Una vacuna universal

René Anaya

El virus de la influenza A (H1N1), cuatro años después de haber recorrido el mundo, empieza a aportar sus primeros beneficios al ser humano. Lamentablemente no se trata de la puesta en marcha de medidas preventivas o programas nacionales de salud que busquen mejorar las condiciones higiénico-sanitarias de la población, lo cual sería deseable y posible, sino de investigaciones científicas en naciones con mejores condiciones de salud, como Gran Bretaña.

Por supuesto que son importantes las investigaciones que generan más conocimientos sobre los virus, pero también habría sido bueno que efectivamente la pandemia nos dejara ─además de pérdidas humanas y económicas─ la conciencia de que son necesarias campañas permanentes de promoción de la salud.

 

Los perniciosos virus de la influenza

En abril y mayo de 2009, la población mexicana vivió entre riesgos e incertidumbres la aparición y aumento de casos de influenza causados por un virus nuevo, que resultó de la combinación de segmentos del virus porcino asiático, del virus porcino clásico, del virus triple recombinante porcino y de una variedad de este último. Así quedó armado el virus letal de la primera pandemia del siglo.

En ese tiempo, la doctora Nancy Cox, experta en el genoma del virus A (H1N1) advirtió: “nuestros análisis muestran que todos los segmentos genéticos derivan del virus de la influenza porcina, pero aún no sabemos si los humanos se contagiaron directamente de los cerdos o de algún huésped que actuó como intermediario. Tampoco sabemos con certeza el huésped exacto en el que los virus han estado circulando hasta adquirir sus características actuales”.

Lo que sí se supo fue que la pandemia brindaba una buena oportunidad de estudiar su comportamiento en todos los países, gracias a los avances en la tecnología de la comunicación, ya que fue más rápido y sencillo seguir el avance de la pandemia para predecir su comportamiento.

Además del seguimiento epidemiológico, los científicos pudieron investigar directamente las modificaciones del virus de la influenza y rastrearon sus orígenes, de tal forma que en poco tiempo lograron crear una vacuna eficaz para contrarrestar los efectos del virus A (H1N1).

Pero eso no fue todo, un equipo de investigadores del Colegio Imperial de Londres se propuso comenzar un estudio cuando se detectaron los primeros casos de la pandemia, en otoño de 2009. En ese momento reclutaron personas que sanas, a quienes se les tomó muestras de sangre para su análisis. Posteriormente, se hizo el seguimiento de su estado de salud durante las dos oleadas de casos de influenza por el virus A (H1N1) que afectaron al Reino Unido.

 

Un hallazgo trascendental

Los voluntarios fueron 342 personas, en su mayoría estudiantes e investigadores del Colegio, con una edad promedio de 28 años. Al cabo de esas dos temporadas de influenza, analizaron sus resultados y encontraron una diferencia en la evolución del padecimiento, que se relacionó con el estado de su aparato inmunitario.

Se conoce que una de las principales líneas de defensa contra los virus son las células inmunitarias llamadas linfocitos T CD8 o citotóxicos, que son capaces de destruir las células del organismo infectadas por los virus; es decir que combaten la replicación de los virus de raíz, cuando comienza la infección. Con este conocimiento previo, los investigadores tuvieron una agradable sorpresa, pues encontraron que los voluntarios que habían sufrido síntomas leves de la influenza eran quienes tenían más células T CD8.

“El sistema inmunitario produce estas células en respuesta a la gripe estacional. A diferencia de los anticuerpos, se dirigen al núcleo del virus, que no cambia estacionalmente, ni siquiera en el caso de las nuevas cepas pandémicas”, ha afirmado el profesor Ajit Lalvani, coordinador del estudio que fue publicado en línea el 22 de septiembre en la revista Nature Medicine.

El investigador ha adelantado que “nuestros hallazgos sugieren que al hacer que el cuerpo produzca más cantidad de este tipo específico de células T CD8, se puede proteger a las personas contra las enfermedades sintomáticas. Esto proporciona el plan de acción para la elaboración de una vacuna contra la gripe universal”. Sin embargo, ha advertido con cautela que la producción de esa vacuna podría tardar unos cinco años, ya que “conocemos cómo y qué debe tener la vacuna, así que ahora tenemos que seguir trabajando para lograrlo”.

Por lo pronto, el hallazgo del mayor número de linfocitos T CD8 en personas más resistentes a la influenza, representa la confirmación del importante papel que juegan estas células en los sistemas de defensa del organismo humano, por lo que se podría modificar el enfoque de la búsqueda de vacunas antivirales. En lugar de crear anticuerpos específicos para los virus, se podría procurar la reproducción de los linfocitos T CD8, lo que podría ser el primer fruto de la influenza A (H1N1).

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