Gabriela Cerna
En un lento día, el último de un personaje anciano, lo que acontece frente a su mirada de él, se refleja en su intimidad, en su sentir. El lenguaje narrativo que le inyecta Michel Lipkes, director del filme Malaventura, es de paso lento porque en escasas escenas, quizás una docena de ellas, se deja ver toda la película.
El acierto que tiene la ópera prima de Lipkes, es la fuerza de las imágenes para, en esos largos cuadros, adentrarse en lo que sucede en el interior del personaje, en su sentir del último día que está presente sin misericordia la soledad, el peso de los años, la monotonía, la escasa vida
—que no vida respirable, sino vida vívida— que se le va de las manos pero no por salud, pues no adolece de ningún mal evidente el anciano.
El filme de Michel Lipkes ocupa escenarios poco conocidos del Centro Histórico de la Ciudad de México pero también de otros lugares que se dejan ver sombríos y semidesérticos. En estos sitios el anciano de un gesto duro, que sugiere el peso de la soledad, primero en su casa donde ve televisión, se prepara para salir a las calles (escenas larguísimas) del Centro de la capital mexicana. El señor de más de ochenta años habrá de pasar a pie por estas calles para llegar a un domicilio en el que se sugiere le dan los globos con helio para venderlos en un parque, donde se le ve en una banca esperando a dos tipos que llegarán en un carro viejo, quienes le cobran “cuota” o son quienes le dieron la materia prima (eso no se sabe), después lo dejan nuevamente en una calle del parque. Sigue lo que puede ser el único gozo del globero anciano: éste se va a lo que seguramente es el Cine Teresa, en el Eje Central, a ver una película pornográfica pero después de pocas escenas prefiere salirse para, innecesariamente, ir a un terreno baldío donde encuentra una rata muerta, y ahí se acuesta. Hasta aquí el hombre no habla. Más adelante, en una especie de cantina de mala muerte están otros ancianos jugando en la mesa: uno lee “reflexiones”, que repite “el tiempo de siembra aprende, el tiempo de cosecha enseña…”… Ahí llega el octagenario a tomar unos tragos de alcohol, además de lo que se preparó en el camino: combinó alcohol con una botella de cola para tomársela en su camino. En ese lugar se hará acompañar en su mesa de una prostituta de unos setenta años. Otra vez la calle, donde ocupa un teléfono público para hablar con lo que sabremos es una mujer pero él se arrepiente y no habrá de contestar. Se le ve caminando en la noche en calles vacías hasta caer cerca de una fuente, y una sombra arrastrándose.
Malaventura, de fotografía oscura y borrosa, arriesga mucho a la tolerancia del espectador con una historia mínima y no porque se trate de un solo día.
