Rubén Sánchez Monsiváis
Primera de tres partes

 Cuando se habla de la industria editorial, el común de la gente piensa en las empresas privadas que arriesgan su capital para producir libros. Sin embargo, desde sus orígenes esta industria ha tenido al menos dos vertientes: las empresas que publican periódicos y las que se especializan en libros. Cada una de ellas tiene a su vez múltiples variantes. Por ejemplo, entre las compañías que se dedican a la producción de libros están las que editan textos escolares, académicos, de referencia profesional; las que publican obras de literatura infantil, filosofía, poesía, novelas, política, libros para especialistas y de interés general. Algunas forman parte de conglomerados trasnacionales y complementan su negocio con la edición de revistas (especializadas o de interés general). Las empresas periodísticas también aprovechan sus instalaciones para publicar revistas, suplementos y en ocasiones libros. Además, hay compañías que sólo hacen revistas: de moda, turismo, sociales, del llamado mundo del espectáculo, de programas y artistas de la TV. Otras editan revistas de antropología, historia, geografía, literatura, etcétera.

La industria editorial en la era electrónica y neoliberal

Por la índole de los productos que elaboran, las editoriales se encuentran entre las empresas que más resienten los vaivenes de la economía, ya que los artículos que ofrecen no son de primera necesidad. Se puede deducir fácilmente que en una situación de crisis económica, como la que padece el mundo desde hace más de tres décadas, cuando se adoptó el modelo neoliberal, muchas editoriales pequeñas y medianas hayan desaparecido o hayan sido absorbidas por grandes consorcios internacionales. A esta situación adversa se suman las nuevas tecnologías que compiten con las publicaciones tradicionales impresas y encuadernadas en papel. De hecho, todas las compañías del ramo han tenido que iniciar la edición en formato electrónico (PDF) de las obras que integran sus catálogos para su venta por internet. Si bien este recurso ofrece ciertas ventajas, como la reducción sustancial de los costos de producción, ya que no utiliza tres de los insumos más caros: papel, impresión y encuadernación, también es desventajoso para las editoriales de los países en vías de desarrollo en los cuales no toda la población tiene acceso a estas tecnologías, y porque deben competir con los grandes consorcios trasnacionales, que cuentan con una mayor variedad de títulos y de mercados más amplios en los países desarrollados lo que les permite ofrecer menores precios de venta.

Por su parte, las empresas periodísticas han experimentado una notable reducción en la venta de sus ejemplares impresos, en gran medida por la competencia de los medios electrónicos, en especial la televisión, tanto pública como de paga. Varias de las editoriales que publican periódicos y que gozan de gran prestigio en Estados Unidos y Europa se han visto obligadas a suspender sus publicaciones impresas para dedicarse sólo a la edición electrónica, lo que ha ocasionado despidos masivos de personal.

En México, se suman otros problemas

Además de estos problemas, la industria editorial de nuestro país enfrenta otros como el poco hábito de lectura de la población en general, que es apenas del 2 %. Nuestro nivel de competitividad en materia de comprensión de lectura nos ubica, según la OCDE, en el lugar 35 en una escala mundial. Esos factores, aunados a otros que se mencionarán más adelante han ocasionado que anualmente la producción de libros haya disminuido 4.2% y las ventas 5.2% durante la última década. Puede considerarse que esta drástica reducción ha dado lugar a una auténtica crisis. Sin embargo, de manera paradójica, la oferta de libros ha aumentado; esto se debe a las ediciones que cuentan con patrocinio gubernamental. En efecto, el gobierno mexicano, por medio de la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito (CONALITEG), de editoriales como Fondo de Cultura Económica, CONACULTA y de las coediciones con diferentes organismos públicos, como el INBA, las secretarías de estado,  etc.), se ha convertido en el principal productor de libros, desplazando a la industria privada.

La CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana) da un dato revelador: en 1991 tenía registrados a 423 editores privados; para 2013 esa cantidad se redujo a sólo 230 (con una diminución anual, en este periodo, de 23.6%). Desde luego, estos datos no muestran el panorama completo, pues no todos los editores son miembros de la cámara. De hecho, las llamadas editoriales independientes han empezado a unir fuerzas, porque en su opinión la CANIEM sólo defiende los intereses de los “texteros”. Al unirse buscan tener mayor influencia y disponer de mejores canales de distribución para promover los libros que integran sus catálogos. De manera marginal están las que operan en el mercado “informal” (las editoriales piratas), que copian las obras editadas y sólo invierten en los costos de papel e impresión, por lo que pueden vender los títulos a precios más bajos, en perjuicio de las empresas establecidas. Es difícil calcular cuántos ejemplares venden las empresas piratas al año, pero se estima que captan de 10 a 15% del mercado.

De acuerdo con el INEGI, la crisis económica ha ocasionado una reducción drástica en el número de empleos y un descenso significativo en los salarios de los trabajadores de esta industria.

