Eve Gil
Así, “Nuestro Chejov”, la nombró sin pelos en la lengua otra gran escritora: Cynthia Ozick. A Alice Munro, sus críticos y lectores le encuentran atributos que no son exagerados, aunque lo parezcan, el más celebrado es su habilidad para hacer que toda una vida discurra en apenas unas cuantos teclazos. Porque sus relatos no se restringen a la anécdota, el instante, el chispazo, sino que recorren analíticamente a todos los personajes, algo que muchos creen exclusivo del género novelístico. Alice no necesita alterar drásticamente el esquema tradicional del cuento para lograr ese efecto: “Tengo que conocer siempre a mis personajes, a profundidad —qué ropas elegirían, cómo se portarían en la escuela, etcétera— y de algún modo sé qué sucedió antes, qué sucederá después de terminado el relato. Les doy a mis personajes tanto como puedo”.
Autora de una sola novela, Lives of Girls and Women (La vida de las mujeres), esta singular cuentista (short story writer), cuyo nombre de soltera es Alice Clarke Laidlaw, nació en el seno de una familia de granjeros de Wingham, ciudad rural de Ontario, el 10 de junio de 1931. Aunque empezó a escribir durante su adolescencia, y publicó su primer historia antes de los veinte años de edad, no vio publicado su primer libro, Danza de las cortinas felices, sino hasta 1968. Antes que escritora, fue camarera, pizcadora de tabaco y empleada de una librería, y es graduada de la Universidad de Ontario. Para cuando obtuvo su diploma, se había divorciado de su primer esposo, James Munro, con quien se había trasladado a vivir a la Columbia Británica, junto a la zona rural de Ontario, uno de los escenarios más recurrentes de sus relatos. En 1972 casó en segundas nupcias con el geógrafo canadiense Gerald Fremlin. Desde su primer libro, Alice fue aclamada por el público y la crítica, aunque no es posible citar uno solo de sus libros como el más exitoso, pues todos lo son. Alice reconoce que, si bien, sus historias no son autobiográficas, sí están erigidas sobre una realidad emocional trazada a partir de su propia vida. Su mayor ambición, asegura, es contar la historia de la mejor manera posible, y no existe otra mejor que comprometerse con la narración, es decir, eso que algunos necios consideran “pasado de moda”; lo que se tiende a sacrificar en aras de un relumbrón de lenguaje. Así pues, los cuentos de Alice reflejan con una nitidez, a veces insoportable, lo que brota en un ser humano ante una situación límite. Como esas conversaciones entre adultos que de niños atisbábamos desde un escondite, a pesar de no comprender nada o casi nada, y de las cuales, sin embargo, intuíamos el ingrediente morboso, oscuro.
Alice no es tan conocida en Latinoamérica como su paisana Margaret Atwood. Incluso Carol Shields, otra extraordinaria novelista canadiense, nos resulta algo más familiar. Entre los pocos libros de Alice traducidos al español, considero pertinente destacar Odio, noviazgo, amor, matrimonio (RBA, Barcelona, Traducción de Marcelo Cohen, 2003), que es el nombre de uno de esos maliciosos juegos entre adolescentes inquietas por su futuro sentimental y erótico. Son, asimismo, los temas dominantes en la narrativa de Alice, para quien el amor y sus derivados son cosa seria… aunque también produzcan carcajadas. En la vida de todos, parece decirnos ella, hay una situación ridícula que ha desviado el rumbo de nuestra existencia o ha quebrantado la mediocridad de una vida. En el cuento que da título al libro, por ejemplo, la broma cruel de dos quinceañeras da pie al periplo pasional de una solterona que lo apuesta todo a un amor ficticio. En “Fuente flotante”, Jinny, la protagonista, recibe un inesperado beso el mismo día que le es diagnosticado un cáncer: “La besó en la boca. Era la primera vez, le pareció a ella, que participaba en un beso que fuese un acontecimiento en sí mismo. Todo el asunto en sí. Un prólogo tierno y un apartarse satisfechos” (p. 71). El beso de Jinny es sorpresivo hasta para el lector, que no espera la irrupción de la pasión en una circunstancia como aquella, y en una mujer indiferente hacia la vida que luce más que resignada con las malas pasadas de su vejiga, pero a Alice le gusta despertar a sus personajes con un violento soplido que los aterriza en la conciencia de sus debilidades y pasiones. Su secreto, dice Alice, es partir del recuerdo o de la anécdota, y revolver estos hasta hacerlos irreconocibles. “Intento imitar los mecanismos de la memoria, los trucos de los que nos valemos en diferentes etapas de nuestra vida y la forma en que dos personas cuentan una experiencia compartida, en forma completamente distinta”.
En “Los muebles de la familia” narra una experiencia a todas luces autobiográfica, aunque centrada en una pariente lejana de nombre Alfrida, una Doctora Corazón absolutamente banal e inculta, pero terminará robándonos el corazón. “Cada vez que volvía al territorio me acechaba un peligro —narra Alice, remontándose a los primeros años de su ejercicio literario—. Era el peligro de ver mi vida.
