Ricardo Muñoz Munguía
A raíz de la reciente celebración de sus setenta años de vida, y cuarenta de su labor creativa —la que le ha valido, entre otros, el Premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí, el Premio Antonio Mediz Bolio y finalista del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes, además de la medalla que le otorgó el Congreso de su estado natal, la Héctor Victoria Aguilar, máxima presea que se otorga a nombre del pueblo yucateco—, Agustín Monsreal (Mérida, Yucatán, 1941), nos hace un balance sobre estas décadas en las que evoca sobre su destino, apunta hacia su quehacer literario y desvela la identidad del dolor que le ha provocado la muerte. Y, sin embargo, enfatiza lo que tiene en esencia: la felicidad.
Poeta y narrador, Agustín Monsreal es autor de los libros, por mencionar algunos, de los poemarios Punto de fuga y Canción de amor al revés, y de los volúmenes de cuentos Los ángeles enfermos, La banda de los enanos calvos, Las terrazas del purgatorio y Desde el vientre de la ballena. En la presente charla abre con el acento que recae en la edad.
—No es cualquier cosa llegar a esta edad. Es una gran satisfacción porque a la distancia del tiempo encuentro la respuesta que da el trabajo que he realizado; de hecho pocas veces me he dado cuenta de que uno está presente aun sin pretenderlo o quererlo. El ir sembrando de a poco es ir descubriendo que hay varios rumbos donde está la obra, eso es sumamente halagador, es la cosecha de lo que he trabajado a lo largo de más de cuarenta años.
—En mi adolescencia, sobre todo, me fascinó su labor narrativa, principalmente en La banda de los enanos calvos, por la fuerte carga de irreverencia que usted le inyecta a su labor.
—No sabes la enorme satisfacción que me da ese libro. Hace pocos días me invitaron los maestros, los que están en sus campamentos en el plantón del Monumento a la Revolución, para platicar con ellos porque me leyeron en su adolescencia, precisamente con La banda de los enanos calvos. Eso es satisfactorio pero a la vez aumenta mi compromiso y la responsabilidad de lo que haga, de lo que escriba…, todo se junta con la irreverencia de ese libro. Lo que hice con el Diccionario al desnudo y con lo que hago actualmente con las minificciones —procurando continuar con esa línea que Edmundo Valadés le otorgó la carta de naturalización al género de la minificción; él le llamaba el cuento breve o cuento brevísimo—, me han dado la oportunidad de representar lo que fue la revista El Cuento y estar en algunos lugares, por ejemplo Argentina, donde nos dedicaron la parte de la minificción en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Eso nos marca porque nos hace ver que aún tenemos en las manos la sensibilidad, la inteligencia y varias ideas puestas en su lugar que nos hacen seguir trabajando en lo que, como digo ahora, no ha sido un oficio o una profesión que tenga que ver como un negocio la literatura, es un destino que pretendo cumplir a cabalidad todos los días.
—Precisamente sobre esta postura, díganos cómo es su encuentro con la literatura y cómo se entera que escribir será su destino.
—Primero, el encuentro fue muy al azar. Llego un poco tarde porque a los diecinueve o veinte años jamás había leído un libro y me topé de buenas a primeras con el teatro y la posibilidad de hacer teatro popular. Ahí fue un descubrimiento pleno para mí, y empecé a tener contacto con el mundo de las letras porque para hacer teatro se debe leer las obras y para declamar se debía tener contacto con la poesía. Fue fortuito y me enamoré profundamente y para toda la vida, sobre todo de los personajes femeninos de la tragedia griega, que empecé a asimilar con algunas personas de la vida cotidiana que yo tenía a mi alcance. Empezó a entrar en mí la inquietud, primero, como ya lo dije, haciendo teatro, pero después representando lo ya escrito por otros. Es así como se da en mí la necesidad de escribir. Naturalmente, en aquella época, no lo consideraba que eso fuera mi destino, de eso me di cuenta con el tiempo cuando supe que no podía hacer otra cosa en la vida más que escribir, que para eso había nacido, que ése era mi sentido, mi propósito en la vida…, y para entonces ya habían pasado varios años.
—¿Algún autor, además, en especial, lo jaló hacia la literatura?
—El que traje por varios años a cuestas fue a Dostoievski, él me hizo pensar a fondo en la condición humana y eso me marcó porque hizo que reafirmara lo que había obtenido con los griegos, principalmente con los personajes femeninos. Este autor me hizo entrar en la condición humana, en esas zonas oscuras que generalmente tratamos de no ver o de ocultar o de negar; aprendí que tenemos que sacarlas, descubrir esa otra parte porque la naturaleza humana está hecha de esa luz y esa sombra, y la sombra se oculta pero también descubrí que es la que le da vida en la mayoría de los casos a la obra literaria.
—Usted es un hombre de muchas ideas y proyectos, por ello le pregunto si existen trabajos que no ha podido llevar a cabo por falta de tiempo.
—Cada cuento que escribo es un proyecto de toda la vida, en él pongo todo de mí. Una cosa con la que ya me gusta jugar es con lo inacabado, creo que cualquier ser humano a la hora de morir deja algo inconcluso: algún proyecto que no se realizó, un sueño que no tuvo la oportunidad de poner sobre la tierra. Por todo eso mis proyectos que emprendo no tienen grandes expectativas, trato que sean cumplibles en un plazo determinado. Aunque me temo que voy a dejar varios proyectos inconclusos porque soy un tanto disperso para trabajar, pues tengo unos cinco o seis libros sin terminar, incluidos cuentos que son historias sin finiquitar.
—¿Así también es con la lectura, de tomar varios libros a la vez?