La disminución o el aumento mínimo de las ventas han hecho que se encarezca el precio de los libros y que se hayan reducido las exportaciones. Simultáneamente han crecido las importaciones, en especial de libros y revistas españoles.

El caso de los diarios no es muy diferente, pues la mayoría subsiste gracias a la compra de espacios por parte del gobierno, y muy pocos pueden presumir que viven de sus ventas al público o de la publicación de anuncios y publicidad. Desde luego, estos subsidios le permiten al gobierno asegurar que los medios impresos publiquen la información que conviene a sus intereses.

Cabe aclarar que ni la crisis económica mundial ni los factores antes mencionados explican cabalmente lo que sucede con la industria editorial mexicana. Se debe considerar que hay antecedentes históricos que pasan inadvertidos, pero que influyen en su desempeño y evolución.

Al principio, libros religiosos y algunos más

Es sabido que en la capital de la Nueva España se estableció, en 1539, la primera imprenta que hubo en el Nuevo Mundo. Es decir apenas 18 años después la caída de Tenochtitlan. La instalación de este aparato inventado por Gutenberg casi cien años antes, fue resultado de las gestiones que hicieron el Arzobispo de la Ciudad de México, Juan de Zumárraga y el Virrey Antonio de Mendoza, ante el rey de España Carlos V (Carlos I de España). Estos personajes adujeron ante el monarca que era esencial publicar libros religiosos para la evangelización de la población autóctona y documentos oficiales del virreinato. Poco años más tarde se instalaron imprentas en otras ciudades de la Nueva España. Sin embargo, la mayor parte de los libros que se leían en la colonia provenían de la península ibérica.

La historia oficial narra que durante los siglos XVI al XVIII y la primera década del XIX, el libro fue sobre todo un instrumento de adoctrinamiento; sin embargo, gracias a las imprentas, que también funcionaban como editoriales, se publicaron no sólo obras religiosas, sino también de gramática, literatura, medicina, leyes, música, etc. Se debe mencionar que casi todas ellas pasaron primero por la censura de la Inquisición, ya que en 1553, el papa Julio III emitió un decreto según el cual no se podía imprimir ningún libro sin el permiso de esta institución. Esta prohibición motivó que se introdujeran subrepticiamente los libros que difundían las nuevas ideas de los pensadores europeos.

Los primeros diarios

En 1722 se publicó el primer diario editado e impreso en nuestro país, La Gaceta de México y Noticias de la Nueva España, que fundó el clérigo Juan Ignacio de Castorena y Ursúa. Esta publicación sólo apareció durante seis meses. Desde entonces a los diarios se les dio un uso práctico. Según Jorge Calvimontes, autor del libro El periódico, era posible encontrar en las gacetas narraciones de sucesos de la época, ensayos de autores nacionales o extranjeros sobre diversos temas, como astronomía o el cultivo de las zanahorias. Explica que “en las colonias el periódico se popularizó porque se adaptaba a las necesidades de hombres ocupados que requerían información práctica en lenguaje cotidiano”.

Imprentas volantes para la Independencia

Durante los once años que duró la Guerra de Independencia (1810-1821) se redujo de manera muy notable la producción de libros, aunque surgieron las llamadas imprentas volantes (o ambulantes) que fueron instrumentos importantes para difundir las ideas de los independentistas en periódicos y panfletos. Cuando terminó esta lucha, la actividad editorial permaneció estancada, debido a las constantes guerras internas y las luchas por el poder impidieron que la economía en general se reactivara.

Tres meses después del inicio de la Guerra de Independencia surgió en México el periodismo político con la aparición del Despertador Americano, el diario fundado por el cura Miguel Hidalgo en Guadalajara el 20 de diciembre de 1810, que tuvo como director a Francisco Severo Maldonado.

Zarco, Prieto y Ramírez, perseguidos

Posteriormente, aparecieron otros periódicos como el Pensador Americano, dirigido por José Joaquín Fernández de Lizardi, el Sud de José María Morelos, el Correo Americano del Sur dirigido por José Manuel Herrera, etcétera. Durante la Guerra de Reforma, de nuevo los periódicos y los panfletos fueron los medios para difundir las ideas de liberales y conservadores.

Durante la Intervención Francesa (1862-1867), la prensa desempeño una función de importancia, a pesar de la persecución que ejerció el gobierno imperial en contra de los periodistas que apoyaban la causa republicana (Francisco Zarco, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez). Los periodistas liberales, no sólo tuvieron que ocultarse y huir constantemente, sino que fueron objeto de ataques de escritores al servicio del gobierno monárquico de Maximiliano en publicaciones como El Boletín de Orizaba, El verdadero eco de Europa, La Opinión, La Reacción y El Veracruzano, además de los diarios de la capital, La Prensa y El pájaro verde.

