Sara Rosalía

 Tanto Aline Pettersson como José Emilio Pacheco, las únicas notas que he leído (una en la Jornada, la otra en Proceso), aseguran que Alice Munro escribe sobre personas comunes y corrientes, gente sin historia. Sólo conozco dos cuentos de la más reciente Premio Nobel y en ninguno de los dos textos se cumple lo dicho por Aline y José Emilio. No dudo, por supuesto, de que esa temática sea dominante en los otros cuentos.

En “La paz de Utrecht”, Munro narra el encuentro de dos hermanas, antiguas cómplices en una batalla sorda contra una madre enferma, un poco loca y demandante de atención. En el pasado, una de las hermanas, la que narra, se fue a la Universidad y acabó por fugarse de la casa por medio del matrimonio. La otra, sin reproches, se quedó  a cuidar a la madre hasta su muerte. Una tía acusa a la hermana de haberse desecho de su madre al obligarla a permanecer en el hospital y de este oblicuo modo causar su muerte. La hermana justifica la acción asegurando que la madre estaba muy enferma y no se le podía tener en casa. La narración de Munro nos deja en la ambigüedad ¿la estancia en el hospital era insoslayable? ¿es la causa de la muerte de la madre? ¿La hermana ausente la justifica, porque la otra se sacrificó? Al margen de estas dudas, que coloca a una de las hermanas como supuesta o real responsable de la muerte de la madre, estoy convencida que los personajes no son comunes y corrientes, ni carentes de grandes acontecimientos, ya que no queda en la ambigüedad la verdadera guerra entre el egocentrismo de la madre que trata de esclavizar a sus hijas y la lucha de las hijas por huir una  y sacrificarse hasta cierto límite la otra. Para mí, todas son situaciones extremas y los personajes tienen la tentación (quizás no consumada) de matar a la madre que, para mayor zozobra, en la visión de este relato en primera persona se lo merece.

Mejor todavía es “Radicales libres”. Después de la repentina muerte de su marido, una viuda, enferma de cáncer, no siente deseos de relacionarse con amistades que ocasionalmente la llaman e incluso con amigas sinceras que, por su cercanía, comprenden la necesidad de estar sola. Al escuchar un ruido, va hacia la puerta y un hombre desea revisar los fusibles de la casa. Con sobresalto, la mujer le franquea la entrada. Él pide algo de comer, ella acepta prepararlo y de repente se da cuenta que está a merced del hombre que confiesa que  acaba de matar a su familia. Ella, con objeto de ganar tiempo, le asegura que mató a la primera esposa de su marido con una planta venenosa. En el trascurso del relato él bebe té y toma vino, sorpresivamente para ella (y para el lector) él decide irse, no sin amenazarla que si lo delata por los asesinatos de su familia (padre, madre y hermana), él la acusa de la muerte de Bette, la primera esposa. Anonadada por haber salvado la vida se queda en un sillón hasta que la policía le avisa que, en su coche, que se llevó el hombre, se mató un asesino y la felicita de que no se haya tropezado con tan peligroso sujeto.

Otra vez la ambigüedad, ¿el hecho de haber matado a su familia lo hizo conducir el auto hasta caer al río? ¿fue un suicidio? ¿el té o el vino estaban envenenados e hicieron perder el control al hombre? ¿Ella, en efecto, inventó esa historia del asesinato de la primera esposa envenenada sólo para ganar tiempo? De lo que no me queda duda es que los personajes no son comunes y menos gente sin historia. No lo son, ni el asesino de su familia, ni la mujer que no sabemos si acabó por matar al asesino. En mi comentario se omitieron muchos detalles, pero sobre todo lo bien tramado y lo terrorífico que es el relato de la anciana, supuesta o realmente indefensa. El asunto es como de Hitchcock. En los dos aparecen mujeres desamparadas, enfermas y en peligro de muerte. En ambos relatos, la vida familiar es un enfrentamiento a muerte. Tanto en “La paz de Utrecht”, como en “Radicales libres” hay una construcción de los personajes perfecta y el lector queda atrapado por la sutileza y ambigüedad de las narradoras-protagonistas.

No irá a Estocolmo

La escritora canadiense, de 82 años, no se arriesga a un viaje trasatlántico, así que por razones de salud, padeció un cáncer recientemente y se le colocó, tiempo después, un by pass, no recibirá personalmente el premio. Casualmente, tampoco pudieron acudir dos de las mujeres recientemente galardonadas: la austriaca Elfriede Jelinek y la británica Doris Lessing. Por cierto, a la Jelinek, una editorial marginal mexicana, le pidió algunos textos para conformar un libro. La escritora, en primer lugar, no cobró derechos de autor y luego, las regalías por el libro, las donó a la APPO de Oaxaca. Sí, a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca.

Trece mujeres distinguidas por el Nobel en Literatura

El Premio Nobel se entregó por primera vez en 1901, sin embargo, se suspendió a causa de la Primera Guerra Mundial en 1914 y 1918, y luego por la Segunda Guerra Mundial tampoco se concedió de 1940 a 1943. Alrededor de unos 97 escritores hombres lo han recibido y a ese número hay que sumar las trece mujeres que han sido distinguidas con el Premio. Alice Munro es la número 13

De ellas, hay que destacar a Selma Lagerlöf que fue la primera en recibirlo, en 1909, y Gabriela Mistral que fue la primera latinoamericana. Es curioso, además, que su discípulo, Pablo Neruda, también lo obtuvo. Pearl S. Buck, lo recibió en 1938 y se reanudó el premio con la Mistral en 1945, quien estuvo en nuestro país por los años veinte, invitada por José Vasconcelos, a la cabeza entonces de la Secretaría de Educación Publica. Neruda también residió entre nosotros como diplomático y se le otorgó el Águila Azteca.

Sin embargo, el Nobel consentido de México, o al menos de quien esto escribe, es Gabriel García Márquez, quien, además, aquí escribió Cien años de soledad. No todos los Nobel están incluidos en la Biblioteca Nobel, pero el colombiano aparece, además de con la obra ya mencionada, con El amor en los tiempos del cólera. En esa biblioteca seleccionada por cien escritores del mundo, sólo un mexicano aparece: Juan Rulfo. Por cierto, que la obra elegida por sus colegas del mundo es Pedro Páramo, mientras a quien esto escribe le gusta todavía más El llano en llamas. El único Nobel de México es Octavio Paz. Rigoberta Menchú ha obtenido varios premios literarios con Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, escrita a cuatro manos con Elizabeth Burgos Devray, pero su Nobel es por la Paz y no por su literatura.

Todavía recuerdo a José Enrique González Ruiz, abogado democrático y ex rector de la Universidad Autónoma de Guerrero, deteniéndome en Ciudad Universitaria para que una amiga mía y yo firmáramos una petición del Nobel para Menchú. Apenas se fue le dije a mi amiga: qué loco, ¿verdad? ¿quién le va a dar el Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú? Naturalmente que se lo merecía, pero una mujer exiliada aquí y perseguida por el gobierno de Guatemala me parecía inverosímil que un jurado del Nobel la reconociera. Por cierto, que no tan radical pero también de izquierda, es Miguel Ángel Asturias, el otro Nobel guatemalteco.