Rubén Sánchez Monsiváis
Segunda de tres partes
Los libros en el Porfiriato
Se debe recordar que durante el porfiriato, la educación laica tuvo un retroceso, porque proliferaron las escuelas privadas, que eran las que educaban a los hijos de las “buenas familias”. Desde luego las editoriales que publicaban los libros de texto utilizados en estos colegios tuvieron un crecimiento moderado, pero aún así la producción de libros era reducida porque la mayoría de la población no sabía leer ni escribir. Por estos años se empezaron a importar los primeros equipos automatizados de impresión aptos para mayores tirajes, esto hizo posible que la producción de libros pasara de la etapa artesanal a la industrial.
El proyecto editorial de la Revolución Mexicana
Durante la Revolución Mexicana, estas dos ramas de la industria se vieron afectadas por la falta de crecimiento económico, pero este panorama cambió a partir de la década de 1920, cuando el Estado se convirtió en un fuerte impulsor de la publicación de libros, en especial en el periodo durante el cual José Vasconcelos estuvo a cargo de la Secretaría de Educación. Es conocido que Julio Torri promovió un vasto programa editorial que incluyó la edición de textos clásicos, que se distribuyeron de manera gratuita, cuando fundó el Departamento de Bibliotecas de la SEP.
Tanto en el decenio de 1920 como en el de 1930, la educación (básicamente la alfabetización) fue una de las prioridades de los gobiernos postrevolucionarios, ya que el pueblo de México se hallaba muy dividido por las diferentes facciones que encabezaban los caudillos y por la oposición de los conservadores y del clero a las reformas de carácter laico que llevaron a cabo los gobiernos. En 1934, el Congreso de la Unión aprobó la propuesta del Partido Nacional Revolucionario (PNR) de modificar el artículo tercero constitucional, que ya reformado, establecía: “la educación impartida por el estado deberá ser socialista, excluir toda doctrina religiosa y combatir el fanatismo mediante la inculcación de un concepto racional y exacto del universo y de la vida social”. Asimismo, ampliaba las facultades del gobierno federal tanto para controlar los distintos grados del sistema educativo como para vigilar el funcionamiento de las escuelas privadas.
Aunque se intentó alcanzar este objetivo durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, con resultados modestos, la administración de su sucesor, Manuel Ávila Camacho, volvió a tolerar la educación de tendencia conservadora que impartían los colegios privados.
El Fondo de Cultura Económica
Beatriz Rodríguez Sierra en su trabajo de investigación para obtener el doctorado en Biblioteconomía y Documentación en la Universidad Complutense de Madrid, comenta que un ejemplo del papel del Estado como impulsor de la industria editorial del libro lo constituye la fundación de Fondo de Cultura Económica en 1934 por un grupo de intelectuales mexicanos, para publicar obras de economía, que eran necesarias pero que resultaban poco atractivas comercialmente para las editoriales privadas. Hacia 1940, FCE había expandido la comercialización de su catálogo a todo el mercado de habla hispana.
Los exiliados españoles
En esta misma década, algunos exiliados republicanos establecieron editoriales, imprentas y distribuidoras de libros. Aparecieron empresas como Editorial Leyenda, especializada en arte e historia, EDIAPSA de don Rafael Giménez Siles, Unión Tipográfica Hispano Americana (UTHEA) de González Porto, Grijalbo de Juan Grijalbo, Joaquín Mortiz, ERA de Espresate, Rojo y Azorín, y muchas más. Estas empresas le dieron un fuerte impulso a la publicación de libros, a tal grado que empezaron a exportar a otros países de América Latina e incluso a España. Hacia 1951 estas editoriales habían publicado más de 2 mil 250 nuevos títulos.
Es notable la labor que llevaron a cabo Grijalvo, EDIAPSA y UTHEA cuya organización mercantil las situó entre las más importantes de habla hispana.
