Pensamiento a fondo
Patricia Gutiérrez-Otero
El tema del apoyo a la actividad cultural por parte del gobierno es uno de los asuntos recurrentes con cada cambio de gobierno. Algunos gobiernos muestran más sensibilidad a este tipo de actividad, otros menos. Este interés se traduce en general en la cantidad de dinero que se destina para la creación, difusión, infraestructura, reducción de impuestos, financiamiento de organismos, etcétera, relacionados con la vida tipo cultural y artística. Cada vez que un nuevo gobierno reduce la cantidad destinada a la cultura, el gremio que se identifica y/o resulta perjudicado con esta decisión sale a defender los derechos de la cultura. Es algo recurrente y loable siempre y cuando se defienda la cultura y el arte en sí (pues en realidad todo quehacer humano es cultura) y no sólo al que beneficia a un sector en el que se incluyen los defensores.
En el actual gobierno priista, y esto sí a diferencia del viejo PRI, el conocimiento y la cultura culta, disculpen el pleonasmo necesario, no brillan, por el contrario, están ausentes. En el PRI de los tecnócratas parece que los libros de texto son ya el summum del conocimiento, incluyendo sus faltas de ortografía. Por ello, el presupuesto para la cultura ha disminuido en relación con periodos presentes: “En 2012, la Cámara de Diputados aprobó un presupuesto de 16 mil 663.20 millones de pesos para cultura; en diciembre pasado se autorizaron 16 mil 533.63 millones, y Peña Nieto envió una propuesta de 12 mil 592.39 millones de pesos” (La Jornada, lunes 30 de septiembre de 2013). La cultura, como muchos otros aspectos de la vida social de los mexicanos, son patitos feos en el panorama que vislumbran los actuales dirigentes bajo las normas de Estados Unidos, del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, entre otros, encaminados a hacer de México un país maquilero, cuyos habitantes se parezcan más a los omegas del Mundo Feliz de Huxley que a los Alfas, quizá haya Betas, y algunas reservas indias.
Sin entrar aquí en detalles sobre temas domésticos en relación con los individuos o grupos apalancados que gozan en México de muchos de los apoyos para la creación artística; sin plantear el hecho de que los grandes creadores no necesariamente han tenido que vivir de su trabajo creativo sino que han tenido un trabajo de autosustento independiente del de su creación —pienso en Franz Kafka que fue oficinista; en el Jorge Luis Borges bibliotecario; en Baruch Spinoza, tallador de lentes y tantos otros—; sin insistir en que la falta de apoyo a la cultura y las artes es un negrito más en un arroz quemado que debe atenderse y por el que debe lucharse de manera conjunta, sí creo que hay que salvaguardar el espacio necesario para el florecimiento de las culturas que no son la cultura hegemónica implantada a través de los medios masivos de comunicación, a través de la publicidad, por los intereses del mercado; salvaguardar la creación artística libre de amenazas, pero también de chantajes económicos del mercado o del Estado. Desde hace mucho he firmado cartas para exigir que se respete el presupuesto a la cultura y las artes, y seguiré, para no ceder espacios a un modelo de vida que nos quieren imponer, insistiendo en que esta lucha no puede deslindarse de otras que están llevando a nuestro país a callejones sin salida como la laboral, la financiera, la educativa, la energética.
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