A contracorriente

Los capitalinos pagamos los platos rotos

René Avilés Fabila

Las constantes marchas que abruman a la ciudad de México no son sólo protestas, están dentro de un organizado plan de sabotaje al sistema político mexicano. Es verdad, nuestro sistema es deplorable, pero no será con plantones, marchas y golpes que lo destruirán o al menos no lo mejorarán los maestros de la CNTE.

Sin embargo, la presencia intocable y fatigante de los supuestos maestros no es la única. Cárdenas, en su efímero paso por el GDF, dijo que si todas las manifestaciones y protestas finalizaban en la capital era por la incapacidad del gobierno federal y de los gobiernos de los estados con problemas. En realidad es una verdad a medias. El país entero necesita una sacudida, una remodelación a fondo. Para una revolución, el país no está. ¿Sobre qué bases, con cuáles proyectos?, ¿los de AMLO o los de una organización atrasada y peligrosa como la CNTE?

Lo inaudito es la creación del llamado fondo de capitalidad, expresión idiota que es una invitación para que todos los malestares y protestas de la nación vengan al DF a destruir más que a protestar. Los manifestantes llegan a la ciudad, la desordenan más, causan daños irreparables y se van felices de sus hazañas. Los capitalinos pagamos su malestar, no las autoridades que se han lavado las manos diciendo que no son represoras.

El periodista, distinguido y experimentado, Carlos Ferreyra decía hace poco que le molestaba ver a Miguel Ángel Mancera en toda clase de festejos, propios y ajenos, y en especial verlo en las páginas de sociales. Es frívolo, ciertamente. Pero eso es lo de menos, podría hacer bien su trabajo, goza de apoyos y dentro de las tribus perredistas hay un respeto razonado. Pero no. La ciudad se le va de las manos, desde cosas mayúsculas como el eterno caos provocado por la CNTE hasta los daños irreparables a una estatua de incalculable valor histórico como El Caballito, obra de Tolsá. No parece tener logros significativos, a no ser sus luchas contra la obesidad y en pro de la esbeltez. Para ganarlas, nos ha quitado los saleros de las mesas y nos ha dicho que todos debemos pedalear una bicicleta. Es obvio que no conoce la capital que gobierna.

Debemos acostumbrarnos a que Mancera imagine que imponer la ley es represión violenta y que cualquiera puede irrumpir en el DF y hacernos perder horas o el empleo por unos grupos irresponsables que en el colmo han dejado abandonados a los niños de varios sitios del país.

Lo que sigue molestando a los abrumados ciudadanos no es solamente la reforma hacendaria, la que no acaba de convencerlos, sino pagar impuestos para pésimos servicios y algo más para reparar los daños físicos de los protestantes que llegan a hacer lo que les viene en gana ante autoridades atolondradas. No puedo, no quiero imaginarlo siquiera como candidato presidencial dentro de cinco años. Los capitalinos estamos acostumbrados a este tipo de gobernantes, ¿pero el resto del país?

 

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