Las historietas
Abro aquí un paréntesis para incluir un fenómeno que hizo posible el avance de la industria editorial a partir de 1930 y que se extendió hasta 1980: la producción de revistas, en especial las historietas, que logró establecer un amplio mercado. De nueva cuenta tenemos que recurrir a datos históricos que ya son parte de nuestra cultura. Varios diarios mexicanos aprovecharon el gusto de los lectores por las caricaturas y por las diminutas historietas que algunas empresas habían utilizado en el siglo XIX para promover la venta de sus productos, y empezaron a incluir las tiras cómicas en las primera dos décadas del siglo XX. Hacia 1930 aparecieron las primeras historietas en formato del comic book estadounidense. Esta industria tuvo un crecimiento exponencial, pues era una forma barata de entretenimiento y de lectura sencilla. Hacia 1950 redujeron su formato para que los lectores pudieran llevarlas en los bolsillos, lo que ayudó a que incrementaran notablemente sus ventas; hubo historietas que vendieron más de un millón de ejemplares a la semana e incluso algunas, como Kalimán, Lágrimas, Risas y Amor, El libro Vaquero y Memín Pinguín llegaron a la cifra récord de dos millones. Sin embargo, la empresa más exitosa fue Editorial Novaro que empezó a traducir los comics estadounidenses con gran éxito entre las clases medias. Incluso las exportó a todos los países de América Latina y a España, de esta manera pronto se convirtió en la mayor empresa editorial del habla hispana. Después produjo sus propias historietas, revistas especializadas y libros. Infortunadamente desapareció en el decenio de 1980, debido a la mala administración de sus nuevos dueños. Por estos años, México era el mayor consumidor de historietas por habitante del mundo, pues imprimía cerca de 40 millones al mes. Las principales editoriales eran Editorial Argumentos, Editorial EJEA y Novedades Editores. Esta industria tuvo su declinación en la década de 1990, debido a diferentes factores, o debo decir, para hablar como los tecnócratas “variables”: el aumento de los precios del papel, la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores (gracias a las políticas neoliberales) y la obsesión de los editores por publicar historietas semipornográficas. En la actualidad esta industria subsiste a duras penas, con ventas máximas de 50 mil ejemplares a la semana.
Libros de texto
Este auge de la industria editorial mexicana también se vio reflejado en la producción de libros de texto escolar, en virtud de que este mercado había crecido, como resultado de los esfuerzos realizados por los gobiernos para educar a la población, lo que aumento no sólo la matrícula de las escuelas primarias, sino de las secundarias, preparatorias y las instituciones de enseñanza superior. Varias empresas dedicaron todos sus recursos a la producción de estos libros, entre ellas Editorial Trillas, Limusa Wiley y UTHEA. Entre los decenios de 1950 a 1980 hubo textos escolares que se convirtieron en auténticos éxitos de ventas (o best sellers) y que enriquecieron a las editoriales y a sus autores, al punto de que algunos de ellos fundaron sus propias empresas. Muchos de nosotros recordamos libros como los de Arquímedes Caballero, el libro de música del maestro Sandi, Etimologías Latinas de Agustín Mateos, etc.
Cuando asumió la presidencia Adolfo López Mateos, en 1958, aún era numerosa la población del país analfabeta. A esto su sumaba la pobreza que impedía que muchos mexicanos pudieran enviar a sus hijos a la escuela. En opinión del secretario de Educación Pública, Agustín Yañez (discípulo de Vasconcelos) no se podría solucionar este problema si los padres de los niños carecían de los recursos para comprar los libros de texto. Por ello decidieron lanzar una masiva campaña de alfabetización, en la cual cada menor en edad escolar debía cursar al menos la educación básica, con libros de texto pagados por la Federación. De esta manera surgió en 1959 la Comisión Nacional de Texto Gratuito (CONALITEG). Esta decisión ocasionó muchas protestas de diversos sectores conservadores, que se oponían a que los alumnos de escuelas privadas recibieran estos libros que tenían contenidos contrarios a su ideología. A pesar de sus objeciones, con esta medida de cierta manera se cumplía el anhelo de Benito Juárez de homogeneizar la educación. Desde luego, las editoriales privadas se opusieron, pero como compensación, el gobierno les ofreció el mercado de secundaria, que se convirtió en el más disputado. Sin embargo, la SEP determinó que para que un libro pudiera adoptarse en secundaria, debía contar con la aprobación del Consejo Nacional Técnico de la Educación (de hecho estableció un comité de evaluación para cada materia) integrado por funcionarios de la propia secretaría. Las editoriales se dieron a la tarea de producir los textos necesarios, y para asegurar la aprobación buscaron tener como autores a propios miembros de dichos comités. De esta manera lograron tener ventas de mayores a los 100 mil ejemplares. Cito un ejemplo. Como puede suponerse este mercado era muy disputado y en muchas ocasiones hubo quejas de los editores que no resultaron beneficiados.
