Eusebio Ruvalcaba
Hace unos días estaba bien tranquilo, trabajando en casa, cuando recibí una llamada de Citlalli Fuentes, amiga dulcísima que siempre está en mi corazón. Ella iba en el auto con su padre y me preguntó ¿qué música venimos oyendo, Eusebio? A ver, ponle más fuerte, dije yo, que con trabajos alcanzaba a escuchar aquella música. Cuando lo hizo, identifiqué de inmediato de qué se trataba. Ni más ni menos que del cuarteto para piano y cuerdas en sol menor de Johannes Brahms. Pero no acaba ahí la cosa. Por alguna extraña coincidencia —Marguerite Yourcenar afirmaba tenerle enorme respeto al azar, y Stefan Zweig, en su autobiografía El mundo de ayer, dice que cuando el azar se atraviesa no hay quien lo venza—, por alguna coincidencia inexplicable, la música que sonó tras el auricular y que venía colmando el automóvil de Citlalli y su papá, era justo ese movimiento llamado Rondo alla Zingarese. Presto.
Ese movimiento consta de 8 minutos y 18 segundos.
8 minutos y 18 segundos para descubrir América. Para emprender una aventura hacia lo desconocido, allí donde el misterio y la magia se dan la mano.
8 minutos y 18 segundos para sentir en carne propia el amor en todos sus matices, ¿o no es este movimiento una declaración de amor desesperada de Brahms por Klara Schumann, la mujer de la que siempre estuvo atrozmente enamorado?, ¿acaso no es este movimiento la reacción de un hombre que levanta los brazos al cielo y grita por un poco de compasión, se lo grita a una mujer que en forma rotunda se mantenía leal a la memoria de su marido, el celebérrimo y trágico Robert Schumann?
8 minutos y 18 segundos. No más ni menos en la versión de Tamás Vásáry al piano, Thomas Brandis al violín, Wolfram Christ a la viola y Ottomar Borwitzky al chelo. 8 minutos y 18 segundos en los que, nota a nota, silencio a silencio, golpe a golpe, percibimos la respiración de un hombre que agoniza sin esperanzas de que su corazón sea reivindicado; aunque bien trate de incorporarse, y por instantes lo logre. Johannes Brahms era un búfalo, un viejo lobo que sabía del espíritu de las mujeres. Hay fotografías suyas rodeado de admiradoras —no en balde escribió numerosas obras para coro femenino. Pero en la misma medida sabía que el amor que se fijó como meta era poco menos que imposible. Así son los grandes amores. De eso se trata. De sufrir hasta la ignominia. Cosa que Brahms desdibujó bajo los acordes hercúleos de su música, pero que está allí: ese desconsuelo que a los trágicos hacía felices, y que el maestro asumió hasta las últimas consecuencias.
8 minutos y 18 segundos. ¿De veras se necesita más para morir? Porque ese riesgo se corre, cuando se escucha esta música sin estar prevenido. Se vale. Es perfectamente válido. Uno no decide ni dónde ni cuándo morir, pero bien puede canalizarse la vida hacia allá. O desviarla, cuando se opta por la pusilanimidad. Mejor educarse para satisfacer el apetito de desfallecimiento que late en cada uno de nosotros. Porque la belleza es peligrosa. Cuando uno la toca, cuando se la convoca ya no hay modo de echarse para atrás. A partir de ese momento le pertenecemos a la belleza. Y no nos dejará en paz. Que conste.
8 minutos y 18 segundos. Con eso le bastó a Brahms. Sentir cómo las cuerdas van irrigando el alma de calor humano y de una inefable melancolía. Sentir cómo el alma se va quedando maltrecha a lo largo de este movimiento, cómo termina convertida en un guiñapo, en una vil jerga apestosa y deshilachada, apenas apta para que Klara Schumann se limpiase los zapatos (eso le hubiera gustado oír a Brahms). 8 minutos y 18 segundos de atormentada tristeza.
Discografía. Este cuarteto para piano y cuerdas de Brahms exige todo de sus intérpretes, y no nada más en su movimiento alla Zingarese, sino en sus cuatro tiempos por igual. Pues allí está la versión impecable de Tamás Vásáry al piano, Thomas Brandis al violín, Wolfram Christ a la viola y Ottomar Borwitzky al chelo, o la de Derek Han al piano, Isabelle Faust al violín, Bruno Giuranna a la viola y Alain Meunier al chelo. En fin, como todo lo bueno, no hay mucho para escoger.