 

 

Juárez y su reforma educativa

Cuando el gobierno liberal, presidido por Benito Juárez, derrotó al Segundo Imperio, restableció la vigencia de la Constitución de 1857, que decretaba el carácter laico de la enseñanza. Según explica Beatriz Zepeda en su libro, Enseñar la nación. La educación y la institucionalización de la idea de nación en el México de la Reforma (1855–1876), publicado por CONACULTA en 2011, para los liberales era muy importante crear un sistema de enseñanza que librara a los niños y jóvenes de la influencia que había ejercido durante tres siglos la Iglesia Católica. Para alcanzar estos objetivos, decidió implantar un sistema sumamente ambicioso, basado en las ideas positivistas, que tenía como propósito fundamental dar a los niños y jóvenes las herramientas para que impulsaran un desarrollo científico y tecnológico, similar al que tenían los países más avanzados. La educación laica debía erradicar el fanatismo e inculcar el sentido de nacionalidad y el amor al trabajo, de esta manera se conseguiría que toda la población persiguiera los mismos objetivos. De hecho, Juárez emprendió una verdadera reforma educativa, debo aclarar, aunque parezca ocioso, muy distinta a la que hoy trata de imponer el PRI (que es de tipo laboral), la cual cambió radicalmente los programas de enseñanza de acuerdo con los postulados del positivismo. La educación habría de ser gratuita y obligatoria. Sin embargo, había un gran obstáculo para alcanzar esta meta: el Estado mexicano no contaba con los recursos económicos suficientes para construir todas las escuelas que se necesitaban, ni con el personal docente calificado, un problema que persiste hasta ahora. Por ello se permitió que parte de la educación la impartieran los colegios privados, siempre que adoptaran los mismos métodos de enseñanza. Los liberales advirtieron que necesitaban nuevos libros de texto adecuados para llevar a cabo este vasto proyecto. Algunos de los intelectuales más destacados, como Ignacio Manuel Altamirano, se dieron a la tarea de escribir dichas obras. Esto propició que los editores se interesaran en la publicación de estas obras.

Las limitaciones económicas constituyeron impedimentos para que los gobiernos liberales pudieran ejercer supervisión sobre todas las escuelas, esto hizo posible que muchos colegios, sobre todo privados, tuvieran la oportunidad de volver a impartir la educación confesional. Esta heterogeneidad en la enseñanza persistió a pesar de los esfuerzos de los intelectuales liberales mexicanos y, por desgracia, se ha prolongado hasta nuestros días.

El gobierno de Benito Juárez (1858-1872) fue respetuoso de la libertad de expresión, un derecho establecido en la Constitución de 1857. Pero esta actitud de apertura fue aprovechada por sus enemigos que no dudaron en lanzar calumnias en su contra y en contra de los periodistas liberales, lo que dio origen a una confrontación entre ambos grupos que en ocasiones llegó a los insultos. Esta tendencia persistió aún después de que el general Porfirio Díaz llegó a la presidencia en 1876. Para frenar a los periodistas de pensamiento liberal, al inicio de su primera reelección les asignó a los principales diarios una subvención mensual, y de esta manera trató de acallar las críticas a su gobierno. Sin embargo, le fue imposible evitar que aparecieran medios que incitaban a la lucha de clases y que se oponían al reeleccionismo. Es muy conocido el caso de los hermanos Jesús y Ricardo Flores Magón, que en 1900 empezaron a publicar el diario Regeneración, en el que exponían sus ideas radicales. Asimismo el del Hijo de Ahuizote, pasquín anónimo, el Anti Reeleccionista (que contó con la colaboración de José Vasconcelos y José Guadalupe Posada), El Demócrata Coahuilense de Francisco I Madero y La No Reelección de Aquiles Serdán. El dictador persiguió, encarceló e incluso desterró a los periodistas y caricaturistas de esos periódicos.

 

El imparcial y los grandes tirajes

Es importante mencionar que durante el gobierno de Porfirio Díaz, Rafael Reyes Espíndola fundó el diario El Imparcial (con apoyo del dictador) que en esa época fue el periódico más moderno de México. Este diario tomó como modelo a sus pares estadunidenses, que contaban con secciones, tenían corresponsales en otras ciudades y compraban servicios noticiosos de la agencia Associated Press (AP). Esta novedosa forma de editar un diario le atrajo mayor número de lectores. El Imparcial llegó a tener tirajes de hasta 100 mil ejemplares, y prácticamente borró del mapa a su competencia comercial. Sus talleres eran los más modernos, pues contaban con rotativas y linotipos, que hacían posible grandes tirajes, así como la reproducción de fotografías. Esta infraestructura se aprovechó para publicar las revistas El Mundo y El Mundo Ilustrado. El Imparcial se publicó hasta el primero de octubre de 1916. Un año más tarde el constitucionalista Félix F. Palavicini fundó El Universal y Rafael Alducín el Excélsior, que subsisten hasta la actualidad.