundo está en pedazos,/ las ciudades en llamas,/ se están pudriendo patrias,/ los muertos que no cesan,/ las bombas que no acaban.// Las mujeres violadas,/ los viejos desechables,/ los niños en guiñapos,/ los jóvenes en armas.// Y danza la piñata/ con su crepé de faldas/ y su oropel de picos/ a punto de abortar/ su vientre de granadas”.
Me he referido a Raymundo Ramos como poeta y cuentista, pero también hay que resaltar su trabajo en los géneros ensayístico y periodístico en los que también ha incursionado con excelente calidad. Leer cualquiera de sus textos es garantía de investigación sólida, avalada en una gran memoria y una biblioteca completa, hoy, laberíntica.
Este texto no pretende ser una biografía, ni un listado de títulos —en sí mismos poéticos— como Escorpión en invierno, La prisión y su forma, Cava de cuentos, El fantasma doméstico…, porque sentiría que estoy hablando de un poeta muerto y no es así, está vivo y merece el homenaje de ser distribuido y leído en voz alta y en silencio, aunque él diga: “Camino entonando elegías/ con mi pequeño cadáver bajo el brazo”.
A un año de ser octogenario, la lucidez del maestro y su pluma no cesan de crear y él mismo autofinancia sus libros, cuyas ediciones cuida con esmero. Yo entro en su Casa Morada por entre cajas y cajas de libros que esperan una librería, un lector.
Le ha entregado más de cincuenta años de labor docente a la unam y hoy me pregunto si esta institución a la que yo también quiero por ser mi alma mater, va a rendirle un homenaje. Me pregunto si el conaculta, el inba, en fin, el mundo intelectual podrá otorgar un merecido reconocimiento al poeta que ha llenado de sabiduría y sentido del humor —que en él son casi lo mismo— aulas y páginas.
Tal vez estas palabras tengan la suerte de ser leídas por alguien que tenga los contactos indicados, por alguien que valore y dimensione a un coloso, por alguien que sin mezquindad procure su divulgación. A través de ellas yo le agradezco todo lo que en lo personal me ha dado y confío en lo que el tan citado Jacques Lacan dijera: “Toda carta siempre llega a su destino”.
Por último y para estar a tono con la política que busca promover la lectura en nuestro país, parafraseo a Buchanan: Mexicanos, ¿qué habremos de saber de letras, si estamos dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de nuestro colosal Raymundo Ramos?
