Enrique Rajchenberg

 Se le ha reclamado a la sociología ser imperialista, no porque esté vinculada con el proyecto o empresa expansionista de alguna potencia mundial, sino porque no hay tema de la vida social que escape a un posible examen sociológico. El reproche podría ser extendido a la historia que se interesa por la vida cotidiana, por la sexualidad, por las religiones, por las variaciones de los precios y también de los climas y su influencia sobre la economía, por las mentalidades, por la moda y por centenares de temas más. De hecho, muchos de los temas enumerados son compartidos con la sociología, lo cual demuestra el anacronismo de la división disciplinaria del trabajo intelectual heredada del siglo XIX, a menos que se pretenda insistir en que el historiador va a los archivos, no así el sociólogo, como si fuera el contacto con viejos papeles el signo identitario de un conocimiento.

Todo esto viene a cuento porque a Eric Hobsbawm lo conocemos por una monumental obra consagrada al estudio histórico de las revoluciones, de los trabajadores, de los campesinos, de los imperios, de las naciones y de los Estados, pero no de la cultura y, por tanto, de la literatura, de la pintura, de la música y de la poesía, del cine y de la arquitectura. Además de contar con la ventaja de haber vivido prácticamente todo el siglo XX -1917-2012- y un poco de la centuria siguiente, Hobsbawm encontró el tiempo para ver los westerns de John Wayne y Gary Cooper, lo cual no deja de asombrarme porque yo le tengo que robar horas al sueño para leer un poquito del último libro de Almudena Grandes o para ver una sola película de la muestra en la Cineteca Nacional.

Efectivamente, Eric Hobsbawm recorre a lo largo de más de veinte ensayos y transcripciones de conferencias la producción cultural del siglo XX desde la perspectiva de una hipótesis básica, la de la descomposición de la cultura burguesa del siglo XIX. Lo que Hobsbawm procura explicar no es que la burguesía esté periclitando en el siglo XXI, sino que el conjunto de valores de la sociedad burguesa a través de los cuales devino hegemónica, o sea, que produjo la matriz que moldea y fabrica el horizonte discursivo compartido por todas las clases sociales, ha decaído. La alta cultura burguesa con sus festivales exquisitos, su repertorio musical de autores cuya fecha de nacimiento más cercana es el final del siglo XIX y su público, del que Luis González y González diría que ya lo reclama la tierra, incapaz de incorporar a las generaciones más jóvenes, ha dejado de ser referente de la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, la alta cultura sigue cumpliendo una función a la que no alude Hobsbawm, la de servir de unidad de medida de la distancia, como la llama Pierre Bourdieu, entre clases sociales. Asistir al festival de Bayreuth donde se representa el repertorio wagneriano anualmente o embarcarse en un crucero del Mediterráneo para asistir cada noche al recital de los más cotizados músicos y cantantes de ópera es un emblema de clase y de refinamiento millonario más eficaz que conducir un Mercedes de millón y medio de pesos porque no sólo demuestra fortuna, sino alcurnia adinerada. Creo que ciertos consumos culturales y, por supuesto, no culturales, están indisolublemente ligados a la estructura de clases. No obstante, es indudablemente verdadero, como acierta a decirlo Hobsbawm, que la capacidad de la “alta cultura” en producir sentidos comunes de la sociedad y figuras arquetípicas está agotada. Los Batman, Superman y Spiderman de los comics han colonizado el imaginario infantil y adolescente, pero éste es otro género de cultura y de temática.

Más aún, está en cuestión, según el historiador británico, la misma sobrevivencia de las artes, sometidas a la dura prueba de la revolución tecnológica que prácticamente escinde la obra de su creador y que, retomando la expresión de Walter Benjamin, facilita al mismo tiempo que fomenta la reproducción técnica del producto cultural.

Todo lo anterior no significa que el capitalismo se haya desentendido de la cultura. De hecho, menos en el siglo XXI que en el XIX o en el XX. Al contrario, la cultura al igual que muchos otros ámbitos de la vida social han sido crecientemente subordinados a la lógica valorizante del capital, a pesar de la petición de Hobsbawm de que “no podemos abandonar los intereses de la cultura en manos del mercado libre” [i].

