RETRATO HABLADO
Julio Cortázar, Corrección de pruebas en Alta Provenza
Roberto García Bonilla
Julio Cortázar (1914-1984) es uno de los artífices del boom latinoamericano, una figura carismática que provocó a cientos de miles de lectores con su jovialidad e ímpetu reivindicador tan elevado, en proporción, a sus casi dos metros de estatura y su delgada complexión. De mirada nerviosa, su rostro lo protegían muchas pecas. Cosmopolita de padres argentinos, nació en Bruselas y a los cuatro años se asentó con su familia en los suburbios de Buenos Aires (Banfield). Siempre aspiró la equidad para su continente signado por la agitación y el colonialismo. Llegó a París a los treinta y siete años y ahí se estableció. En 1981 se nacionalizó francés como protesta a la dictadura argentina (1976-1983). Estuvo alerta de las transformaciones políticas en América Latina, sobre todo desde la Cuba naciente en 1959 con Fidel Castro al frente. Se alimentó de todas las vanguardias artísticas de los albores del siglo XX que sirvieron de trinchera, resguardo y ruptura, aunque poco antes del hito de su revelación llamada Rayuela no tenía la certeza de sus alcances.
El Libro de Manuel ha sido considerada una obra menor. Juan Villoro anota que “representa su búsqueda más personal; ahí el diario íntimo convive con desahogos sobre las limitaciones y los anhelos de un novelista que quiere cambiar el mundo y sólo puede cambiar la página […] La ética y la estética sufrieron con el experimento”. El escritor mexicano nos introduce —en Corrección de pruebas en Alta Provenza— en el ambiente que rodeó el alumbramiento del Libro de Manuel: durante el verano de 1972 Cortázar se interna en Saignon, a ochenta y cinco kilómetros de Marsella. Carga una dotación de vino y latas de conserva que guardó en una camioneta Volkswagen, Combi, que él llamó el dragón, y se aisló para corregir las pruebas de galeras del Libro de Manuel.
Cuando un autor tiene en sus manos las pruebas finales de un libro, se encuentra en la antesala de un nuevo libro con todas las expectativas, augurios y temores ante el fracaso después de meses o años de afanes ante el papel o el monitor en blanco; también significa la posibilidad de limpiar, decantar, incluso de cambiar el sentido de algunos pasajes, más o menos, breves.
Mientras tenía la última oportunidad de pulir su novela, Cortázar enfrenta y advierte los riesgos de la posteridad de la obra, antes de su nacimiento. En Provenza, Cortázar escribió algunos de sus mejores cuentos, cuando podía abandonar las oficinas de la UNESCO en París, donde laboraba como traductor.
Esta corrección es un diario cuya utilidad rebasa el testimonio; es un autoexamen y también un paratexto del libro en ciernes; nos lleva a imaginar cuál sería la recepción de una obra si a modo de exordio o colofón los autores dejaran algunas líneas sobre la última lectura de sus textos antes de entregarlos al mundo, a los deseables y deseados lectores potenciales. Este ejemplo es un dechado de cabalidad: un pensamiento con identidad propia dialoga con el creador de mundos que habitan entre sueños y calabozos. Ambos habitan el mismo cuerpo. El conflicto emerge sin remedio: “Lo narrado proponía algunas exploraciones externas e internas que cada vez creo imprescindibles en una teoría y una praxis revolucionarias siempre amenazadas de estatismo en sus diversas acepciones, no quería vedarme ninguna provocación en la escritura y por consiguiente en la lectura”. Revela su transformación y sus aspiraciones entre Rayuela y el Libro de Manuel; de la búsqueda ontológica de Oliveira al ser con esencia política que encarnaba Manuel. El costo fue arduo y Cortázar lo pago con satisfacción, y en Corrección de pruebas se propone revelarlo; reconoce ambos libros y los riesgos que conllevó. Aceptó la trampa de la realidad; aceptó la identidad argentina del pibe Manuel, incluso la lingüística.
Cortázar nos deja ver que su corrección era más que una “corrección de pruebas”: frente a esa versión final aún se debatía sobre el problema del tuteo y el voseo; el autor dudaba de cómo le sonaría a sus editores y a sus futuros lectores.
Un lei motiv en ese periplo fue la atrocidad del 5 de septiembre de 1972; poco antes del amanecer, un grupo de terroristas asalta la residencia de los atletas israelíes en la Villa Olímpica y retiene a nueve rehenes; cuando se resistían dos deportistas fueron asesinados (se exigió la liberación de 250 palestinos presos en cárceles israelíes). El saldo final fue la muerte de once deportistas israelíes y cinco guerrilleros palestinos. Los juegos olímpicos continuaron. La radio trasmitía el repudio de dignatarios y celebridades; el escritor advierte la falsedad de los discursos (“la tregua, la paz de los juegos olímpicos en esos días en que los pueblos olvidan sus diferencias y sus querellas”).
Situado en la época, Corrección de pruebas también es el documento de un escritor preocupado por la identidad, más allá de las nacionalidades, el respeto de los ciudadanos; es la lectura en voz alta y ante el espejo de un narrador cuyo tiempo, en todo sentidos le concernía. Este breve texto en su intensidad es un modelo de las interrogantes con que un autor, aun con el encumbramiento que había alcanzado con Rayuela, tiene la dignidad y humildad de aceptar sus yerros (“Sé que nunca bajé la guardia mientras escribía el Libro de Manuel, y que las falencias y las torpezas no derivan de lo que ahí inventé sino de mis defectos de escritor”). No es fortuito que Julio Cortázar hubiese encabezado a ese grupo de escritores ante los que se rindió Europa y Estados Unidos, conocidos como el boom latinoamericano.
Julio Cortázar, Corrección de pruebas en Alta Provenza, RM, Barcelona, 2012.
@rgarciabonilla
