RETRATO HABLADO
Una postal
Roberto García Bonilla
La novela de un autor contemporáneo de que recién descubrimos puede ser una revelación. Ese efecto tuvo en este redactor la lectura de Una postal, de Diego Sheinbaum (1974), quien dejó en un cajón del olvido Síndrome de Polonia, su primera novela. Su vocación por las letras y la ficción fue temprana aunque su formación, a bien, no lo refleja.
Al aparecer la adolescencia empezó leer literatura y Milan Kundera fue el primer imán catalizador del lector que leía a César Vallejo mientras presenciaba las clases sin escuchar al profesor; un día decidió redondear el periplo y, de vez en vez, abandonaba la escuela a media mañana e iba a leer a lugares públicos y, sobre todo, a escuchar las historias de los clientes habituales a esa hora: militares retirados hablaban de sus proezas y desventuras.
Junto al fervor de la pasión, muchas conversaciones y euforias etílicos, descubrió el gran placer por la lectura: “una explosión dionisiaca —escribe en notas autobiográficas, es natural, con acentos de invención—; pero junto al disfrute había también un elemento depresivo; la otra cara de la moneda de la cual no estaba consciente”. Poco antes de “edad de la razón” la escritura ficcional se inicia.
En esos días la pintura también lo deslumbró: “entrar a los museos se convirtió en un acto religioso. De manera absurda, me paraba horas frente a los cuadros, intentando que algo ocurriera, y a veces ocurría… Fueron años de estar perdido y a la deriva y las obras de arte funcionaban como anclas, me imaginaba quedándome frente a ellas toda una vida”. Esa efervescencia parece haberse domeñado con estudios de ciencia política, cursos de guionismo y estudios de posgrado en arte, literatura y pensamiento en la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona.
En su tesis doctoral se manifiesta es estilo de un ensayista con hondura que describe, argumenta, confronta. Vincula la realidad histórica con tópicos y constantes en la obra de J. M. Coetzee y contrasta con la categoría del “otro” en tres escritores (“J.M. Coetzee: el escritor y el otro. Variaciones en torno a Kafka, Defoe y Dostoievski”).
Penetra en los entramados que encubren los dictados del poder, la discriminación y los resquemores que el silencio que exhala la disgregación del Colonialismo, presente por siempre en la im-posición de fronteras movedizas entre realidad y ficción en pugna; las leyes constituidas en Sudafrica y la memoria impronunciable de los personajes. Para Sheinbaun en la crítica literaria coexisten historia, imaginación e intuición en un estilo abigarrado que fluye entre la búsqueda de tópicos fundamentales: tradición, identidad, formas (escriturales) se comparten: y el objeto (analizado) y el sujeto (analizante) de los que se deriva la triada: autor, lector y crítico literario. Se conjuga así una auto-reflexión sobre la existencia y el ser y sus circunstancias. El crítico más que un árbitro o decodificador de los discursos es un guía que reflexiona en voz alta -por escrito- su propia experiencia; no juzga desde afuera; se interioriza en los “saltos de la imaginación que intentan ocupar la posición del escritor y los dilemas que enfrentó”.
La relación de Sheinbaun con el imaginario de las artes plásticas y del cine como guionista se expresan como elementos delimitadores y conjugaciones entre la realidad y la ficción en La postal , novela corta que destaca por su economía de medios: sucinta en su laconismo y delimitada en una estructura compacta. La hondura de sus personajes reside más que en sus acciones en su carácter y los pasajes vitales que atraviesan, en general, abismados, que desgranan sus avatares alrededor de un médico que en una edad crítica advierte que ha entregado su vida a una institución de salud. El encierro en el hospital devino en una cárcel sin previa condena. Sin saberlo a bien ha buscado la asepsia, sobre todo, moral de sus allegados, por ende la de él mismo. Lucha por sublimar la mediocridad de la burocracia y las escenas de familia y sus rutinas en un hospital cuya imagen, como siempre, es distinta a los secretos de oprobio, de inercia que guarda.
La pulcra narración, cuya austeridad en la adjetivación y puntualidad de los cuadros o segmentos del texto, exhiben la precariedad existencial de sus personajes. El médico se guarece de la infamia cotidiana en la contemplación de libros de pintura renacentista: los detalles de las madonas o las fachadas de iglesias se agolpan (“La conjunción de un arco romano y un templo griego que parecen abrirse como vientre para dar la luz a la ciudad que ahora él recorre en su auto”); son una fuga ante el llanto sin humedad que le produce la depresión en tobogán de la esposa —adicta a los fármacos—; la vida secreta y las peligrosas relaciones de su hija —que antes de volverse anacoreta le entregó su devoción—, o el duelo melancolizado por el deceso de un hijo que volvió la vida hogareña un campo santo sin flores.
Al paso del tiempo el médico configura un enorme fresco en la que el dolor de los santos yacentes y el hieratismo de las vírgenes que observa, los transfiere a los decadentes cuadros de su vida a la que se suman desastres e intrigas que él esculpió a lo largo de los años antes que se le aparecieran como esperpentos en vigilia.
Sheinbaun intesifica la atmósfera opresiva de su narración y crea un subtexto —suerte de metavisión/metaficción— desde el arrobo que encierra al protagonista y se extiende al lector, la alusión a detalles pictóricos; la inserción de algunos —Campianto su Cristo morto, de Giotto; detalle del Infierno de Jardín de las Delicias de Hieronymus Bosch, y dos detalles de El descendimiento de Rogier van der Weyden, que asimismo ilustra la portada– son otra discurso de relato. El autor apela a una tradición estética y la atmósfera de su narración e insta al lector a una contemplación abierta que complementan y dinamizan el texto ante un repertorio fragmentario de pintores y obras. Tejidos de tradición plástica se integran Una postal, cuyo género es primordial para contar historias de vidas y, por ende, contar la historia; como la Historia del arte de Ernst Gombrich que deslumbró a Sheinbaun en su adolescencia.
La vida es un escenario, un gran mural performativo en el que aparecemos con múltiples apariencias y coreografías; la novela lo proyecta aunque, adjetivaciones aparte, los diálogos sean los mismos. El título de la novela alude a una postal que llega a manos del médico sin remitente: en ella aparecen dos mujeres desnudas por el bosque. La postal funge como talismán de los ideales de la existencia, necesarios para sobrevivir en medio de la inmundicia terrenal. También es la anunciación del deseo que se alejan de la vida cuando irrumpe la desgana vital: la vejez que a poco se instalará en el cuerpo ya como enfermedad.
Diego Sheinbaun es un ensayista y narrador maduro cuya obra ahora empezamos a reconocer y de quien esperamos la constancia.
robertogarciabonilla@gmail.com
Diego Sheinbaum, Una postal, México, Edit. Centro Cultural Zona Rosa, 2013.