Hay campos en que el capital mantiene todavía una suerte de exterioridad respecto a la producción cultural aun si de ella obtiene ganancias cuantiosas. Por ejemplo, cuando la SEP encarga a los grandes consorcios del libro que elaboren manuales para los escolares, éstos contratan a equipos independientes de investigadores para que los escriban. A éstos se les llega a pagar por concepto de honorarios la mitad de lo que la SEP les remunera. Estamos aquí ante una suerte de “putting out system” del que habló Marx hace 150 años o en términos más acordes a la reciente reforma laboral, ante el outsourcing cultural. Es una especie de proletarización del trabajo cultural, pero que queda todavía limitado por la posesión de habilidades intelectuales por el trabajador de la cultura. Pero el proceso puede ir más lejos todavía, aun si la proletarización se reviste de glamour por aparecer en la portada de TV Notas. Me refiero a fábricas de producción de actores como La academia promovidas por TV Azteca o Televisa, en que las televisoras manufacturan a los elencos de su programación. Aquí, los grandes monopolios no quedan supeditados al abanico de talentos moldeados en lugares ajenos a ellos, sino que ellos manufacturan a la estrella de televisión. El mecanismo no es totalmente nuevo; se practicó con Marilyn Monroe, quien aparece en la portada del libro, sólo que antes era algo excepcional.

Y hay una forma aún más perversa, la que consiste acorde con la conceptualización de David Harvey de acumulación por desposesión o por despojo. Se trata de la apropiación de bienes culturales para incorporarlos a la mercancía capitalista. Es sabido, por ejemplo, cómo la transnacional del vestido Zara envía anualmente a sus diseñadores a Centroamérica a comprar tejidos mayas de los cuales copia el diseño para incorporarlos a “su” colección. O bien cómo Benetton replica los mejores dibujos grafiteros de las calles de las ciudades para producir su famoso “United Colors of Benetton”. En la teoría convencional de la cultura, se le llama a este proceso “préstamo cultural” o “intercambio cultural”. Así, por ejemplo, es evidente cómo la ópera tiene un origen popular en la música italiana y que fue reconvertida en icono de la alta cultura. Pero no estamos ahora ante préstamos o intercambios, sino ante el robo de bienes comunes culturales no para la alta cultura, sino para la alta costura.

Una última dimensión que deseo destacar del libro de Hobsbawm concierne al vínculo entre arte y poder, o sea, cómo el poder utiliza al arte y particularmente a la arquitectura. En efecto, el poder siempre requiere, por una parte, de símbolos en que el significado desborde al significante y, por otra, de la teatralización y de la exageración , es decir, el poder siempre requiere aparecer como más grande y majestuoso de lo que en realidad es, y para ello requiere precisamente de la monumentalidad arquitectónica. Estéticamente, tiene razón Hobsbawm, el legado es terriblemente malo, como  lo demuestra el espantoso monumento a Víctor Emanuel, rey de Italia, en Roma. No obstante, hay una función del arte respecto al poder, destacada por nuestro historiador, que nos debería interesar particularmente. Se trata de la función educativa o propagandista del arte y específicamente de la imagen. Pienso en el muralismo mexicano como libro gigantesco de enseñanza de la historia oficial por el Estado posrevolucionario, en su potencial pedagógico, en su capacidad para forjar una memoria social del pasado, pero también a contrapelo del entuerto arquitectónico romano, en sus virtudes estéticas.

Hay más temas abordados por Hobsbawm que ya no comentaré y que son igualmente apasionantes. Vale la pena mencionar por ejemplo el último ensayo que procura encontrar una explicación de por qué el cowboy sigue siendo un personaje mítico en el imaginario occidental. Es cuando me pregunté dónde encontró tiempo Hobsbawm para ver tantas películas, visitar tantas exposiciones y leer tantas novelas. Algo a su favor fue que vivió muchos años, casi un siglo, pero sobre todo la gran ventaja es que fue un gran historiador interesado, como debe ser el que practica este oficio, por todos los procesos humanos.



[i] Eric Hobsbawn Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX. México, Crítica-Ed. Planeta, 2013. Pág- 165.