CIENCIA

 

Estrecha relación

 

René Anaya

Aunque no se conoce qué es primero, si la obesidad o la depresión, lo que sí se sabe ─según estudios estadísticos─ es que existe una estrecha relación entre ambas. Se ha planteado que el riesgo de padecer depresión es 55 por ciento mayor en las personas obesas, en tanto que la probabilidad de sufrir obesidad aumenta 58 por ciento entre quienes sufren depresión.

Por lo tanto, ahora que en México se han empezado a poner en marcha programas de prevención y control de la obesidad, sería conveniente que esos programas también se enfocaran a detectar y combatir la depresión, que repercute tanto en la salud como en la economía del país.

 

Una fatalidad: obesidad y depresión

De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud del Gobierno del Distrito federal, la obesidad y el sobrepeso son el principal problema de salud pública de México, ya que ocupamos el primer lugar mundial en niños con obesidad y sobrepeso, y el segundo en adultos. Asimismo, se afirma que “México gasta siete por ciento del presupuesto destinado a salud para atender la obesidad, solo debajo de Estados Unidos que invierte nueve por ciento”.

Pero la relación entre obesidad y depresión ha sido poco estudiada en México. Los médicos Elius Padilla Téllez y Javier Ruiz García, de la Unidad de Medicina Familiar No. 80 del Instituto Mexicano del Seguro Social en Morelia, Michoacán, y Alain R. Rodríguez-Orozco, de la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, publicaron en la revista Salud Pública de México, en julio/agosto de 2009, el trabajo “Asociación depresión-obesidad”.

Los médicos refieren que entre marzo y diciembre de 2006 realizaron un estudio transversal con 105 pacientes entre 20 y 65 años de edad: 70 por ciento tenía obesidad ligera, 23 por ciento obesidad moderada y siete por ciento obesidad grave. De todos ellos, solo 24 por ciento sufría depresión, no obstante, refieren que “la prevalencia de depresión en pacientes obesos adultos encontrada en este estudio es cuatro veces superior a la observada en población general de adultos mexicanos”.

Ante estos datos, se puede considerar que efectivamente la obesidad y la depresión tienen una relación fatal, comprobada estadísticamente y corroborada por recientes estudios científicos, como ha señalado el doctor español Miguel Ángel Martínez González, de la Unidad de Lípidos y Riesgo Vascular, del Hospital Universitario de Bellvitge, Barcelona:

“Mientras el consumo de ácidos grasos trans, la comida rápida y los productos de bollería industrial se asocian a un mayor riesgo de depresión, el de ácidos grasos omega 3 (procedentes del pescado) y el de aceite de oliva, por ejemplo, muestra asociaciones inversas, influyendo en la estructura de las membranas de las células nerviosas y mejorando el funcionamiento de la serotonina, un neurotransmisor implicado en la depresión”.

 

Una dieta contra depresión y obesidad

Por lo tanto, la propia dieta típica de las personas obesas podría contribuir a que se presentara la depresión; además de los factores psicosociales que se han señalado como responsables de esa peligrosa combinación. No se ha determinado si la obesidad deprime a las personas o si la depresión con ansiedad lleva a las personas a comer en exceso, en especial carbohidratos y productos grasosos como las frituras, que provoca un aumento de peso. Así, la obesidad posiblemente realimente los factores que llevan a la depresión, de tal manera que se crea un circuito fatal.

Pero esas relaciones peligrosas se podrían romper con una alimentación más balanceada, como la dieta mediterránea, que se basa principalmente en verduras cocidas y crudas, frutos secos, semillas, legumbres, derivados lácteos bajos en grasas, pollo, pescados y mariscos, papas, frutas, panes integrales, arroz, cuscús, cereales integrales, carnes rojas y procesadas, con moderación. Y el opcional vino tinto.

Un grupo de científicos europeos estudió a voluntarios que siguieron esa dieta tradicional durante cuatro años. Encontraron, por un lado, que no había obesidad y, por otro, que los casos de depresión eran menores que en la población europea en general, por lo que podría decirse que eran más felices. Sin embargo, los investigadores refieren en su trabajo, publicado en la revista BMC Medicine, que se requerirán estudios a más largo plazo para determinar si la dieta mediterránea previene la depresión.

Por lo pronto, podría considerarse que en teoría sí ayudaría tanto a combatir la depresión como la obesidad. Lo único malo es que en México sería difícil ponerla en práctica, pues esos productos son muy costosos e implicarían un cambio drástico de los hábitos alimenticios de la población, que ha adoptado los peores de los estadounidenses.

Además, se sabe que la obesidad es mayor en las clases más pobres porque consumen menos carne y pescado, comen más grasas poco saludables y realizan menos deporte. Si a eso le agregamos el mayor riesgo a sufrir depresión, la situación se presenta como un problema muy gordo para el país.