Patricia Gutiérrez-Otero

En estos días de festejo de los muertos hubo una saturación en la televisión, incluso de paga, de programas y películas sobre todo tipo de fenómenos paranormales o sobrenaturales que van desde los vampiros, con sus variantes; los de brujas; poseídos, exorcismos, fantasmas y la racha que lleva ya tiempo de los muertos vivientes y los zombis (cuyo principal representante es George A. Romero), pero independientemente del abuso temático de temporada propio de las televisoras sorprende ver que es ya una constante en los programas televisivos y en la cinematografía la presencia casi constante de este tipo de temas.
Una variante dentro del contenido de fantasmas es el elemento cercano al que se encuentra en los exorcismos: el tema del mal en sí mismo. En series como Actividad paranormal (2012, dirigida por Henry Joost y Ariel Schulman y escrita por Zack Estrin, de la que actualmente ya ha salido al público la cuarta película) se introduce de manera explícita la diferencia entre la presencia de los fantasmas que son cargas energéticas de personas que fallecieron y que aún deben arreglar algo en el mundo de los vivos, y la presencia del mal quien nunca fue un ser viviente. En esta serie se usan cámaras de televisión para mostrar la actividad perceptual de entes paranormales. En otras series, como Buscadores paranormales, también usan tecnologías especializadas como micrófonos, cámaras y aparatos especiales para captar vibraciones energéticas que adjudican a seres no pertenecientes al mundo de los vivos. En una sociedad atea, agnóstica y proclive a creer sólo en lo que la ciencia prueba, los productores de televisión y cine apuestan a hablar de un tema como lo sobrenatural e incluso el mal usando tecnología de punta. Sin embargo, ¿por qué traer a colación el tema del mal en sí mismo? ¿Por qué ya no basta hablar del tema de fantasmas, vampiros, hombres lobo, zombis que nos hablan de la posibilidad de una realidad que está aquí pero que no vemos? ¿Qué introduce en el panorama moderno pensar en la existencia del mal en sí mismo?
Una primera respuesta sería que el ser humano moderno, hijo de la crítica racionalista, no puede evitar querer saber si hay algo más allá de lo que percibe con los cinco sentidos. Si otra realidad coexiste con la perceptible y si se puede tener un contacto con ella. Su racionalidad empirista lo niega, su curiosidad lo busca.
La segunda es querer saber de dónde viene el mal en el mundo. Encontrar una causa a lo que parece no humanamente explicable: crímenes siniestros, abusos inimaginables, torturas crudelísimas… Actos que vemos a diario en los periódicos. Encontrar una causa externa al ser humano ayuda a disculparlo de la responsabilidad de estos actos o ayuda a saber cómo evitarlos ahí donde hasta la psiquiatría muestra sus límites. Parece que el ser humano busca, sin saberlo, qué hay detrás de los actos más perversos de los seres humanos.
Las religiones, no sólo la católica, han sostenido que el mal en sí mismo existe tanto como el bien en sí mismo. Algunas lo han puesto en el mismo ser divino, otras lo han diferenciado y opuesto. Varias han subordinado el mal en sí mismo al bien en sí mismo, pero han dado cierta autonomía al mal para tentar al ser humano (sobre todo las religiones abrahámicas). El más grande poder del mal en sí mismo no es tomar posesión de las personas, de alguna manera es cuando muestra su mayor vulnerabilidad, su mayor poder es lograr que las personas hagan el mal, el verdadero, ese que vemos en los diarios a diario, sin que se vea su presencia, por eso se insiste en que diga su nombre. Lo vemos en la política, en el crimen organizado, en la Bolsa, en los lugares donde el poder, el orgullo, la avidez pisan cualquier otra cosa. Lo demás es lo de menos.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.

pgutierrez_otero@hotmail.com