Esta situación cambió radicalmente en la década de 1980 cuando se descentralizó la educación y ya no fue posible lograr la adopción unánime de los textos, aunque he de aclarar que aún persisten los que podríamos considerar best sellers.
Los libros universitarios
Por su parte, las facultades de la UNAM y las escuelas del Politécnico requerían libros de texto adecuados para sus programas de estudio, pero había pocos títulos adecuados escritos por autores mexicanos o de habla hispana, por eso se hizo necesaria la traducción de obras, sobre todo las escritas en inglés, aunque también se tradujeron del francés, alemán e italiano. Las editoriales que empezaron a realizar esta labor progresaron rápidamente. Es digno de mención el caso de González Porto, un inmigrante español que primero llegó a Cuba donde se dedicó a la venta de libros de puerta en puerta. Cuando se trasladó a México siguió con esta labor, pero al hacerlo se dio cuenta de que los libros que más vendía eran textos en inglés de ingeniería, física, química y medicina. Sin dudarlo mucho, compró los derechos para la publicación de estos libros en español, se rodeó de un grupo de asesores y fundó una editorial muy exitosa.
Hubo casos como en el de Nueva Editorial Interamericana establecida por Jorge de la Vega, de origen cubano, que se convirtió en la mayor empresa productora de obras de medicina en español y que exportó a España e incluso a Filipinas; también se debe mencionar a Editorial Trillas y Limusa Wiley. Una anécdota curiosa: en 1976 hubo una huelga de las facultades de psicología en Colombia para protestar porque casi todos los libros de psicología eran de una empresa extranjera: Editorial Trillas.
Los nuevos diarios
Vuelvo a los diarios: los gobiernos del PRI no variaron su política con los periódicos, pues siguieron entregándoles subvenciones económicas y en especie: el papel diario (por medio de PIPSA, entonces la comercializadora estatal de este insumo). Cabe mencionar que PIPSA era la única compañía autorizada para vender papel diario. Sin embargo, hubo periódicos como el Excelsior, dirigido por Julio Scherer García, que mantuvieron su autonomía informativa, esto disgustó al gobierno de Echeverría que maniobró para destituir a este periodista y entregarle el periódico a uno de sus incondicionales. A pesar de estos intentos, por fortuna surgieron nuevos diarios y revistas como La Jornada y Proceso (de Scherer) que mantienen su actitud crítica al gobierno.
Las editoriales extranjeras
El mercado de las obras traducidas al español experimentó un cambio en el decenio de 1960 cuando las empresas propietarias de los derechos advirtieron que el mercado mexicano resultaba atractivo, amén que desde aquí podrían exportar sus obras a todo el resto del continente. Fue así como empezaron a operar en el país editoriales como McGraw-Hill, Prentice Hall y McMillan.
En esos años CBS, que era la propietaria de las principales compañías que editaban libros de ciencias de la salud realizó la compra hostil de Nueva Editorial Interamericana. Su estrategia consistió en presionar al dueño, Jorge de la Vega, para que les cediera la editorial o de lo contrario le quitarían los derechos de traducción de las obras de mayor venta. De manera paradójica, tres años después, CBS salió del mercado editorial e Interamericana fue adquirida por McGraw-Hill.
