David Alejandro Boyás Gómez
En sesión pública solemne la Academia Mexicana de la Lengua rindió un homenaje luctuoso a la figura del investigador veracruzano Miguel Capistrán (1939-2012) y al historiador de Puebla Salvador Cruz (1932-2012), a un año de su fallecimiento.
La cita fue el jueves 26 de septiembre en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, adonde acudieron los miembros de número de la Academia para recordar a sus compañeros desaparecidos.
Jaime Labastida, Director de la Academia, celebró la presencia de Paca y Julia, las hermanas de Capistrán, y fue el primero en rememorar su vida y obra. Subrayó que la literatura nacional le debe la publicación del corpus del grupo de Los Contemporáneos como la recopilación de la obra dispersa en diarios y revistas de Jorge Cuesta, que realizó junto con Luis Mario Schneider cuando contaba sólo con 25 años. A pesar de ser el primero en reunir la obra de Jorge Cuesta, el académico de la lengua aseguraba que su mayor hazaña había sido traer a México a Jorge Luis Borges, labor nada despreciable. Reunió la prosa de José Gorostiza para una edición de la Universidad de Guanajuato y más tarde la obra de Gorostiza (poesía y prosa) en un volumen editado por el Fondo de Cultura Económica. (no comentó el académico que esta edición lleva un prólogo de Labastida).
Recalcó que su impagable trabajo lo realizó siempre sin apoyos institucionales, y en una sola ocasión por breve tiempo fue becario del Centro Mexicano de Escritores.
Con su particular estilo, la astrónoma Julieta Fierro recordó emotivamente a su entrañable amigo. Contó que Capistrán era su compañero de mesa en la Academia y que los jueves, después de reunirse, juntos emprendían el viaje por la ciudad de regreso a sus casas; ahí él le recitaba poemas de la generación de Los Contemporáneos. La académica regaló al público ejemplares del libro sobre cultura gay, México se escribe con J, con textos reunidos por el investigador veracruzano y Michael Schuessler. Finalmente, Julieta Fierro recordó la antología de poesía de la Revolución que Capistrán recopiló con la colaboración de Pável Granados.
Por su parte, Sergio Fuentes, correspondiente en Puebla, habló de su amigo, el ilustre historiador poblano Salvador Cruz. Recordó las tertulias literarias en las que convivió con el académico en el centro de la ciudad de Puebla de los Ángeles. Era un enorme bibliógrafo, y un sorjuanista empedernido, tanto así, que dedicaba por lo menos una hora diaria a la lectura de los versos de la escritora novohispana.
Tarsicio Herrera Zapién también se refirió a la obra de Cruz y rescató varios de sus comentarios literarios como el hecho de que Coneille y Molière, dos de los mejores comediógrafos de Francia, conocieran la obra de Juan Ruíz de Alarcón como prueba su influencia en ellos, en particular por Le menteur y convierte a Alarcón en nuestro primer escritor clásico en un nivel internacional. Salvador Cruz también consideró que la primera novela de la revolución fue en realidad Tomochic (1892) de Heriberto Frías y la mejor del ciclo, según el maestro Cruz, es Al filo del agua (1947) de Agustín Yáñez.
