SIEMPRE! DESDE AQUÍ
Un vecino fisgón
Alejandro Zapata Perogordo
Lo que suponíamos y siempre se daba como un hecho ahora sale a la luz pública como otro escándalo más de nuestros vecinos del norte. Hace unos días, la revista alemana Der Spiegel sacó a relucir información del exagente de la CIA, ahora refugiado en Rusia, sobre operaciones de espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense, en una acción denominada flatliquid, consistente en hackear las cuentas de correo encriptadas del entonces presidente Felipe Calderón y de su equipo de trabajo, así como las del candidato Enrique Peña Nieto y sus colaboradores, obteniendo con ello información privilegiada y calificada como lucrativa.
No debería causarnos sorpresa el espionaje como una forma de utilizar la inteligencia y tecnología para combatir al enemigo, incluso es aceptada a nivel mundial la colaboración, cooperación e intercambio de información, con reglas específicas, acuerdos previamente establecidos y bajo condiciones pactadas, con el objetivo de mantener la paz, propiciar la estabilidad y tranquilidad, mediante acciones para evitar y luchar contra el terrorismo, la delincuencia organizada, el lavado de dinero y algunas otras actividades que puedan poner en riesgo la seguridad nacional de los países.
Cuestión diferente e injustificable a meter las narices en nuestra intimidad. Lo menciono de esa forma, en tanto que Felipe Calderón y Enrique Peña no eran personas comunes —aunque lo hubiesen sido, tampoco habría justificación—, por el contrario, el primero ejercía el mayor cargo público del país, y el segundo como aspirante —en ese entonces— a ocuparlo, lo que así ocurrió. A ambos se les podría considerar como depositarios de la soberanía nacional, en consecuencia el incidente que ahora se ventila a la luz pública no es menor, ya que el agravio no puede ser considerado en lo individual, sino de un país a otro.
Las políticas injerencistas norteamericanas en relación con México se han dado con frecuencia en los últimos años; ahora, el problema ni comienza ni termina ahí, más bien, es producto de la manera en cómo nos ubican. En alguna ocasión, acompañado de fuertes críticas, el estimado amigo y compañero de legislatura Adolfo Aguilar Sinser (qepd) señaló que los norteamericanos veían a México como su patio trasero, probablemente no estaba muy alejado de la realidad.
Desde el punto de vista histórico, existen un gran número de anécdotas similares, superadas bajo el auspicio de liderazgos con visión de Estado, que han tenido la humildad de resarcir la dignidad de las naciones en ambos lados de la frontera.
Los recientes ejemplos, dan cuenta de ello: la operación —una de ellas— Rápido y Furioso introdujo ilegalmente armas a México, otra más donde dan dinero a uno de los carteles para —según la versión oficial norteamericana— seguir el camino del lavado, y así sucesivamente, sin mayor explicación.
En el Congreso norteamericano, cada vez que surge el tema mexicano, nos dan hasta con la cubeta, a nuestros migrantes les vulneran los más elementales derechos humanos, la fobia de policías como Arpaio, en Arizona, es un referente indiscutible de lo que piensan algunos segmentos sociales de ese país, sobre nosotros.
Se llegó a pensar al suscribir el Tratado de Libre Comercio en tener mayores procesos de integración, sin embargo, las barreras culturales, del idioma, las costumbres y las prácticas políticas nos han colocado únicamente en el terreno de socios comerciales y de manera estratégica en la relación de seguridad.
Este tipo de acciones erosiona las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos, son incidentes que provocan desconfianza y nos lastiman. Aquí no bastan discursos, como decía Manuel Clhoutier: “obras son amores, no buenas palabras”. Por otra parte, a ninguno de los actores le conviene estirar la cuerda, pues corre el riesgo de romperla, y existen temas que nos vinculan indisolublemente. Por otro lado, es indigno e inmerecido el trato irrespetuoso que hemos recibido, sin siquiera exigir públicas explicaciones.
La tolerancia, la prudencia y la sensatez obligan al gobierno y al Congreso mexicano al replanteamiento de las relaciones con Estados Unidos, ya no digamos bajo aspectos de confianza, que ésa se construye y se gana, siendo obvio que no se obtiene al amenazar nuestros valores y principios institucionales, se requiere contar con bases firmes, claras, inequívocas y bajo la garantía del mutuo respeto.
La mula no era arisca, así la hicieron.