La CANIEM y el neoliberalismo
En 1964 las editoriales con sede en México se unieron para fundar la CANIEM, Cámara Nacional de la Industria Editorial, que desde entonces fue el organismo que las representó. A pesar de que esta cámara defendió, no siempre con tino, los intereses de sus agremiados, poco pudo hacer cuando el gobierno de Miguel de la Madrid adoptó el sistema neoliberal, que favoreció la importación de libros provenientes de España, los cuales entraron a precios de dumping, ya que el estado peninsular reintegraba a sus editoriales el costo del papel. De esta manera aparecieron en el mercado mexicano miles de títulos a bajos precios, lo que perjudicó gravemente a las empresas locales, en especial a las dedicadas a la producción de novelas y libros de interés general (incluidos los talleres de impresión, negativos y encuadernación).
Libros y revistas en la actualidad
Me referiré de nuevo a los diarios, en la actualidad en la República Mexicana se publican más de 300 periódicos, que tienen una circulación diaria de 9 millones de ejemplares. En la capital del país se publican unos 25 periódicos, algunos de ellos con distribución nacional.
En lo que respecta a las revistas, se ha observado una disminución en el volumen de ventas, sin embargo en la actualidad operan con buenos resultados Expansión, Armonía, Televisa, Contenido e impresiones aéreas. Merecen una mención aparte las revistas y suplementos culturales como los que editan la UNAM, otras universidades públicas y privadas, algunas revistas como Siempre, el Museo Nacional de Antropología, CONACULTA, Antropología e Historia, que tienen un público lector más o menos constante.
Desde 1980, los gobiernos han considerado prioritario, al menos en su discurso público, el crecimiento del mercado nacional del libro y el acceso de todos los mexicanos a los materiales impresos. Para ello han emprendido acciones como el Programa Integral de Fomento a la Lectura 1986-1988 y “La feria del Libro Infantil y Juvenil”. En el periodo de Carlos Salinas 1988-1994, se creó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que tiene una dirección de publicaciones, la cual aporta recursos públicos para financiar coediciones con las casas editoriales mexicanas.
Los gobiernos de Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, también llevaron a cabo proyectos culturales que de poco sirvieron para fomentar el hábito de la lectura, y que más bien han tenido efectos nocivos para la Industria Editorial.
Dada la tendencia ultraconservadora de los gobiernos del PAN, ha habido retrocesos en la educación laica, e incluso intentos por introducir las clases de religión en las escuelas públicas. Acorde con esta tendencia hicieron cambios en los programas escolares que intentan borrar toda referencia a los sucesos históricos en los cuales la Iglesia fue un elemento de retroceso. Actualmente las escuelas privadas, con la anuencia de las autoridades, imparten una educación distinta a la que se da en las escuelas oficiales. Aunque tienen que llevar por ley los libros de texto gratuito, no los utilizan y obligan a comprar a sus alumnos libros de editoriales privadas, que tienen contenidos diferentes a los que dictan los programas oficiales. No obstante estas escuelas obligan a sus estudiantes a llenar cada fin de curso los libros de texto gratuito, para cumplir con las normas de esta secretaría.
Las editoriales que actualmente dominan este mercado, como Santillana que pertenece al mismo grupo que edita El País, presionan para se quite la gratuidad de los libros de texto, pues este mercado es enorme, y como ejemplo cito un dato: cuando se empezaron a publicar los libros de texto gratuitos, el gobierno de López Mateos imprimió 117 millones de ejemplares; en el gobierno de Felipe Calderón este tiraje superó los mil millones.
El libro de texto gratuito ha sido modificado de acuerdo con las tendencias ideológicas de los gobiernos en el poder. Inicialmente fueron escritos y diseñados con la supervisión de la SEP y tuvieron una calidad más que aceptable, puesto que participaron en su elaboración intelectuales, académicos y artistas de reconocido prestigio. Sin embargo, los gobiernos neoliberales dejaron que empresas privadas, favorecidas del régimen, se hicieran cargo de esta labor con los resultados que ahora tenemos a la vista casi 200 errores ortográficos fácilmente detectables y un sinnúmero de errores de redacción.
En lo que respecta al mercado de novelas, ensayos, crónicas, libros de interés general y los que ofrecen las fórmulas para ser el mejor vendedor del mundo, alcanzar la felicidad en cuatro pasos, vivir con plenitud el amor y el sexo durante doce sexenios con la misma pareja, debo decir que se haya dominado por empresas extranjeras, en especial españolas.
