A contracorriente

México frente al espionaje de Estados Unidos

René Avilés Fabila

He visto, escuchado y leído largas polémicas sobre el espionaje que Estados Unidos le propina a sus enemigos y también a sus mejores amigos. Unos lo justifican en vista de que es el blanco de los ataques terroristas y con razón: los intereses norteamericanos son brutales y han sabido crear multitud de odios y rechazos. Otros critican con dureza el derecho que esa potencia se ha dado a sí misma de espiar a todo el mundo. Nadie se pone de acuerdo, opinan según sus simpatías con el imperio y quizás con el presidente Obama.

En México, donde la vecindad y los lazos económicos hacen innecesarias las tareas de espionaje, se ha polemizado sobre si la reacción del gobierno mexicano fue tibia o excesivamente cautelosa. Hay quienes opinan que el país debió ser como Brasil y su mandataria, quien aprovechó el encuentro en la ONU para regañar públicamente a Obama.

Con cinismo, las autoridades norteamericanas han justificado en sus temores la actividad violatoria del derecho internacional público. Les parece, incluso, natural. No es una conducta insensata o desacorde con el llamado Destino Manifiesto. Dios le concedió a la naciente potencia el derecho divino de controlar el planeta, de imponerse. Y lo ha conseguido. Tiene entonces, dicen ellos, derecho a defenderse de sus rivales y enemigos, incluso a saber qué piensan los líderes de las potencias afines, es decir, sus aliados. Por ello ha espiado a franceses, ingleses, alemanes y demás países. Lo hace además porque tiene la tecnología y le interesa saber qué harán extraños y ajenos a sus conductas políticas.

Sin duda me sumo a las personas que suponen que la reacción de México no fue suficientemente vigorosa, que suena como de rutina. Le faltó patriotismo, escribió alguien en un exceso de nacionalismo. Pero no parece que si sube el tono, como lo hizo la presidenta de Brasil, Peña Nieto vaya a obtener algo. A lo sumo una respuesta vaga y simplona como la que ya le dieron. Obama, no importa que sea demócrata y a ellos los consideremos menos atrasados políticamente y favorables a México, no tiene mayor interés en México, es casi suyo. El presidente norteamericano sirve a los interés de su país y su nación está fuertemente sujeta por una infinita y compleja red de grandes intereses industriales, comerciales y bursátiles. Con ellos querrá quedar bien, no con nosotros.

En este caso, el patriotismo sale sobrando cuando no tenemos control del mercado internacional, dependemos de EU y de nadie más. Mejor tratemos de que en lo futuro México tenga una política exterior inteligente, que diversifique sus relaciones comerciales y que más adelante tenga la fuerza moral que antes tenían los gobiernos mexicanos, para enfrentarse al gigante. Por ahora carecemos hasta de principios diplomáticos y nuestros embajadores se sujetan a rutinas acordes con las ideas vagas que el presidente de la república posee. Un bagaje ciertamente deplorable.

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