—Así es, definitivamente. Esa dispersión la llevo a ese terreno porque mi naturaleza no está en la fidelidad a un solo proyecto o a una sola situación, ¡a una sola persona sí!, pero a lo demás no. Yo, por ser autodidacta, me tuve que estar nutriendo de muchas voces de aquí y de allá y eso me llevó a ese caminar al azar en línea recta. Finalmente todo va a dar al mismo lugar, que es un proyecto, aunque las fuentes de las que estoy abrevando sean distintas, en ocasiones múltiples.
—Mencionó “la hora de morir”, ¿cuál es su visión sobre la muerte?
—La muerte es algo que siempre le ocurre a otros. De ahí, no tengo ninguna idea de lo que es la muerte. De lo que sí tengo una idea clara es del dolor, del sufrimiento inmenso de lo que significa la muerte de un ser amado. Yo he sufrido dos pérdidas inmensas en mi vida que me han enseñado lo que es tocar fondo en el dolor. Hace ya más de cuarenta años la pérdida de mi madre y hace un año y tres meses la pérdida de la que fue mi esposa, mi mujer, mi compañera, a lo largo de veintiocho años, y que me hundió en el más hondo de los abismos tratando de saber qué es la muerte, cuál es el propósito, qué significa…, y al mismo tiempo que se presentaba la muerte de mi esposa, estaba el nacimiento de mi bisnieto. Es entonces que todo continúa, que sólo se trata de ciclos. Quizá por esto, las historias sin terminar, vendrá quien las continúe o que las concluya. Tanto la vida como la literatura es eso: un movimiento perpetuo. La muerte, como ese accidente de enorme dolor, también nos enseña que todo sigue, que se trata de una historia que nunca termina. Lo importante es que la presencia del ser amado está ahí todo el tiempo.
—¿Con alguno de sus personajes siente que exista algún reflejo con usted, una especie de alter ego?
—Quizá en La banda de los enanos calvos me vea en el personaje Heliogábalo Basílides. Me gusta jugar —no voy a mencionar los nombres— de los otros personajes con los que a veces firmo y que también están presentes en esta cuestión de abrevar de muchas fuentes, se da también la posibilidad de ser varios o ser muchos, de ser múltiple en la personalidad y no responder a una sola, sin que esto tenga que ver necesariamente con una enfermedad mental, es parte de la diversión que proporciona la literatura, parte del juego de la vida, el poder estar en diferentes situaciones, en muchas posibilidades de crear la propia vida, o incluso la misma leyenda de la vida.
—Esa figura multifacética también está reflejada en su obra, en sus personajes…
—Una de las mayores inquietudes que he tenido como escritor es la de la creación de los personajes. El personaje, para mí, es fundamental en cualquier hecho literario que yo emprenda. La posibilidad de crear personajes verdaderamente creíbles me lleva a buscar estructuras, técnicas o formas nuevas para que la voz del personaje sea auténtica de él y no yo representando al personaje todo el tiempo, sino yo poniéndome al servicio de ese personaje que estoy creando, y he logrado esa verosimilitud al grado de que me han dicho que soy multiequis en muchas formas; multisexual, por ejemplo, porque lo mismo con personajes femeninos y masculinos que con personajes homosexuales, que he incidido en ellos como parte de la condición humana. Ha sido una cuestión no sólo de ponerme realmente en los zapatos de los personajes sino caminar con ellos, ver qué se siente ser personaje. En dos ocasiones he sentido que lo logro: una, cuando en el Centro Mexicano de Escritores —cuando yo tenía la beca de ahí—, al cabo de unos seis meses de una época que estaba yo muy incestuoso en los temas de mis cuentos, llegó un momento en que a media lectura golpeó sobre la mesa Juan Rulfo y me dijo: “de una buena vez ya, dígame qué se trae usted con su hermana”. Yo dije: si un viejo lobo como éste se traga lo que estoy escribiendo, eso quiere decir que lo estoy haciendo bien. Y, la segunda ocasión, cuando estoy escribiendo sobre una mujer embarazada que está sola en su casa y que nada más está recordando cosas…, una especie de tedio existencial pero sintiendo al mismo tiempo cómo crece en su vientre la vida. Cuando yo estaba escribiendo este cuento llegó un momento que sentí pataditas en el estómago, fue entonces que dije: ya, aquí está el personaje. Procuro meterme mucho en mis personajes para poder trabajar con ellos, vivir con ellos, experimentar lo que ellos están sintiendo. Y respeto profundamente su personalidad, y no sólo eso sino hacerme por completo a un lado porque la vida es de ellos, no mía, y la voz también les pertenece.
—¿Qué proyecto o proyectos tiene en puerta?
—Es terminar el libro de los pigmeos —publiqué hace unos años Los hermanos menores de los pigmeos y ahora estoy terminando Los pigmeos vuelven a casa—, que es de minificciones. Y al mismo tiempo escribo un cuento que se llama “Mamá duerme sola esta noche”, un cuento que está siendo muy muy muy largo, de ciento y tantas cuartillas…
—¿Se trata entonces de una novela?
—Es lo que todo mundo dice y es donde yo salgo a la defensa de que es un cuento porque considero que la cuestión de los géneros no es una cuestión de extensión sino de personajes y de situaciones. Entonces defenderé que a lo mucho es un cuentote, más que una novela.
—¿Quiere agregar algo a la charla?
—Sí, creo que la literatura me ha dado la opción de vida, que para mí es fundamental, la de ser útil y la de ser feliz. Yo le corrijo un poco la plana a Borges, ya lo he dicho, que pese a todos los golpes, a todas las tragedias que he vivido, puedo decir que he sido un hombre feliz y eso, en mucho, o lo que sería la mayor parte del volumen existencial, se lo debo a la literatura, porque me ha dado eso y más.
