LA REPÚBLICA

El viejo régimen no admitía deslealtades

Humberto Musacchio

En Tampico, donde forjó su imperio, murió Joaquín Hernández Galicia, más conocido por el mote de La Quina, hombre nacido en el puerto de Veracruz en 1922. Fue uno de los líderes gremiales más poderosos del país y el viejo régimen lo encumbró para dejarlo caer cuando dejó de serle funcional. Hizo méritos para ser señalado como líder charro del sindicato petrolero, pero muchos trabajadores y sus familias le guardan una respetuosa admiración por sus obras sociales y su paternalismo.

Tenía 18 años cuando ingresó a trabajar en Pemex y ya dentro hizo una carrera sindical que se aceleró en los años cincuenta, cuando fue secretario del Trabajo, coordinador político y, en 1961, secretario general de la Sección Uno del Sindicato Nacional de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, para saltar de ahí al liderazgo del Comité Ejecutivo Nacional.

Hombre sin escuela, entendía que el empleo de la política evita la violencia, pero que ésta debe emplearse cuando fallan las medidas pacíficas o si la situación requiere el escarmiento de unos para advertencia de todos. De ahí que se le culpara de la muerte de algunos de sus adversarios, lo que a mediados de los años sesenta motivó que fuera desplazado desde las alturas del poder. Pero ese mismo poder, cuando se sintió amenazado por el movimiento estudiantil de 1968, lo llamó y su estrella se fue de nuevo para arriba.

La Quina recobró su poder, pero sabio como era, prefirió ejercerlo sin figurar formalmente como líder del sindicato, donde ponía y quitaba dirigentes. Se conformó con el cargo de director de Obras Sociales del sindicato y todos los aspirantes a un cargo sindical lo empezaron a llamar líder moral del gremio petrolero y como tal fue reconocido por las autoridades.

En ese cargo desplegó una intensa actividad a favor de los trabajadores y sus familias, aunque de paso él mismo se hizo de una casona en las Lomas de Chapultepec, otra en Cuernavaca y por supuesto su búnker en Tampico. Se opuso a la intentona de privatizar el petróleo en tiempos de Miguel de la Madrid y vio el peligro que significaba el llamado grupo Compacto, con sus Chicago Boys y otros tecnócratas. De ahí que a trasmano apoyara la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a la Presidencia de la República en contra de Carlos Salinas de Gortari, quien no se lo perdonó, pues en enero de 1989, ya como presidente, hizo sembrar un cadáver en la casa de Tampico, donde fue aprehendido el dirigente con un impresionante despliegue de militares en funciones policiacas.

Fue su final. El viejo régimen no admitía deslealtades.